El cambio de ciclo

Pere Escorsa
El capitalismo no ha encontrado todavía la manera de conseguir un crecimiento sin sobresaltos. De vez en cuando alguna magnitud se descontrola y comienza a acelerarse, alentada por las expectativas de beneficios. Luego la especulación la amplía, originando una burbuja. Nadie quiere desaprovechar la oportunidad para enriquecerse. Puede tratarse, como ocurrió en el 2000, de los precios de las empresas de telecomunicaciones e internet: ¿recuerdan el precio astronómico que alcanzó Terra? Ahora el detonante ha sido la fiebre de la construcción. Pero la economía tiene una ley: lo que sube desordenadamente termina fatalmente por derrumbarse. Existe un precedente sombrío: el desplome de la Bolsa neoyorquina el 29 de octubre de 1929, el famoso martes negro, tras un alza vertiginosa de las cotizaciones, que dio origen a una depresión de enormes proporciones.
Algunos comentaristas comienzan a calificar al período 20012007 de sexenio “brillante”. Con esto sobreentienden que 2008 no seguirá la misma pauta y que estamos ya en pleno cambio de ciclo. Comienza una época de vacas flacas.
Realmente el período que acaba de terminar ha sido sobresaliente en la economía española. En los últimos cuatro años se han creado tres millones de puestos de trabajo, aunque en su mayoría poco cualificados y con bajas remuneraciones, muchos de ellos ocupados por inmigrantes. En concreto, en 2006 España creó el 40 por ciento del empleo de la zona euro, integrada entonces por doce estados, alcanzando la cifra record de 20 millones de ocupados y bajando la tasa de paro al 8,3 por ciento de la población activa.
En estos años España ha sido uno de los países con mayor crecimiento de la Unión Europea: en 2006 creció un 3,9 por ciento frente al 2,7 de la zona euro. Francia creció tan solo un 2 por ciento en este año e Italia un 1,9. Como es sabido, este crecimiento ha sido debido al extraordinario auge de la construcción y, en menor medida, al turismo. En el pasado 2006 se comenzaron 850.000 viviendas, más que las cifras de Alemania, Francia y el Reino Unido sumadas.
Como consecuencia de este crecimiento se ha producido un hecho impensable, la renta per cápita española ha superado a la italiana, a pesar de que el primer ministro Romano Prodi se resista a admitirlo. Según estadísticas de la Comisión Europea, en 2006 el PIB por habitante de España fue de 22.816 euros frente a los 22.301 de Italia. Se sitúan, respectivamente, en el 105 por ciento y el 103 por ciento respecto a la media de la Europa de los 27. Sin duda este hecho refleja la actual falta de dinamismo de la economía italiana, que los gobiernos de Berlusconi y Prodi no han conseguido reanimar: lentitud en la toma de decisiones por los gobiernos de coalición, natalidad muy baja, evasión fiscal, dificultades en la grandes empresas (Alitalia, FIAT, Parmalat).
Ocurre, sin embargo, un hecho contradictorio. Este aumento de la renta por habitante española no se ha traducido en una mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población. Continúan los empleos precarios, los salarios mileuristas y la dificultad endémica de los jóvenes para acceder a la vivienda. A un joven barcelonés con un sueldo de unos 1.400 euros al mes, un piso de 80 metros cuadrados le cuesta 363.000€. ¿Cómo se explica todo esto?
La respuesta requiere examinar varios aspectos. En primer lugar, la participación de los salarios en la renta ha bajado en favor de los beneficios empresariales, que han experimentado una ligera recuperación. Entre los años 1997 y 2006 los salarios han pasado de un 50 por ciento a un 46,4 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), mientras que los beneficios aumentaban de un 41 a un 42,1 por ciento. Pero, por otra parte, se ha incrementado la brecha entre los empleados de sueldos más altos y los de sueldos más bajos.
Hoy un alto directivo de las grandes empresas españolas puede ganar entre dos y cuatro millones de euros al año, e incluso más. La desigualdad aumenta: en 2005 la quinta parte más rica ganó 5,4 veces más que la quinta parte más pobre (en Alemania y Francia el ratio es de 4 veces). Otro dato, esta vez del Banco de España: la riqueza neta del 25 por ciento de los hogares más pobres ha disminuido incluso en términos absolutos, contando en euros de 2005. En resumen, el crecimiento ha beneficiado sobre todo a las empresas y al segmento de la población más rico.
A mediados de 2006 se hicieron evidentes algunos síntomas de que el boom de la construcción en Estados Unidos se estaba agotando. En Florida comenzaron a caer las ventas de nuevas viviendas y a aumentar los impagos de las hipotecas. Hace pocos meses, en el verano de 2007, se constató que la magnitud del problema era alarmante. Algunos bancos o entidades financieras –American Mortgage, Bear Sterns, Countrywide– quebraron o atravesaron situaciones muy difíciles. Se descubrió que muchas entidades financieras habían “empaquetado” o titularizado una buena parte de las hipotecas concedidas a segmentos de población poco solventes (subprime) en forma de bonos basura que vendían al mejor postor, a escala universal y cuyo valor se ha derrumbado en los últimos meses.
En las últimas semanas han continuado las malas noticias. Citigroup ha reconocido pérdidas por valor de 9.830 millones de dólares en el último trimestre de 2007. Despedirá a 21.200 empleados de los 327.000 que tiene en total. Por suerte, los fondos soberanos de Kuwait y Singapur han acudido en su ayuda. Otro tanto le ha sucedido a Merrill Lynch, con pérdidas de 7.000 millones de dólares, que presumiblemente será ayudado por fondos de Corea del Sur y de Kuwait. Se estima que la crisis de las hipotecas basura puede costar 73.000 millones de dólares a la gran banca de Estados Unidos en 2007. Los precios de la vivienda pueden caer un 25 por ciento en el presente 2008.
A mediados del pasado 2007 la burbuja pinchó también en España. La compraventa de viviendas cayó en un 16 por ciento en el segundo trimestre y comenzaron a aparecer malas noticias de las inmobiliarias (Llanera, Astroc, Habitat, Colonial). Se estima que en 2008 la cifra de nuevas viviendas caerá a 450.000. El BBVA calcula que en este año se perderán 200.000 empleos en la vivienda, de los que 110.000 podrán recolocarse en otros sectores, lo que da una pérdida neta de 90.000 empleos. Por su parte, la Comisión Europea vaticina un paro en España del 9,1 por ciento en 2009.

¿Es esto una recesión?
¿En qué situación nos encontramos? Con un cierto humor, los economistas suelen decir que “cuando tú has perdido el empleo pero yo continúo con el mío, nos hallamos en una suave recesión, pero si soy yo quien lo pierde, entonces estamos en una grave depresión”. Más en serio, la recesión se define como un período en que el Producto Nacional Bruto real disminuye al menos durante dos trimestres consecutivos. La definición de depresión es menos precisa, pero se refiere a un período prolongado –más de dos años– caracterizado por un elevado desempleo, un bajo nivel de producción y de inversión y numerosas quiebras empresariales. La crisis se sitúa en el preciso momento en que termina una fase de expansión y se inicia una recesión (o una depresión).
Sin ser adivino, es previsible que Estados Unidos atraviese este año una seria recesión. En España, en cambio, no podemos hablar de recesión sino de una desaceleración, que es ya una realidad. Proseguirá el crecimiento, aunque a tasas menores. El ministro Solbes ha anunciado un crecimiento del 3,1 por ciento en este año, aunque puede ser revisado a la baja. Se calcula que la recuperación puede llegar en el 2010.
Este es el escenario más probable. Los prospectivistas suelen añadir dos escenarios más: el rosa, más favorable, y el negro, que presenta una situación peor. En el rosa, puede suceder que los bancos centrales de Estados Unidos y Europa aumenten la cantidad de dinero, bajen el tipo de interés y los gobiernos ayuden a los más necesitados a pagar sus hipotecas, consiguiendo evitar la caída del consumo. Es probable también que China, India y otros países subdesarrollados prosigan su rápido crecimiento, compensando el enfriamiento occidental. Los escenarios negros podrían ser catastróficos, incorporando rupturas bruscas, tales como el hundimiento del dólar, un aumento brutal del precio del petróleo o el estallido de una revuelta social en China. En España podría ser muy preocupante que los inmigrantes expulsados de la construcción no consiguieran colocarse en otros sectores.
Pero sea cual sea el escenario es urgente que España adopte un nuevo modelo de desarrollo, menos dependiente de la construcción, más competitivo y con un nivel tecnológico más elevado.

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