Con otro nombre

Carlos Eymar
Filósofo
Todavía recuerdo cuando, a principios de los 70, en un momento en que el franquismo daba sus últimos coletazos, Alexander Soljenitzin afirmó en un programa de TVE que los españoles con Franco teníamos más libertad que los ciudadanos de la Unión Soviética. Aquello fue un auténtico escándalo para todos los que en esos momentos, deslumbrados por Triunfo y por la seguridad intelectual de los miembros de las células universitarias, veíamos al comunismo revestido de un cierto aire mesiánico. Que alguien, por muy Premio Nobel que fuese, se atreviera a comparar la dictadura franquista con el socialismo real, portador de las promesas emancipadoras del género humano, solo podía ser atribuido a una conspiración. Tampoco resultaban aceptables aquellos ensayos procedentes de la nueva filosofía francesa que iban poniendo en tela de juicio la legitimidad teórica y las realizaciones prácticas de la Unión Soviética. Marx ha muerto, de De Benoit, o La cocinera y el devorador de hombres. Ensayo sobre el Estado, el marxismo y los campos de concentración de André Glucksman, fueron, en su momento, dos libros tan provocadores como las declaraciones de Soljenitzin. Pero, poco a poco, aquellos ensayos, como los de Hannah Arendt o Koestler, fueron calando en ciertos sectores de la intelectualidad europea y acompañaron el desmoronamiento efectivo de la Unión Soviética. Pese a todo, en España, el PCE gozaba de bastante simpatía entre quienes buscábamos un cambio y un cierto referente utópico, más o menos aderezado del Principio Esperanza de Bloch en su vertiente teológica de Moltman, o de movimientos radicales de Agnes Heller. A este respecto no se puede dejar de citar el decisivo papel del PCE en la transición y la memorable fecha de su legalización allá por el año 77.
¿Qué queda de todo aquello? Creo que para contestar a esta cuestión se puede hacer alusión a tres libros. El primero, escrito en 1989 por Zbigniew Brzezinski, filósofo polaco que terminó siendo asesor de Jimmy Carter, llevaba por título El gran fracaso. Nacimiento y muerte del comunismo en el siglo xx. Reconociendo su idealismo de fondo y su lucha contra la injusticia, no fue menos cierto que la realización práctica del comunismo dio lugar a una sociedad opresiva en la que los periodos de terror bajo Stalin fueron seguidos de otros de estancamiento económico con Brezhnev. El análisis del historiador François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo xx, de 1995, venía a ratificar el de Brzezinski y a añadir una profecía: el comunismo desaparecerá como régimen antes de haber agotado las esperanzas de sus partidarios. Por último, El libro negro del comunismo, de 1997, hizo un espeluznante balance histórico, con todo detalle de lugares, fechas, verdugos y víctimas, de los millones de crímenes cometidos en nombre del comunismo.
El comunismo, por tanto, ha sido un fracaso, una ilusión perdida, y en la actualidad es una idea desprestigiada, un nombre vergonzante que ningún partido político que no sea marginal está dispuesto a reivindicar. Ahora bien, cabe preguntarse si en el actual momento de crisis del capitalismo, en un momento en que El Capital de Marx ha vuelto a incrementar sus ventas, puede el comunismo renacer de sus cenizas. Mi opinión es que no con el mismo nombre. Lo más que le concedo, como Derrida hace con Marx, es la condición de espectro. No ya aquel espectro pujante que recorría Europa en 1848, sino un espectro sin nombre, portador de la melancolía de los pobres.

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