Álvaro Pombo:

Rosario Bofill
Álvaro Pombo y Rosario Bofill se encontraron como si se hubieran visto ayer. No les costó nada entrar en el tema y seguir con otros, y hubieran seguido. Pero habían pactado tres cuartos de hora y llevaban ya una hora.

La importancia de Santander
–Me encanta entrar en la novela y estar en Santander. ¿Cuánto tiempo viviste allí?
–Hasta los 15 años, hasta que falsifiqué las notas en los escolapios.
–¿Te pillaron?
–Es muy gracioso. Yo sacaba un artículo o un poema en la revista de los padres escolapios, que se llamaba Colegio. No pensaba más que en la salida de la revista con el poema o lo que fuera. En el último mes, en mayo, llegué a publicar hasta cuatro artículos, uno con mi nombre y otros con seudónimo. Había un padre, el padre Florentino, que me animaba mucho. Escribimos porque nos animan. ¡Es que escribimos o bailamos el French can can si nos animan!
–Es verdad, si te lo piden.
–Si te dicen ‘qué bien escribes’, lo haces. En cambio, suspendí cuatro asignaturas. Falsifiqué el boletín de notas para mis padres. Pasó parte del verano. Vivíamos en una finca, en Castilla, en una finca llana, y el señor Benito, que era el albañil, traía las cartas desde el pueblo, en un carro tirado por un burro. Yo me levantaba a las cinco o seis de la mañana para verle venir y revisar el correo, por si había algo. Pero un 15 de agosto, la fiesta de la Virgen, vinimos a Madrid a ver a la abuela y volvimos por la noche y a la mañana siguiente estaba muy cansado y no pude controlar la correspondencia. Y ese día llegó la carta del padre rector diciendo que le extrañaba que Álvaro Pombo no se hubiera presentado al repaso de las cuatro asignaturas. Se descubrió el pastel. Tuve una sesión larguísima en el cuarto de mi madre, toda la mañana. Y me enviaron interno al colegio San José de Valladolid. Allí tampoco estudié mucho. Sin embargo, sacaba muy buenas notas en algunas cosas. Me pasaba en los colegios como en el ejército, donde me daban siempre nota máxima en “espíritu militar”. Eso ha sido siempre verdad, ¡tengo muy buen espíritu!

Las mujeres de mi vida
–Otro mundo que conoces muy bien es el de las mujeres. ¡Qué psicólogo eres!
–Siempre lo cuento. Las mujeres en mi casa eran estupendas: mi madre, mis tías, mis abuelas. Había un ambiente de mucha conversación. Mis novelas son estructuras conversacionales básicamente, y femeninas.
–El retrato de la protagonista de esta novela es extraordinario. Es la típica niña bien que no quiere meterse en su ambiente.
–Es que se enamora del hijo de la cocinera.
–Toda la vida piensa en eso.
–¡Es el primer amor, por favor! Siempre se vuelve al primer amor.
–Además se vuelve un poco socialista.
–Sí, pero no se lanza del todo. En cierta manera es una persona marcada por la muerte del amado. A mí me parece verosímil eso.
–Es romántico.
–Es una idea romántica. Cuando el amado muere, qué puede uno hacer. Bueno, puede uno hacer una sesión de espiritismo. El espiritismo era muy de los años 20.
–Lo monta el matrimonio Bárcena.
–¡Son mi mejor invención cómica! ¡Mi mejor invención cómica en años! Eleonora de Bárcena que toca un poco el arpa y que recita y que entra en trance de aquella manera. Y la sesión de espiritismo, que acaba que no se pueden comunicar. No hay espíritus más allá de esta vida.
–¿Cómo consigues describir tan bien la sesión de espiritismo?
–Puedo confesar a El Ciervo el precedente literario. Hay una sesión de espiritismo muy distinta pero también muy buena en La montaña mágica, de Thomas Mann, pero ahí se utiliza el vaso y la güija. Mientras que yo, superando –con toda la modestia del mundo lo digo– a Thomas Mann, y que conste que lo digo con sincera humildad, no lo dudes, yo utilizo para el espiritismo a Rilke, que era de las personas que creían que entre el más acá y el más allá hay una comunicación. El título de la novela, El interior del mundo, es rilkeano, ‘nada deja de ser interior’, lo que nos pasa es que vivimos en un mundo superficial, trivial, fenoménico. Esto es una interpretación religiosa, porque vivimos en un mundo así de trivial, no estamos preparados para aceptar que entre el más acá y el más allá haya una comunicación.

La Iglesia va mal
–La Iglesia católica va por mal camino.
–En eso estamos de acuerdo: va por mal camino.
–¡Por muy mal camino! Mi última lectura teológica importante es el Jesús de Nazaret de José Antonio Pagola.
–¿Y qué?
–¡Magnífico! Le he dedicado una parte de un poema en un nuevo libro.
–Muy bonito.
–Muy, muy bonito. ¡Y lleno de piedad! Lleno de piedad y emoción cristianas, de verdadero amor por el Jesús de Nazaret histórico que es lo que conocemos. Y desmitologizado. Escribiré, creo, un ensayo sobre la oración.
–Hay sobre la oración uno de Martín Velasco precioso.
–Ya lo miraré. Yo critico un poco la posición del teólogo gallego Torres Queiruga, buenísimo por otra parte. No creo que haya posibilidad de alcanzar a Dios en el mundo. Puede existir o no existir, pero no hay posibilidad de decir nada. Voy a plantear el asunto de la oración humana, que a mí me sale natural. Me sale natural decir ‘oh, Señor, que sea primavera’ o ‘que no mueran las personas que conozco que tienen cáncer’. Yo hago oración.
–No te olvides de Martín Velasco.
–Vosotros, El Ciervo, habéis sido precursores en esta renovación cristiana profunda.
–¿Hay una renovación profunda?
–Me parece que sí. Conozco montones de cristianos de base que realmente creen. Y además viven. Ese es el problema que ha pasado con Benedicto XVI, que ha sustituido la ortopraxis por la ortodoxia otra vez. La ortodoxia es inaceptable. La ortodoxia nos separa. ¿Cómo vamos a conjuntarnos con el islam o con los budistas o con los judíos si ponemos el Credo por delante?
–Jesús hace sus milagros por compasión, no por demostrar su poder. Me encanta que te haya gustado el libro de Pagola.
–Sin embargo, tiene auténticos perseguidores dentro de la ortodoxia.
–¡Es que no entienden nada! El Dios de Pagola es un Dios al que la gente se apunta.
–Como Jesús de Nazaret, que no sabía que era Dios, posiblemente. No era consciente. Es un debate, pero es muy posible que Jesús fuera simplemente un hombre. Un judío, que cambió la visión del Dios terrible por la de Abba, el padrecito. Se conmovía. Yo cuando me dicen si soy cristiano, respondo siempre que sí.
–¿Y católico?
–Católico lo tengo muy complicado. No puedo serlo. No podría recibir una comunión.
–¿Por qué?
–Porque soy homosexual, entre otras cosas.
–¿Y qué? ¿Quiénes son ellos para decir quién puede ser y quién no?
–Es terrible. La impresión de paleta que está dando la Conferencia Episcopal Española y el daño que hace y lo de Lefebvre ese ahora, que les ha salido de pena. No se están enterando. Un hombre inteligente, por otra parte, como es Benedicto XVI.
–Siempre lo dicen. Además, todas estas cosas no hacen que la gente conozca mejor el evangelio. –¿Y el libro ese que ha hecho sobre Jesús? Que no incluya a Schillebeeckx, toda la desmitologización de Bultmann, todos los teólogos protestantes y que se quede en esa especie de nada, es un lío.
–Es algo que hay que dejar al margen y ya está.
–Yo presenté en Madrid el libro Creer o no creer, de Enrique Miret Magdalena, y en el público estaba lleno de personas con jersey, todos aquellos teólogos que fueron jóvenes. Hoy esos católicos están presentando posiciones casi protestantes. Es una especie de teología de la experiencia cristiana, tan importante, con una especie de perplejidad con la jerarquía. Y yo les dije, bueno, les doy la enhorabuena a todos ustedes porque han dejado de ser católicos. Y una señora me dijo: ‘Señor Pombo, yo rezo por usted’. Y Juan Cruz, que también estaba allí, dijo: ‘Rece usted por todos nosotros’. ¡No sabes cómo estábamos de mayores todos, qué mayores estábamos con los jerséis!

Con la oración hago lo que puedo
–En esta sesión de espiritismo, en tu novela, en la que intentan crear relación entre vivos y muertos, que es una fantochada para mí, ¿en realidad qué ocurre?
–No hay comunicación.
–¿No crees que haya comunicación?
–No. Ya sé que esta es la pregunta más importante del mundo. Pero no. La gente queda en nuestra memoria. Pero nada más. Me parece importante que vivamos en el silencio de Dios. Ahora tengo un amigo joven cuya madre tiene cáncer y rezo para su curación. Yo no creo que rece a nadie, que haya un receptor, pero sin embargo la experiencia de la oración es una experiencia de comunicación, la comunión de los santos. Aunque Queiruga crea que la oración de petición es absurda.
–Yo creo que no.
–Ya, Rosario, pero es que es absurda.
–Pero tú sigues rezando.
–Ya, sí, credo quia absurdum [creo aunque sea absurdo]. Yo cuando tengo algo que me preocupa o me ahoga, lo hago, mis libros están llenos de la expresión ‘oh Señor’. Pero no creo que sirva. Sería injusto que salvaran a mi persona con cáncer y no a la de la derecha.
–Ya, pero cuando Jesús iba por Palestina y veía a un ciego, era injusto no salvar a otro ciego que estaba al lado.
–No sé, Rosario, no tengo ni idea, hija. No tengo ni idea. La gracia de nuestra posición es que como no tenemos ni idea estamos dispuestos a hablarlo eternamente. ‘Cuando estéis dos de vosotros o varios de vosotros reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de vosotros’, ¿qué puede significar eso más que lo que está significando ahora? Estamos nosotros sin duda hablando de Jesucristo, claro, y de religión, ¿qué puede significar la presencia de Dios?
–También aquello ‘os tengo un sitio reservado’.
–Cuando José Antonio Marina preparó la estampita de mi madre, puso el siguiente texto: ‘He combatido el buen combate, he guardado la fe y ahora espero la corona de justicia que me está reservada’.
–¡Eso es de Pablo!
–Claro. Es una cosa soberbia. Y muy como era mi madre: he combatido, he guardado y quiero la puta corona de la justicia. La merezco. ¿No es esto de lo que tendría que estar hablando la jerarquía? Nosotros lo hablamos aquí, como particulares, y lo hablamos de corazón.
–Ese es el problema. ¿Cuándo hacen estos discursos hablan de corazón? No. No creen.
–O por ejemplo los sermones que nos da Kiko Argüello sobre la decadencia de occidente. Es inferior. Sí es cristianismo, se reconocen las formas cristianas, pero es bajo.
–Claro.
–Es que yo hablo de la experiencia religiosa cristiana con José Antonio Marina, casi con cualquiera menos con la Iglesia. Allí no hablan de nada de esto, de ninguna de las cosas que nos puedan interesar. Incluso sobre qué hay después de la muerte o qué no hay, por qué no hablan de eso, por qué no están todo el día en la puta calle contándolo. Por eso no se les puede escuchar. Por qué no hablan de ese misterio, del atrevimiento cristiano de hablar de la resurrección. Habladnos de eso: ¿es la resurrección viable? ¿Es sólo interior? ¿Hay resurrección real? ‘Aunque estemos en polvo convertidos, Señor en ti nuestra esperanza fía, volveremos a vivir vestidos de la carne y la piel que nos cubría’. Qué queremos decir con eso, ¿es sólo una imagen?
–Es mucho más difícil eso que decir que no aborten.
–O que vamos a luchar contra la Educación para la ciudadanía. José Antonio Marina es el enemigo a batir. No, no.

La edad nos cambia
–He mejorado con la edad. Era tan bruto, tan salvaje.
–Yo también. Soy buena. Todo me parece bien, no importa nada.
–Yo soy mejor persona. He sido muy burro. Ahora he mejorado. Soy quizá más compasivo. Y más piadoso. También más enamorado y por consiguiente más necesitado, más humilde, me he vuelto más humilde.
–Los años dan esto.
–Se enamora uno más a los setenta que a los cuarenta. Más profundamente. Más desesperadamente. Las personas que han estado casadas, si han sido como deben ser, se enamoran más de sus parejas a partir de los sesenta. Quiero que conste que me veo mejor ahora. Estoy más desamparado, más enamorado y soy más pobre que nunca.
–Más necesitado.
–Sí. Te voy a decir una poesía sobre eso, de Eliot, de los Cuatro cuartetos: ‘Do not let me hear /​Of the wisdom of old men, but rather of their folly, /​Their fear of fear and frenzy, their fear of possession, /​Of belonging to another, or to others, or to God. /​The only wisdom we can hope to acquire /​Is the wisdom of humility: humility is endless.’ [No me habléis de la sabiduría de los ancianos, sino de su estupidez, de su temor al temor y la locura, de su miedo a la posesión, de pertenecer a otro, o a otros, o a Dios. La única sabiduría que podemos llegar a adquirir es la sabiduría de la humildad: la humildad es infinita.] Los viejos son así, reservones. Yo no he salido así, era más reservón de joven. Ahora no me importa ya.

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