Hasta el Santo Oficio se preocupó por mis artículos

Joaquim Gomis
Antes, en mis años jóvenes y después, un servidor era el especialista en esta revista y en otras, de la crónica eclesial. Ahora hay quien me comenta, con razón, que ya trato muy poco esos temas. No es porque no me lo pidan desde las alturas directivas de esta casa (por ejemplo, ahora, sobre el lefebvrianismo y la actitud cordial del papa Ratzinger hacia él, que sale en la página 6). Medito sobre las causas de este cambio en mis colaboraciones, en mi interés. Y ello me lleva a un repaso histórico personal no tanto como justificación sino como simple constatación.
El nacimiento de El Ciervo coincidió más o menos con mis primeros años en el Seminario de Barcelona. Desde allí empecé a colaborar y es normal que se me tuviera como el más entendido en cuestiones eclesiales, de la vida de la Iglesia, entre los jóvenes y diversos miembros de aquellas tertulias que sorprendentemente terminaban pariendo un número de esta revista. Siempre pensé que entre aquellos iniciadores de El Ciervo había quien tenía más hondo sentido cristiano que yo –yo era más eclesiástico, ellos quizá eran más cristianos – , incluso en ocasiones me sentí avergonzado de ser considerado el especialista de superficialidades eclesiásticas cuando lo importante, lo serio cristianamente, lo vivían o proponían otros (la mayoría ya, ahora, en el Reino de los cielos). Sea como sea, iba escribiendo con mi firma y luego bajo el seudónimo de Pedro A. Torra, ya que los superiores del Seminario, buena gente, ante alguna protesta porque un seminarista colaborara en una revista progresista, me indicaron una típica solución eclesiástica: escribe pero con seudónimo.
Pasaron los años, los años cincuenta, y el erial que informativamente era la Iglesia sólo dominada por la figura y los discursos de aquel papa aristócrata tan escasamente simpático que fue Pío XII, empezó a animarse. Sobre todo, por lo que aquí llegaba, gracias a las iniciativas que surgían en Francia. La nueva teología de Congar, Chenu, Lubac. Y más impactante, la aventura de los sacerdotes obreros. Todo ello tenía repercusiones en sectores de nuestra Iglesia que un servidor intentaba reflejar en sus colaboraciones en la revista. Debo reconocer que entonces me llegué a sentir responsable de dar a conocer cómo surgían estas semillas de cambio, ya que eran poco conocidas y yo juzgaba importantes. Creo que no me equivoqué: de estas semillas de cambio surgió el concilio Vaticano II. Y si aquí el Concilio halló buena acogida, en buena parte es porque ya se valoraban estos antecedentes.
Pero apostar por el cambio, informar que no toda la Iglesia era un erial jerárquicamente controlado, parece que molestó. Aunque como es costumbre en esta revista se hablara de ello sin ningún propósito incendiario. A mi me divertía y no imaginaba que fuera merecedor de alarma en las alturas. Pero lo fue. Han pasado muchos años y aún no lo he comprendido. ¿Cómo pudo ser que el excelso Santo Oficio vaticano se interesase e inquietara por los artículos de un joven sacerdote desconocido en una revista modesta y de escasa difusión y decidiera intervenir contundentemente? Han pasado muchos años, decía, y en mi vejez en alguna ocasión de decaimiento me digo: “Pero si tu llegaste a ser alguien digno de que el omnipotente Santo Oficio perdiera el tiempo leyendo tus artículos, prohibiendo que escribieras, como si fueras un enemigo temible”. Incluso algún amigo, con humor, me ha reprochado que luego no utilizara la condena del Santo Oficio como plataforma de prestigio, porque es algo habitual que se exhiba como un mérito. Entonces no me inquietó y diría –sin querer ofender al alto dicasterio romano– que más bien me divirtió. Y ahora es algo olvidado.
Sea como sea, el decreto condenatorio del Santo Oficio –nunca nadie me lo leyó y por tanto ignoro de qué me acusaba– fue benéfico para mi e incluso de algún modo para el lector de esta revista. Porque, más allá de decir al obispo que me vigilara –ignoro si alguien me vigiló – , que me prohibiera escribir durante un tiempo –volvimos al truco del seudónimo – , añadía que estudiara teología. Ello, gracias al impulso de unos amigos porque un servidor se encontraba bien donde estaba, me llevó a la ciudad santa, a Roma, para preparar mi tesis. De la tesis nunca más se supo, porque lo que viví en Roma fue el final del pontificado del amigo Juan XXIII y el principio del Concilio. Y sobre ello escribí aquí. En tiempos de cambios y esperanzas. Pero ello queda para otro capítulo de este “Diario”.

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