La realidad es dura y necesaria

Jordi Pérez Colomé
En enero estuve unos días en China. Tuve la oportunidad de entrar en una fábrica, cerca de Ningbo, en la costa. Hacían productos de plástico para perfumería. En una de las naves había 98 máquinas que inyectaban el material en los moldes y salían las piezas; sólo un par o tres de personas controlaban el funcionamiento. En las siguientes tres naves, decenas de trabajadores se dedicaban a montar cada una de las piezas. En la primera, más de sesenta mujeres ponían una especie de tapón a un dosificador. Todas hacían lo mismo, muy rápido, con una muñequera casera hecha del precinto que se usa para cerrar cajas. En otra nave unas máquinas giraban e iban montando casi solas otro tipo de dosificador. Pero la máquina no lo hacía todo y varios chicos ponían al principio del proceso las dos piezas que luego serían dosificadores. Era un trabajo parecido al de Chaplin en Tiempos modernos: giraba la máquina, colocaban dos piezas en el rodillo, cogían dos nuevas piezas de una caja sobre los muslos, la máquina giraba de nuevo y colocaban las dos nuevas piezas. Las horas que fuera necesario.
El suelo en algunas naves estaba resbaladizo por el aceite. “Esto la inspección en España no lo permitiría”, dijo uno de los que iba con nosotros. Por trabajar ahí, estas personas tenían alojamiento y comida gratis y debían cobrar unos setecientos yuanes (70 euros; que allí cunden diez vecez más que aquí). El trabajo era increíblemente aburrido y el futuro que les esperaba no era luminoso. Pero, ¿y su pasado? Muchos de estos obreros venían del campo, donde sus padres habían trabajado a la intemperie, por cosechas diminutas y menos dinero. Para ellos, trabajar ahora bajo techo, por un sueldo fijo, con las necesidades básicas cubiertas, era un paso adelante. Si sus hijos veían cómo trabajaban sus padres, quizá pondrían todo de su parte para llegar a trabajar en una oficina, con calefacción y una labor más variada. Un columnista del New York Times, Nicholas Kristof, defendía hace poco contra viento y marea el papel de los duros talleres textiles en el tercer mundo –sweatshops, en inglés. Decía Kristof que, a pesar de saber que las condiciones de trabajo allí son a menudo terribles, “las alternativas son peores”. Un joven que no puede entrar en la fábrica en Camboya, decía, acabará buscando plástico en un vertedero: “La mejor manera de ayudar a la gente en los países más pobres no es hacer campañas contra esos tugurios sino promocionar la industria manufacturera”. Las condiciones de la empresa china que vi yo no eran terroríficas como podían ser en Camboya. Pero la monotonía las hacía duras.

Los talleres camboyanos y la fábrica china muestran dos etapas distintas de desarrollo de un país. Nuestra reacción ante estas condiciones suele ser de rechazo. Es admisible. Yo hago mi trabajo escribiendo esto en un piso en el barrio de Barcelona que prefiero, calentito, con la ropa que quiero llevar, con un café, con música. ¿Cómo debería querer para otros algo indigno? Sería inhumano. Me obligo por tanto a desearles lo mejor y que la “explotación” acabe ya.
Hace apenas sesenta años, mis abuelos trabajaban el campo, llevaban las vacas a pacer, las ordeñaban, construían con sus manos carreteras o bajaban árboles cortados de la montaña. Poco después, mis padres se partieron la espalda ayudando en tiendas y empresas desde jovencitos. Soy uno de los primeros en mi familia en haber ido a la universidad. Si a mi abuelo le hubieran prohibido por seguridad bajar la madera de la montaña con una yegua encabritada, se hubiera quedado sin trabajo. Yo estoy seguro que él prefería ganarse lo que comía. Ahora algo parecido pasa en otros países. Es difícil generalizar y seguro que hay casos sangrantes de abuso que habría que limitar. Pero China hoy es como España en los años 60. Por suerte, no solemos hacer lo que predicamos y aunque pidamos zapatos hechos en Europa, acabamos comprando los hechos en China. Son más baratos.

No es fácil cambiar de opinión y procurar ver qué es lo mejor para todos. Un ejemplo. En el último número de esta revista, nuestro crítico teatral, Enrique Moreno Castillo, hablaba de Los chicos de historia, de Alan Bennett. Es una obra simpática. Un profesor de artes juega a aprender con sus alumnos a ver quién sabe más de cine y música. Todos se divierten. Decía Enrique: “Asistimos a un perpetuo y chispeante combate de ingenio cuyo fin es tener entretenido al espectador pero que no sabemos muy bien qué tiene que ver con la enseñanza”. Yo había visto esa pieza con una sonrisa en la boca: ¿a quién no le gusta ver algo con una sonrisa en la boca? Salí agradecido, con el corazón confortado: si el mundo fuera así, si fuera ideal. Pero era ridículo. No sé si uno de los objetivos del arte es acunarnos, pero como decía Enrique, cuánto daño hacen fantasías así a la enseñanza.
Desde mi butaca, prefería pensar que las clases de este mundo podrían ser como la del teatro. Pero no lo son. Los alumnos no saben un pijo y los profesores, poco. La realidad es menos simpática. Pero más jugosa. Las ideologías, la comodidad de un grupo de principios basados en teorías –sean progres o carcas, nacionalistas o centralistas, ecologistas o no – , ayudan poco. La realidad a veces parece un callejón sin salida. Qué difícil no es sólo arreglar las cosas, sino enterarse de qué pasa: la crisis financiera, el cambio climático, la inmigración, la sanidad. Las soluciones suelen acercarse a nuestros prejuicios: los banqueros son egoístas, los trabajadores son vagos o el gobierno es inútil. Este comodín a veces funciona, pero no siempre. Como el de imaginar utopías: que no haya fronteras, que no haya pobreza. Claro, a quién le amarga un dulce. Pero ese deseo salvaje de un futuro lejano no debe retener la posibilidad sosa de hacer algo real hoy.
Es difícil escribir ahora aquí que los niños camboyanos o aquellas jóvenes chinas de la fábrica tienen ya casi todo lo que pueden esperar de este mundo. Que en esa fábrica está toda su esperanza. Es mejor, en realidad, no pensarlo. O tener una opinión clara de cómo debería ser el mundo, y descansar sobre ella. Es una opción; mejor probablemente que echar culpas sin ton ni son a gobiernos inútiles y multinacionales arpías; de qué sirve eso. Las mejores soluciones no son siempre las más duras, pero hay que poder discutir con todas las cartas en la mesa. Y la carta más importante es lo que pasa, no lo que creemos o nos gustaría que pasara. La realidad es difícil y a menudo fea. No por eso es menos realidad. Tratar de mirarla y entenderla con los ojos abiertos es uno de nuestros mejores servicios.

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