Ideal de igualdad

Antonio Luna
Técnico de Administración Civil del Estado
Entiendo que libertad e igualdad se condicionan y que la una sin la otra terminan por convertirse en una mera declaración de propósitos sin relación con lo que sucede en la realidad. Por eso creo que si no hay libertad, tampoco habrá igualdad y, viceversa.
La experiencia histórica nos muestra que el olvido de la aspiración a la justicia social en los países de capitalismo realmente existente y el énfasis exclusivo en la libertad ha acarreado como consecuencia que los “guardianes de la libertad” hayan convertido el Estado en un instrumento de sus intereses particulares. La libertad de opinar y expresar las propias ideas se proclama, pero sólo unos cuantos grupos empresariales dueños de los medios pueden hacer oír su voz; la democracia se ensalza como sistema político, pero la globalización reduce prácticamente a la nada los márgenes de actuación de los gobernantes; los derechos fundamentales se plasman en las constituciones, pero las autoridades del Estado amparan y justifican por doquier los más horrendos crímenes de guerra.
Esos administradores de la libertad han conseguido crear una atmósfera donde sólo se respira el aire de las ideas que satisfacen sus intereses. Las tremendas disparidades de renta y poder han acarreado que la libertad haya acabado por convertirse en una palabra hueca.
Pero el ideal comunista de igualdad, que posterga la libertad de opinión, expresión y a la participación política a un futuro incierto, ha demostrado también como los “guardianes de la justicia social” han acabado por instrumentar la maquinaria estatal en su interés. Así, una élite política, burocrática y militar se valió del poder del Estado para disfrutar de un sinfín de privilegios inalcanzables para el resto de ciudadanos.
Finalmente, cuando les fue posible, esa misma élite privilegiada puso fin al régimen comunista que restringía sus posibilidades de acaparar riqueza y poder y lo sustituyó por un nuevo régimen donde ellos siguieron siendo la voz cantante. No olvidemos los casos de Eltsin, Shevernadze, Alief o Nazarbayef, jerarcas soviéticos devenidos presidentes de las repúblicas independientes de capitalismo salvaje.
Pero esa experiencia histórica no fue en vano. Primero, porque las hondas del seísmo que el triunfo bolchevique supuso se extendieron por todo el mundo y se tradujeron en el reconocimiento de un sinfín de derechos sociales para los trabajadores que aún hoy disfrutamos. Por ejemplo, en el caso de España, de 1919 datan el retiro obrero, antecedente del actual seguro de jubilación o la jornada de ocho horas.
Más tarde, a raíz del papel desempeñado por los comunistas en la derrota del nazismo, las constituciones de la Europa Occidental vinieron a ampliar esos derechos sociales con otros nuevos, que dieron origen al Estado del bienestar.
El triunfo comunista en la Unión Soviética dio un impulso decisivo a los movimientos anticoloniales. Por eso el comunismo debe permanecer el ideal de igualdad que encarna, porque sin ese ideal no sólo los derechos sociales terminarán por quedar reducidos a la nada, sino que también la libertad acabará por ser una palabra sin sustancia.
Por eso, tras de la derrota, es preciso sacudirse el polvo, levantarnos de nuevo y emprender otra vez esa marcha sin fin por la libertad y la igualdad, condiciones necesarias de la felicidad y del respeto a la dignidad humana.

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