Mi biblioteca de libros que también están escritos

Santiago Montobbio
En el mismo año (1988) en que me publicaron por primera vez como poeta, la Revista de Occidente dedicó un número a “Cien años de poesía en español”, por el aniversario de Azul. Uno de los ensayos incluidos llevaba como epígrafe esta cita de Maurice Blanchot: “¿Qué es un libro que no se lee? Algo que aún no está escrito”. Pensé que esta aseveración no era nada más que una perversión intelectual. Porque a mí la poesía me había salvado: en verdad yo no estaría vivo sino hubiera escrito los poemas que he escrito. Es sencillamente así. Y éstos los había escrito en silencio absoluto, sin necesidad de que los leyera nadie: pese a ello, no sólo estaban en verdad escritos y existían sino que yo existía gracias a ellos. Así que esa frase era y es una perversión intelectual. Y no es el mío un caso único, pues así han sido y en esta situación han estado los libros de tantos autores, de Kafka a Pessoa –por citar algunos – , y en recuerdo a ellos es por lo que titulo esta biblioteca como la de los libros que también están escritos, con la convicción de que éstos, a veces, son los que más existen. En ella voy a hacer referencia a las lecturas formativas, de adolescencia, porque muchas veces contribuyeron a despertar nuestro amor por la literatura, pero he de mencionar a la fuerza también otras que, leídas más tarde, han constituido igualmente una ayuda y una compañía, muchas veces mayor, o que tenemos como más capitales por su valor, aunque no hayan llegado a nuestra vida en esa edad tan primera y tan plástica, en la que las lecturas impresionan nuestra sensibilidad de un modo tal que es difícil que luego otras logren. Estas lecturas son acontencimientos únicos, personales e intransferibles. Por ello comprendo muy bien el comentario de Paul Léautaud: “Escribí un día en una crítica teatral que desde hacía veinte años (hoy ya deben ser treinta), leo siempre los mismos libros, unos quince como máximo. Un lector me escribió: “Por favor, dígame cuáles son esos quince libros”. Le repuse: “¡Ah, querido amigo, cada uno tiene los suyos! Encuentre los de usted”. Igual sentimiento tengo hacia estos libros a los que tantas veces he vuelto y que se me han dado como algo íntimo, que me han constituido de manera interior, secreta y última, pero, pese a ello, voy a abrir mi intimidad y traicionarme a mí mismo y referir aquí algunas de estas lecturas que han sido y son parte de mi vida. En parte y también, matizo. Hace veinte años, en un número de esta revista preguntaban a varios autores y personas cuáles eran los libros de su vida. Colaboraba en él con la presentación y selección de una obra poética, y al ver la encuesta pensé cuál habría sido mi respuesta. Es sencilla en su expresión, la recuerdo ahora y puedo decirla así: en mi vida no han sido importantes los libros; en mi vida ha sido importante mi vida (lo cual no quiere decir, claro está, que mi vida sea importante). Es, así, un pensamiento antiguo y muy primero, hondo, enraizado en el principio de mi amor a las palabras, que da idea de cómo nacen en mí éstas y también de la naturaleza y características de mi literatura, y de una actitud ante ella. Es obvio, pese a esta recordada y posible respuesta, que tengo mis libros, como he indicado, que conforman también mi ser íntimo y voy a decir aquí en parte, pero valga este pensamiento definitorio y que he llevado siempre en el corazón o en los bolsillos como indicación y matiz de raíz previo a estas líneas.

El 27 y el 30. España y Grecia
El cineasta Jaime de Armiñán decía que su mayor deseo de artista hubiera sido salir como uno más de los miembros de la generación del 27 en aquella conocida foto en que caminan uno al lado del otro, codo con codo, en una gran avenida madrileña (y en que aparecen como Dámaso Alonso los veía, ya que éste nos asegura: “los recuerdo a todos en bloque, formando conjunto, como un sistema que el amor presidía”), deseo que espontáneamente suscita y compartimos, ya que esa época auroral y fundadora es también una nostalgia. García Lorca, en una carta a Miguel Hernández, dice que en ese momento se hace en España la más hermosa poesía de Europa. No es una licencia de Federico: es rigurosamente cierto, y todos nos hemos formado con su lectura: esta constelación extraordinaria y de primer nivel universal ha iniciado la expresión en castellano desde una sensibilidad moderna, con la que aún estamos enlazados, y por ello los del 27 son y siguen siendo nuestros poetas. Todos y cada uno de ellos tienen valor e importancia para mí, y creo que en verdad un lector español puede sentir la poesía que en conjunto escribieron del modo que de la de Carner dijo Gabriel Ferrater, esto es, como una patria. Destacaré de un modo muy especial, entre los primeros que leí y cuyo valor he sentido nuevo, intacto y puro cada vez que he vuelto a sus poemas, al gran Jorge Guillén, una gloriosa excepción en el mundo del arte, según Octavio Paz, por su gozosa celebración de la existencia, y el mejor de todos ellos, según Borges. Su poesía resulta en verdad una obra magna, un preciso y precioso modo de decir y de sentir, de percibir la vida y de cantarla, de trascenderla en arte. Un monumento único. Quiero tener en el mismo sentido un recuerdo para la delicadeza de la poesía de Manuel Altolaguirre (el único poeta propiamente lírico de su generación, según Gil-​Albert), y su íntima palpitación verdadera. Cernuda ha sido un poeta fundamental para mí, y lo es sin duda, por su autenticidad y su fuerza, por la sensación de verdad que nos transmite. La extraordinaria calidad de la generación alcanza también a los poetas que por distintos motivos son menos conocidos por el público, ya que tienen un alto valor, mayor que el de figuras consideradas centrales en generaciones más pobres. Lo anoto porque creo que este carácter muy valioso de sus poetas digamos menores es ya, sencillamente, una característica de la generación. Pienso en el timbre personal de los poemas de Juan Larrea y Antonio Espina, pero también en Pedro Garfias o Juan Rejano, que dio ese espléndido libro final, La tarde.
Con igual fervor leí también entonces a los poetas griegos de la generación de 1930, contemporáneos de los españoles del 27 y con los que podríamos establecer algún punto de contacto, y que fueron asimismo lecturas gozosas e iluminadoras. Entre ellos, el más cercano a mi sentir es, sin duda, Yorgos Seferis, pero he de mencionar también a Odiseas Elytis y, luego, a Ritsos. “Única cuita mi lengua en las arenas de Homero”, dice un verso de Elytis, y quiero recordarlo al decir que en el entusiasmo y derramado amor de mi adolescencia están también La Odisea y La Ilíada.

Cataluña
Vivir es convivir, y una tierra en la que se hablan dos lenguas es una tierra privilegiada, como con un doble horizonte: aunque no sea mi lengua materna, la intensa convivencia con el catalán y el modo en que me he nutrido de su rica literatura hace que de algún modo sea también mi lengua, y entre mis lecturas formativas están también autores de este idioma. Quiero nombrar, en estos inicios de lector, a tres grandes poetas: Salvador Espriu, de quien escogería sus poemas de cariz más existencial, ya que me parecen los momentos más altos de su lírica, o quizá son los que más me llegan; esa cima de la poesía universal que es J.V. Foix, completo y por entero, y de quien considero especialmente excepcional el conjunto de sus poemas en prosa, el Diari 1918, y algo más tarde también Joan Vinyoli, profundo, descorazonador y triste a la vez que muy verdadero en su intenso y desnudo lirismo, despojado de artificio, con una sobriedad que no puede lograr mejores ni mayores efectos. Lejos ya de formaciones y principios, leída ya muy tarde, la impresión de Incerta glòria, la novela de Joan Sales sobre la guerra civil, una cumbre de nuestra literatura (de Cataluña y de España), aislada en tanto que tal, tanto por su excepcional valor como por su entidad moral, y que creo que todo catalán (y todo español) debería considerar lectura obligada.

América
Jean Cocteau afirmaba que un escritor debería tener sus lectores sólo entre las personas que hablan su lengua, y quiero recordarlo porque me parece que es fundamentalmente cierto. Y esta lengua es una, y define a la literatura española, que no es sino la escrita en español: otro criterio a aplicar al respecto resultaría absurdo, pues la lengua sostiene y conforma a la literatura, y a la comunidad natural de cultura que constituyen los autores que en ella se expresan. De acuerdo con esta convicción, he sentido siempre como propios a los escritores hispanoamericanos. Entre ellos, al principio, Borges, Cortázar y García Márquez (y después también Carpentier), lecturas que fueron causa de deslumbramiento y goce, aunque sean autores alejados de mi manera de sentir y hacer literatura. Borges decía que él se sentía fundamentalmente poeta, y que lamentaba que la gente no compartiera este sentir. Yo sí lo comparto, y plenamente. De su obra es precisamente su poesía lo que destaco, ya que de él prefiero la voz personal e íntima que hay en sus poemas (y que se encuentra a veces también en sus conferencias y ensayos). Ya muy adulto, traídos por la vida y la música del tiempo, tres grandes autores que han sido verdadera fuente de vida para mí: el gran arte de poeta que hay en las novelas y cuentos de Augusto Roa Bastos (citaré especialmente esa obra maestra que es su primera novela, Hijo de hombre, drama y verdad de América), por su plenitud e intensa belleza; los cuentos de Julio Ramón Ribeyro, que con sutil arte y desde el castellano constituyen una de las aportaciones más altas al género desde un punto de vista universal, y la poesía vertical de Roberto Juarroz, auténtico cristal tallado, una creación inmensa, logro y aportación de verdad excepcionales también en y desde nuestro idioma. Son tres autores de especial valor y significación para mí, pero en justicia la lista de los nombres de América podría ser mucho más larga: así estarían también los cuentos de Silvina Ocampo, los poemas y las novelas de Álvaro Mutis, Antonio Di Benedetto, Felisberto Hernández, Juan Rulfo, César Vallejo y otros poetas de singular valor –Xavier Villaurrutia, Oliverio Girondo, Rosario Castellanos o ese mundo aparte y propio que conforman los poemas en prosa de José Antonio Ramos Sucre.
Sólo el semejante conoce al semejante, ha recordado en más de una ocasión Ernesto Sabato, y, fiel a esta realidad que se da en arte y ejemplo de ello es lo que escribió Juan Carlos Onetti al recibir mi primer libro: “Muy pocas veces me produce alegría contestar a los autores que me envían sus obras. Este es un caso distinto. Me hace feliz escribirle porque su libro Hospital de inocentes es muy bueno y de manera misteriosa siento que coincide con mi estado de ser cuando estoy escribiendo”. He querido reproducirlo para indicar que es un caso singular y único entre los escritores, señalado por él mismo, sin hacer más comentario aquí sobre esta comunión.

Europa
La novela nace en España con la picaresca y luego, de un modo más moderno, con Cervantes: este género rey surge en nuestro país y fecunda Europa, como lo han hecho también nuestros poetas y dramaturgos en alguna medida en algún momento. Europa, de la que parece que no estamos así tan lejos. Europa, una comunidad natural de cultura, tierra pero también espíritu, leyenda, aliento, una historia y una singladura, una fuerza, una naturaleza y quizá un destino. No voy a desmenuzar este sentir, ni a analizar ni glosar desde ninguna perspectiva su literatura, y así quiero representarla tan sólo al calor de algunos nombres, sin un sistema ni unos criterios prefijados. Así diré Europa y diré, simplemente y por ejemplo, Dublineses de James Joyce, La señora Dalloway de Virginia Woolf, Joubert, Flaubert, los cuentos de Maupassant, Proust, Pessoa, Kafka, Los Buddenbrook de Thomas Mann, Canetti, Leopardi, Saba, Ungaretti, las novelle de Giovanni Verga, los cuentos de Buzzati, Cesare Pavese, Il romanzo di Ferrara de Giorgio Bassani, El cuarteto de Alejandría, Camus, Viaje al fin de la noche, de Céline, Irène Némirovsky y Suite francesa, Sándor Márai, El maestro y Margarita de Mijáil Bulgákov, tantas páginas y tantas cosas, tantas historias, tanto tiempo, arte, belleza y palabras.

El cuento y el ensayo
García Márquez afirmó que el cuento era, sin duda, superior a la novela, y no nos sería difícil encontrar otras afirmaciones semejantes. Caracterizado por la tensión y la intensidad, por la ausencia de elementos gratuitos (como señaló Cortázar), es indiscutible que algunos cuentos encierran tanta o más complejidad que una novela y pueden ser más ricos y logrados que ellas (extremos que Borges predicó de los de Henry James y los de Kipling), y también su personalidad y autonomía como género, que es la que hace que algunos autores den una medida más alta de su genio en ellos que en sus novelas. El género tiene obvias virtudes para el lector, y quiero señalar la inyección de vida que supone para éste un gran corpus cuentístico, la afluencia de sentires, la riqueza de matices, miradas, perspectivas, emociones y sensaciones sobre la vida y sobre el mundo que aporta y que produce. Además de los que ya he citado (Maupassant, Buzzati, Verga, Ribeyro, Borges, Cortázar), quiero añadir a Ignacio Aldecoa, autor de una obra en cuentos de verdadera validez y altura universales, como pocas veces sucede en la literatura española. Figura capital de ésta, resulta un autor muy español y muy universal a un tiempo, con esa tristeza que sólo puede ser española, como era la que Cernuda veía en Lorca al trazar sus recuerdos del poeta, pero que a la vez resulta compartible y esencial.
Nietzsche se hizo la promesa solemne de no leer nunca más a autores en los que se trasluzca la intención de querer hacer un libro, para en adelante sólo leer a aquéllos cuyas ideas llegaron impensadamente a formar uno, y para mí han sido una ayuda y una compañía muchos libros así formados, obras nacidas, quiero decir, de modo asistemático, reunidas de modo natural y libre, por simple acarreo y sedimentación de sus materiales, ensayos hermanados en este punto con algunas obras poéticas o libros de poemas, no formalmente emprendidos como tales sino escritos, como dijo Eugeni D’Ors de Montaigne, al compás de la vida: diarios, epistolarios, cuadernos de notas, anotaciones, diálogos y conversaciones, en los que sus autores están muchas veces de manera más libre y natural que en otros escritos más elaborados, con mayor frescura y espontaneidad, más auténticos, valientes y arriesgados en sus apreciaciones. En ellos puede estar a veces la parte más valiosa de una obra. Así entiendo que lo mejor de Elias Canetti, tan célebre por sus memorias, son sus apuntes y notas. En una de ellas señaló la conexión tan íntima que sintió ante el diario de Pavese: sin duda destacaría, en mis lecturas del género, de modo especial El oficio de vivir, y he disfrutado con muchas otras obras de este tipo: diarios (de Camus o Jules Renard), cartas (Van Gogh, Rilke, Pessoa), y reuniones diversas de textos, desde Opio de Cocteau a los Escritos de un salvaje de Paul Gauguin o las Conversaciones con Kafka de Janouch. En los inicios del género, y como particular manera de cultivarlo, encontramos a los moralistas franceses. Al hablar de ellos y de Montaigne, Nietzsche decía que eran los que se aproximaban más a la antiguedad, y que los griegos más sutiles hubieran admirado y adorado la malicia francesa de la expresión. No es esto tan válido para el que quiero destacar, Joubert, ya que es acaso el más ligero y espiritual de ellos, y quizá también el más moderno. El ensayo, espontáneo o formal, se ha cultivado poco en castellano, pero hay también aportaciones valiosas que suplen esta falta de tradición: los aforismos y ensayos de José Bergamín, una de las voces más personales del 27, con una percepción intelectual muy aguda y particular de las cosas, y que está enraizado en el conceptismo español, al que prolonga y extrema con los retruécanos de su pensamiento afilado; también los ensayos de Octavio Paz, de indiscutible brillantez, a veces Juan Gil-​Albert, y me referiré asimismo a la voz que encuentra y da en sus cuadernos José Jiménez Lozano. Dentro de la producción de los autores del 27, constituyen de hecho un subgénero los libros de memorias en que se han rememorado y celebrado a sí mismos y levantado acta de su tiempo. Resultan todos apasionantes, pero quiero recordar ahora entre ellos, por la frescura y el valor de sus juicios y semblanzas, por su ligereza e inmediatez, Mi último suspiro, de Luis Buñuel.

La otra poesía de Barcelona
En alguna ocasión me han preguntado si en mi poesía hay una reivindicación de Barcelona y he dicho que no, que está presente de manera natural, como lo pueden estar el amor, la soledad u otras cosas. Creo que mi poesía podría haberse escrito en cualquier sitio, y que puede ser compartida por personas de cualquier parte. Así lo siento profundamente. No obstante, y de manera no premeditada ni programada, desde esta revista he editado a poetas de Barcelona con libros y obras que existían y no se leían: Jorge Folch (en 1987), Francisco Ferrer Lerín (ahora más divulgado, pero no cuando lo edité aquí, en 1989) y Carlos Puig de Morales el año pasado (2008). Acaso forman la otra poesía de Barcelona, aislada y lejos de agrupaciones y celebraciones habituales, preparadas y ya mecánicas, una poesía auténtica y valiosa a la que hay que prestar atención en un acto de ponderación y equilibrio y situar –en lo que para Eliot era una función fundamental de la crítica– en sus justos términos. Fiel al título de esta biblioteca, esta otra poesía de Barcelona, a la que podrían sumarse otros nombres y en la que acaso está también la mía, está igualmente compuesta por libros que también están escritos.

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