ENTREVISTA. Carlos Pereda: «Somos inevitablemente confiados»

Jordi Pérez Colomé y María Patricio
-¿Qué es la confianza?
–Es una actitud. Implica deseos, creencias, emociones, que nos hacen sentir bien, pensar que lo que esperábamos se va a cumplir, sentirnos a gusto en el mundo. Es un bien imprescindible. Los pequeños animales humanos, por llamarlo así, los bebés, no podrían sobrevivir sin cierta dosis de confianza, y tampoco lo harían a la larga las sociedades. Constantemente estamos confiando. Ahora confío en que el agua que nos han servido no esté envenenada.
–¿Qué tipos de confianza hay?
–En el libro Sobre la confianza empiezo hablando de una confianza general que tenemos y que abarca tanto al mundo como a los demás y las instituciones. Ahora bien, muy pronto esa confianza general empieza a resquebrajarse. Todos empezamos a tener, además de esa confianza general, que nunca se desactiva del todo, confianzas particulares e incluso singulares. A veces confiamos en los médicos, pero a veces también desconfiamos y confiamos sólo en uno particular. La confianza deja paso a la desconfianza, pero contra mucha tradición de los modernos, que han insistido en que de alguna manera vivimos en un mundo de desconfianza y que nuestro único punto son las dudas y las sospechas, insisto en que para dudar y sospechar necesitamos un horizonte de confianza.
–¿Qué es un horizonte de confianza?
–Damos por sentadas un montón de cosas. Por ejemplo que entiendes las palabras que digo. Quizá en algun momento digamos ‘este señor usa las palabras en un sentido un poco distinto a como yo las uso’ pero para eso tiene que haber entendimiento mutuo. La confianza siempre es general. Mientras que nuestra desconfianza, dudas y sospechas son focales. Son agujeros en la tela de la confianza.
–¿De qué depende que alguien confíe, por ejemplo, en los médicos y otro no? ¿De su experiencia, carácter, genética?
–En principio, de muchas causas. Una muy importante son nuestras herencias culturales o tradiciones. Ciertas herencias culturales tienen una gran desconfianza en la policía, como en México, mientras que en otras, por ejemplo Estados Unidos, la gente espontáneamente confía en la policía. Así también habrá tradiciones donde la gente confía en los informes que da el gobierno, o un banco, y otras en las que sospechamos. Otra causa son las experiencias personales que uno ha tenido.
–¿Y en las relaciones personales?
–De alguna manera solemos confiar en los demás. Por ejemplo para llegar hasta aquí tuve que preguntar dónde quedaba esta calle. En general confiamos incluso en desconocidos. Entre los conocidos, si son amigos, es porque ha habido intereses comunes, una red que nos ha hecho amigos. Ese vínculo puede romperse. Distingo dos tipos de traición. Primero, las grandes, cuando alguien hace algo gravísimo contra nosotros y toda la confianza que hemos depositado en esa persona se derrumba.
–¿Por ejemplo?
–Si hemos confiado en un íntimo amigo a quien hemos hecho responsable de nuestro dinero y nos roba. Pero junto a esas traiciones, que son a nivel personal lo que a nivel público solemos llamar traición a la patria, también se encuentran esas traiciones muy incómodas, que sierran nuestras confianzas cotidianas.
–¿Cómo se generan esas pequeñas traiciones?
–Vivimos en un mundo de intereses encontrados, y muchas veces nuestros amigos descubren que tienen mejores intereses que nuestra amistad. A menudo uno no entiende las situaciones que vive y sólo en perspectiva nos damos cuenta: “Ah, debí de haber visto estos signos, y no los vi». Confiamos en el jefe de nuestro trabajo cuando no deberíamos. O en nuestros amigos íntimos cuando ya nos han dado signos que no hemos querido ver; a veces la confianza es una trampa. Podemos hablar de las trampas de la confianza en el sentido de que hay tanta tendencia a confiar que a veces nos cuesta desprendernos de esa confianza.
–¿Entonces somos más bien confiados?
–Somos inevitablemente confiados. A veces confiamos cuando no deberíamos. Sobre todo en situaciones catastróficas se ha observado cómo la gente sigue confiando cuando hace mucho tiempo que deberían haber sospechado. Muchos testigos del nazismo cuentan que aunque tenían los signos muy claros de lo que ocurría, sin embargo, se producían procesos de autoengaño para no querer ver lo que había que ver. Esto también suele pasar en las catástrofes personales. Todos hemos vivido situaciones en que hemos dicho: ‘¿Por qué no empecé a desconfiar antes?’
–¿Por qué ocurre?
–Hay una tendencia a la confianza, pero también se da una cierta tendencia a la patología de la confianza que es lo que llamo pereza intelectual y actitudes de obstinación. La pereza intelectual es una actitud pasiva. No queremos darnos el trabajo de convencernos o replantearnos qué hemos hecho mal, por ejemplo en el caso de la pareja. Es un continuo cuyo otro extremo es una actitud activa, que es nuestra tendencia a volvernos obstinados. En la pereza intelectual nos dejamos llevar por la inercia, es una actitud pasiva. Las actitudes de obstinación en cambio se dan cuando activamente cerramos los ojos. La pereza intelectual está impregnada de autoengaño, pero son más efectivas y fuertes las actitudes de obstinación. –¿Nos pasa eso por miedo?
–Hay muchas causas psicológicas, y el miedo es una causa importante. Por ejemplo, un miedo que a veces se ramifica porque se teme que se derrumbe una red de pertenencias, hábitos, maneras de vivir a las que estábamos acostumbrados. En el plano personal es cuando de pronto un esposo o esposa se pregunta: “¿Cómo he podido vivir veinte años engañado?” Hay notificaciones por todas partes de que nos han traicionado pero nos aferramos con obstinación a nuestras confianzas.
–¿Cómo se superan esas traiciones? ¿Superarlas sería volver a engañarse?
–No hay otra posibilidad que volver a confiar. En el caso del engaño en la pareja, depende de la historia y la personalidad de ambos. De cómo juzgamos el carácter de la otra persona, de cómo se produjo esa traición, de circunstancias particulares.
–Los amigos podrían opinar que uno se obstina.
–A veces. Pero otras veces dirán que uno tuvo una perspectiva más abarcadora. Hay una manía que los filósofos solemos tener que es la tendencia a aplicar ideas muy generales a casos particulares. Es un error. Obviamente a veces las ideas generales pueden iluminar un caso particular, pero analizarlo requiere una exploración muy en detalle.
–Parecía que confiar era algo bueno, pero mejor que confiar habría que estar atentos. No dice que “confiar es de tontos”, pero casi.
–Porque confiar es inevitable. Eso no quiere decir que seamos inevitablemente tontos.
–Confiar no requiere un esfuerzo; estar atentos, sí.
–Sí, aunque a veces después de grandes o pequeñas catástrofes, requiere esfuerzo volver a confiar. Hay un fenómeno que llamo confianza militante, que es cuando alguien que ha sido traicionado ha caído en un estado de desesperación y los amigos intentan recordarle que el mundo no se acaba con la ex pareja o el trabajo. Cuando las personas que se reúnen con quien desconfía intentan hacerle volver a confiar; ésa es la misión de todas las terapias. Desde el psicoanálisis a las terapias orientales, nos quieren devolver un suelo donde afirmarnos.
–En la vida pública, con la corrupción por ejemplo, ¿cómo se recupera la confianza en los políticos?
–Ahí hay un peligro, porque cuando hay una desconfianza en lo público, nuestra pregunta debe ser siempre: ¿qué alternativa hay? Porque a menudo ante las desconfianzas frente a la corrupción, en la historia reciente ha habido una preferencia a introducir como alternativa algo mucho peor, que ha sido el hombre fuerte, que empieza por ser un político fuerte y termina por ser un dictador. Uno tiene que saber muy bien cuándo comenzar a desconfiar. La crítica, que es una hija de la desconfianza, siempre debe tener en cuenta la alternativa implícita que hay en las protestas. Alguien podrá decir aquel lema argentino: ‘¡Que se vayan todos!’ Pero no se van a ir todos, es un lema infantil. Por ahora no hemos descubierto otro régimen político mejor que la democracia. No hay otra solución que juzgar a los culpables y sanear los partidos para que se pueda confiar en ellos. No hay otra.
–En el libro habla de la cultura de la argumentación. ¿Qué es?
–Es una cultura que vive de una tensión entre confiar y desconfiar. Dar y darse argumentos es una práctica mucho más complicada de lo que uno a menudo cree. Hacer de nuestras prácticas argumentales un hábito personal exige algo así como lo que los franceses del siglo xviii llamaron una educación sentimental: tenemos que aprender a sobreponernos a las pasiones y saber escuchar. No es nada fácil, porque a menudo simplemente escuchamos lo que queremos oír, y nuestras pasiones nos encierran y hacen imposible que escuchemos los argumentos de los demás. A nivel social la educación sentimental es una educación para la tolerancia; implica una cultura democrática.
–¿Sería evitar la pereza intelectual?
–Exacto. Una cultura de la argumentación exige desde la educación sentimental a una educación democrática, y ambas son procesos complejos, porque están hechos de hábitos que a menudo van contra nuestros hábitos más queridos.

CONFIAR EN UNO MISMO
–Con unas presiones tan obvias, como las expectativas de los otros o el prestigio adquirido, ¿cómo se puede confiar en uno mismo?
–La confianza en los demás es patológica cuando no va acompañada de una confianza en sí mismo. Difícilmente me puedo entregar a los demás si no tengo confianza en mí. ¿Qué significa tener confianza en sí mismo? Asumir que uno nunca está en la situación de tener cero poder. Uno siempre tiene algún grado de poder, y eso es la confianza en sí mismo. Saber que incluso en las situaciones más difíciles en las que uno se siente más arrinconado siempre puede iniciar algún curso de acción. Confiar en sí mismo es confiar en esa capacidad de actuar de acuerdo a lo que uno considera que es lo mejor para uno mismo.
–¿Ahí empieza el debate entre autonomía y confianza?
–Aparentemente son dos conceptos opuestos, porque confiar es siempre abandonarse, a los otros, a las instituciones, a la naturaleza. Mientras que autonomía es confiar en sí mismo.
–¿Cuál sería la proporción ideal de cada una?
–Son conceptos interrelacionados. Ser autónomo es tener la capacidad de contar con las determinaciones que implica confiar en un montón de cosas: el lenguaje, las instituciones, las personas.
–¿Se trataría entonces de saber confiar? Es un aprendizaje.
–Por supuesto. Una cultura de la argumentación es una cultura donde aprendemos a confiar y desconfiar. Es decir, es aprender a saber cuando el otro tiene la carga de la prueba y cuando el otro tiene presunción a favor. Y correlativamente, cuando me ocurre a mí.
–Si hiciéramos una comparación entre generaciones, ¿somos más confiados que nuestros abuelos?
–Siempre es muy complicado comparar entre épocas.
–Pero ahora tenemos por ejemplo más información que antes. ¿Sería eso positivo para nuestra confianza?
–Tener mucha información es una maravilla, pero uno no debería bajar nunca la guardia. Debe seguir teniendo lucidez suficiente. Tenemos toda la información en la mano y no vemos lo que es importante ver, porque puede haber un encegamiento por falta de información o por demasiada información. Le sucede a cualquier estudiante que mire internet. A veces lo difícil es saber formular preguntas. Hay un momento en que es útil retraerse. Es como la dialéctica entre la confianza en los otros y en sí mismo, a veces es útil decir: “Ya está, ahora me toca reflexionar y formular las preguntas”.
–A nivel religioso, ¿hay diferencias de confianza entre los creyentes de las distintas tradiciones y los no creyentes? Tener fe es confiar.
–Sí, y es confiar contra toda evidencia. No lo sé, pero sospecho que en cada religión o situación de ateísmo o agnosticismo hay diversas actitudes. Habrá religiosos con una enorme pereza intelectual y otros extremadamente lúcidos y críticos. En todos los grupos humanos hay una variedad enorme de actitudes que llevan consigo deseos, creencias, emociones, expectativas muy diferentes.
–¿En qué tres cosas confía usted?
–En la naturaleza, en mí mismo y en algunas de las personas que me rodean. Todos tenemos que confiar que la naturaleza tenga ciertas regularidades. De lo contrario viviríamos con el gran susto de abrir una puerta y encontrar un abismo. Para un profesor de filosofía son los famosos escenarios que inventó Descartes y que están tan integrados en nuestros temores que en las películas de Hollywood a menudo los tratan, como en Matrix. Segundo, no podemos dejar de confiar en nosotros mismos porque si no tuviéramos una confianza básica en nosotros, no podríamos ni siquiera entregarnos a la confianza de los demás. Y confiamos en algunas de las personas que nos rodean, sólo algunas, algunos familiares y amigos. Uno sabe que sólo a unos pocos les puede pedir demasiado. No por eso deja uno de alegrarse cuando está con ellos, aunque sepa que en situaciones muy difíciles no puede contar con ellos. Después de todo es una desgracia contar con que los demás son héroes o heroínas. Es mejor tratarlos como gente normal.

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