Pasqual Maragall: «Los políticos no tienen criterio propio»

Rosario Bofill
La entrevista se realiza en catalán y a mediados de octubre en la oficina que Maragall tiene en la Diagonal de Barcelona.
–De su vida política, ¿qué personas le han impresionado más?
–José Ignacio Urenda, que fue mi maestro. Él me metió en política. Era muy católico y muy revolucionario. Solía buscar gente por la universidad. Era una persona muy honesta.
–¿Lo convenció para entrar en política o ya tenía inquietudes?
–Me convenció. Aunque yo también debía tener inquietudes. Cuando de pequeño me preguntaban qué quería ser de mayor, yo decía: “Sereno o diplomático”. Yo ya estaba entre lo práctico de la calle y la política.
–¿Cuál ha sido el momento más gratificante de su vida política?
–Ha habido muchos momentos gratificantes. Siempre se dice que fueron los Juegos Olímpicos, pero es un poco un cliché. Ha habido muchos. Aunque los Juegos empezaron con un fiasco. Quizá por las prisas, porque el Estadio Olímpico de Montjuïc aún no estaba acabado, tenía goteras, y llovió muchísimo. Y tuve que hacer el discurso bajo un paraguas sin público. Ya habíamos tenido que refundamentar el estadio. Es decir, tuvimos que hacer los fundamentos después del edificio –¡es que esta ciudad es fantástica! Lo mismo pasó con el Palacio Nacional de Montjuïc. Hubo un problema cuando cayó un trozo del techo. Es que se había hecho todo a partir de acontecimientos, como si la ciudad fuera cada vez reina por un día; así fue en la Exposición Universal de 1888 o la de 1929. En base a eso se iban creando infraestructuras que si no no se hubieran hecho, y que servían para la ocasión pero que no aguantaban. Por eso todos los edificios de Montjuïc estaban sin fundamentos.
–¿Y el momento más duro?
–Quizá cuando siendo teniente de alcalde de Barcelona cambié el sistema de horarios. Subimos los sueldos, pero los funcionarios iban a trabajar de 9 a 2, “pero con tolerancia”. Les puse un horario más largo y me hicieron una huelga. En esta huelga un día invadieron el Saló de Cent para hacer una asamblea. Yo fui y me dijeron de todo. Entonces quedamos que haríamos alguna reforma. Me reuní en el Tibidabo con el jefe de los funcionarios mosqueados para pactar que los nuevos horarios eran intocables pero que habría un aumento de sueldo muy importante. También instauré que se tuviera que fichar. Antes no se fichaba y por eso a la tarjeta le llamaban “la pasqualina”.
–¿Si hubiera dejado la presidencia de la Generalitat hace 20 años, a qué se hubiera dedicado?
–Hubiera mirado a Europa. Aunque Bruselas es un poco aburrido, llueve mucho, pero tiene una gran calidad de vida. Tuve una experiencia europea siendo presidente del Comité de las Regiones, y fue muy interesante.
–¿Hubiera intentado lanzar un partido europeo?
–Ya lo hice, lanzamos un partido con Francesco Rutelli y François Bayrou, el Partido Demócrata Europeo, pero ya está. Se intentó, empezó bien, pero no acabó de cuajar.
–En Italia ahora mismo tienen otros problemas.
–Son una olla, siempre tienen problemas. Es el país donde se vive mejor del mundo, pero políticamente son un desastre. Italia es fantástica, lástima de los italianos, como ellos dicen. Los franceses, por ejemplo no son tan autocríticos, tienen mucho orgullo nacional.
–¿Cómo ve Europa ahora?
–Es nuestra patria. La Unión Europea debería ser como la unión americana, con estados federados.
–Pero allí todos hablan la misma lengua.
–También nosotros aquí. Aquí también se está empezando en la práctica del inglés.
–Pero un míting en inglés en Dos Hermanas no funcionaría.
–Ya le pondrían traducción simultánea. La convivencia de múltiples lenguas es al mismo tiempo un inconveniente y una riqueza.

NO LO QUE SOY
–¿Qué es ser socialdemócrata hoy?
–La socialdemocracia es un concepto amplio, a mí me cuesta definir exactamente lo que soy. Creo que la ideología no debe ser cerrada y exclusiva, hay muchos grises, que cada opción política del mismo espectro subraya más, para diferenciarse. Pero los principios inspiradores son pocos y genéricos.
–¿Las etiquetas políticas no sirven?
–Yo creo que responde mejor al pensamiento general un modelo como el americano, con dos grandes partidos, uno progresista y otro moderado.
–En las primeras elecciones casi no se podía decir que eras socialdemócrata, uno era socialista o comunista.
–Ahora en cambio la socialdemocracia se ha convertido en el poder. Los comunistas no pintan nada; los nacionalistas, muy poco, la que manda es la socialdemocracia.
–¿Cuál debería ser la característica principal de un político?
–No sé, capacidad de pensamiento libre y de proyección. Ahora en España no me convence demasiado ninguno.
–¿Pero ha encontrado a menudo políticos convincentes?
–Sí, claro. Pero ahora es más difícil. Antes se encontraban más políticos convincentes que ahora.
–¿Y el defecto más común?
–Que no tienen criterio propio. Prima el criterio del partido, del grupo parlamentario o de quienes les financian las campañas.

ESPAÑA, CATALUÑA, BARCELONA
–Si recuerda la Barcelona donde nació y mira la de hoy, ¿qué le gusta?
–De Barcelona me gusta todo. Es la mejor ciudad del mundo.
–¿Le gusta más ahora o cuando nació?
–Cuando nací Barcelona era un desastre. No tiene nada que ver conmigo.
–¿Qué echa de menos en Barcelona?
–Tiene casi de todo: montaña, mar, ríos, un Eixample racionalista y unos barrios muy potentes. Lo que le falta es el área metropolitana. La Barcelona estricta es muy pequeña. En cambio la realidad es una aglomeración de cuatro millones. Lo que ocurre es que esto asusta a la nación, a la Generalitat. Tendrían que restablecer el área metropolitana. La dividieron en tres. El nacionalismo tenía miedo de una Barcelona demasiado potente, porque se comía al país. No se daban cuenta de que lo mejor que debe tener una nación es un entorno urbano potente. Y aún tienen que entenderlo.
–En sus diarios escribe: “Cataluña es una realidad torturada”. ¿Por qué?
–Es sufridora. “Ai ai ai, que ens fotran” (Ay ay ay, que nos darán). Cataluña es desconfiada porque la vida ha sido dura. No ha sido independiente, tampoco ha sido federalista. No acaba de estar satisfecha, o eres muy independentista y te dedicas a convocar consultas en municipios, o eres un cobarde y un servidor de Madrid.
–¿No nos quejamos demasiado?
–Sí. Quejarse o no quejarse no tiene tanta importancia, lo importante es qué eres desde un punto de vista legal, lo que consigues ser. Esto es como el Estatut. Lo comenzamos en 2003, lo acabamos en 2006 con un referéndum, y ahora aún está pendiente. Es un texto aprobado por el Parlamento, por la sociedad, y ahora viene un juez y lo pone en cuestión.
–Pero ese juez vigila que se ajuste a la Constitución. Es una decisión judicial, no política.
–Está bien, pero si decide tocarlo aunque sea una coma, hay que volver a hacer el referéndum. Ya dijo Shakespeare en Hamlet que, “the insolence of office” y “the slowness of justice” [“la insolencia del funcionario” y “la lentitud de la justicia”] son los dos grandes pecados. Esto era hace siglos y seguimos igual.
– Dice en las memorias que “Cataluña es una buena plataforma para construir España”. ¿Qué España?
–Te lo diré cuando el Tribunal Constitucional decida. Estamos esperando a ver qué dice España para saber qué respondemos. Está claro que nuestra respuesta está por ver porque hoy la independencia no tiene ningún sentido desde el punto de vista catalán. La patria ahora es Europa. La tensión, la competencia, sí que es entre Cataluña y España. Pero todo lo que definía a una nación como nación ya no es ni catalán ni español, es europeo: el himno, la moneda y hasta la bandera azul europea está por todas partes. Esperemos que el ejército y la presidencia permanente sean pronto una realidad.
–“Lo hemos intentado árduamente”, ha escrito sobre la relación entre Cataluña y España. Habla de una generación formada desde la República. Parece que no se ha conseguido mucho. ¿Habrá nuevas oportunidades o la separación será cada vez más grande?
–Esto hay que preguntarlo a los que mandan. Lo que hay que hacer ahora es explicar la transición. El paso de la dictadura a la democracia se hizo al precio del silencio. En aquel momento seguramente era lo prudente. Pero fue el dictador quien puso al Rey y abrió el camino. Eso, que fue una operación muy sutil, tuvo un precio, el silencio. ¿Os habéis fijado en cómo se llamaban los que trajeron la democracia? Adolfo, Rodolfo, José Antonio, Alfonso Carlos. Esa generación hizo bien el cambio. Veníamos de lo que veníamos. Unos más atrevidos, otros menos, pero en definitiva ahora es el momento de explicarlo. Esta generación es desconocida, mis nietos no saben quién son. Son héroes, lo fueron, deberíamos tener su retrato colgado. Se tendría que explicar para que mis nietos sepan de dónde vienen, de quién son hijos, estos héroes no son conocidos, son santos no reconocidos.
–¿Qué significa ser federalista?
–Fedus es pacto. No es Dios nuestro señor, ni el Rey, ni el dictador de turno, ni el Papa quien lo hace, sino que es la gente quienes pactan ser algo.
–¿Cómo se aplica eso a España?
–El pacto sería entre las nacionalidades y regiones. El sistema autonómico es un paso hacia el federalismo. Y además diferencial porque Cataluña tiene más competencias que otras.
–Pero las otras también quieren las competencias de Cataluña.
–Pues que se las den. Lo que pasa es que el peso del centro como administrador de todo es muy grande. En Madrid dicen: “Pero es que ahora todo el mundo tiene sus leyes y sus estatutos”. El centro pierde poder. Por ejemplo, cuando volví de Roma me convencieron para que me presentara a la Generalitat a trancas y barrancas. Así que le dije a Felipe González que a condición de que él apoyara al federalismo. Bueno, no acabó de entenderlo. En cambio, en este sentido Zapatero era un federalista auténtico, al menos al principio, y por eso nos entendimos.
–Pero cuando llegó a la presidencia, cambió.
–Sí, pero eso nos hubiera pasado a ti y a mí. Una cierta pérdida de los valores iniciales en parte es lógica. Pero lo vuelvo a decir, creo que el futuro es Europa y el federalismo. Al final el mundo seran diez personas, más o menos una por continente, que se reunirán y gobernarán el mundo. Hay una cosa muy importante, aunque es lentísima, pero que es a nivel de la justicia y no de gobierno. Se trata del Tribunal Penal Internacional.

MUJER, HIJOS, NIETOS
–Tus padres fueron dos personas extraordinarias.
–La casa de mis padres fue un refugio en una Barcelona que era triste y negra. Venían los socialistas, los nacionalistas, los comunistas, de todos los partidos. Era una de las casas de Barcelona donde se podía ir. –En Oda inacabada habla de su “particular evolución en la fe”. ¿Qué quiere decir?
–Yo era católico, soy muy amigo de algunos curas. Mi hermano va a misa cada día y a veces me arrastra con él. Me siento allí y espero. Por cierto, hay cuatro o cinco personas. A veces cuando llega el momento de la comunión me dice: “¡Oye, ven para acá! Va, hombre, ven”.
–Nos consta que ha leído más de una vez el Evangelio. ¿Cuál escogería?
–El de San Juan. Tengo problemas de memoria, como bien sabes, estoy catalogado como enfermo de la memoria. Recuerdas las cosas antiguas pero no dónde has dejado las llaves. La memoria primitiva y la musical las mantengo.
–En sus memorias el matrimonio con su mujer, Diana Garrigosa, parece desde el principio extraordinario. ¿Qué le ha aportado?
–Sin Diana no hay Pasqual. Los hombres sin las mujeres no hacemos nada, y en cambio las mujeres son mucho más útiles.
–¿Qué le han hecho descubrir los nietos?
–Yo con los hijos tengo muchos problemas, y en cambio con los nietos no. Los hijos sufren por ti y entonces interfieren y acaban por hacerte la puñeta y te peleas. También es verdad que la relación de abuelo-​nieto es muy fácil; no tienes que estar cada día cuidando de ellos. Uno de mis nietos, Gabriel, de ocho años, que es muy inteligente, me envió un correo electrónico donde ponía con muchos dibujitos: “Abuelo, cuando estoy contigo siento una gran libertad”.
–¿Te arrepientes de haber hecho público que tienes alzheimer?
–No. Lo único que me fastidia es que, por ejemplo, hoy, como hago dos veces por semana, bajo andando desde casa. Y muchas personas que me encuentro por la calle me preguntan: “¿Cómo se encuentra?”. Es muy pesado, y al final acabaré por decir: “Mejor que usted, señora”. Aunque es algo cariñoso. El problema del alzheimer es que está mal tratado. Porque a la mayoría de enfermos los meten en instituciones. Yo voy a visitar amigos en residencias, que son mejores que las de antes, pero se pasan el día en la terraza, todos con sillas de ruedas, y dos o tres personas que están ingresadas también gritando todo el día. Es mejor que los lleven a casa, pero entonces resulta que la casa la han alquilado para poder pagar la residencia. Aunque como en casa en ningún sitio. Los enfermos se desorientan más en la residencia que en casa, en su barrio. Es mejor vivir en un entorno propio.

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