¿Cañones o mantequilla?

Tomàs Gisbert
Es difícil discutir cómo deben ser los ejércitos hoy si, en primer lugar, no nos ponemos de acuerdo en cuál debería ser su función y de qué nos defienden. Se nos dice que su función es defender nuestra seguridad, pero una simple mirada a su volumen y el gasto que en ellos se emplea nos permite ver que tienen una dimensión absolutamente desproporcionada, que no se corresponde con lo que se nos indica. El conjunto de ejércitos de la Unión Europea dispone hoy de 1,8 millones de soldados y absorben el 22 por ciento del gasto militar mundial. Si la referencia es la OTAN, emplea el 67 por ciento del gasto militar mundial mientras que sólo agrupa al 13 por ciento de la población. Esta enorme desigualdad en el gasto militar debemos relacionarla no con una mayor seguridad, sino con una realidad más terrible como es garantizar un acceso profundamente desigual e injusto a los recursos y la riqueza del planeta.
Vivimos en una profunda militarización, en que todos los riesgos que enfrentamos se han militarizado. Las estrategias de seguridad de nuestros países hablan de terrorismo, delincuencia organizada, estados fallidos, armas de destrucción masiva, de seguridad energética e incluso de las amenazas que representa el cambio climático. Es fácil, muy fácil, encontrar amenazas que justifiquen los ejércitos en un mundo convulso como el actual, pero nada se dice de la responsabilidad de un proceso de globalización económica que ha aumentado la brecha entre países desarrollados y empobrecidos que subyace en la presión ambiental, los conflictos bélicos, la inestabilidad política y social o en la pobreza. Existen riesgos y amenazas que deberemos afrontar y prevenir, pero cuando se ven sólo los peligros que proceden del sur, pero no los que nosotros generamos en él y únicamente se piensa en los medios militares y en aumentar el gasto militar para enfrentarlos, nos está indicando que lo que se prefiere es mantener el mundo tal como está y contener el descontento y los conflictos que genera.
En el Estado español, desde el fin del servicio militar obligatorio, hemos vivido una permanente campaña para legitimar un ejército, ahora profesional, que nació sobredimensionado, que costó rellenar con soldados profesionales hasta que la crisis económica y el desempleo ha empujado a los jóvenes al reclutamiento. Se ha justificado su papel con las denominadas misiones de paz, nombre multiuso en el que se ha venido a encajar la participación española en guerras contra estados soberanos que no han contado con la necesaria legitimación de Naciones Unidas, como han sido la guerra de Kosovo, Iraq, o Afganistán, que pese a tener un aval inicial de Naciones Unidas se ha integrado plenamente en la guerra de agresión que inició Bush y que todavía continúa. Se han creado unidades como la Unidad Militar de Emergencias, para que el ejército intervenga en caso de grave riesgo o catástrofes naturales o incendios. Pero acaso, por poner un ejemplo, ¿no sería mejor disponer de unos buenos equipos de protección civil? ¿Por qué necesitamos personal armado para intervenir en desastres naturales?
Hoy, los ejércitos occidentales han pasado de ser ejércitos preparados para enfrentamientos con ejércitos similares, a ser capaces de ser desplegados en escenarios lejanos en poco tiempo, se han dotado con sofisticados armamentos y todo ello ha ido acompañado, después de un paréntesis tras la guerra fría, de un incremento sostenido del gasto militar. Es quizás ya hora de plantearse una reducción drástica de los ejércitos y del gasto militar, de liberar recursos que permitan lograr los Objetivos del Milenio de la ONU y abordar las causas sociales y económicas que constituyen la raíz de los conflictos.

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