Una nueva profesión

Gabriel Cardona
Trabajos en cambio. El desarrollo de la ciencia y de la técnica han transformado numerosas profesiones: los alquimistas se han convertido en químicos, los curanderos en médicos, los sacamuelas en odontólogos y los barberos-​sangradores en cirujanos. También el desarrollo de los derechos humanos ha tenido su incidencia: los jueces que históricamente administraban la tortura como instrumento procesal, ahora persiguen a los torturadores.
Desde hace apenas medio siglo, también la profesión militar experimenta una mutación parecida, aunque sólo en unos pocos países. En ciertos Estados, los militares, que habían sido los solemnes sacerdotes de la guerra, se transforman en guardianes de la paz. Para honra suya y escándalo de los belicistas de diversos pelajes que acusan a estos ejércitos de convertirse en ong. Sin comprender la evolución del Estado moderno, antes opresor de los súbditos y hoy defensor de los ciudadanos.
Desde que desapareció el feudalismo, los militares han sido servidores del Estado. En España, siguiendo sus mismos vaivenes históricos, fueron mayoritarios absolutistas, liberales o autoritarios. Hasta que la llegada de la democracia impuso una complicada adaptación al Estado de derecho. Mucho más trabajosa de cuanto se reconoce oficialmente, porque la larga dictadura franquista procedía de una guerra civil y había consolidando dogmas, sentimientos y rutinas que parecían esenciales.
Otro concepto de la seguridad. Ninguna institución es inmutable y el paso de los años ha transformado la realidad española, europea y mundial. Militarizar a los ciudadanos para defender a la patria en peligro fue un hallazgo de la Revolución liberal. Pero el soldado-​ciudadano no se pensó para misiones internacionales. Las actuales tareas de defensa de la paz necesitan militares profesionales, sometidos al estatus, la disciplina y las reglas propias del Estado de derecho. No sirven, para ello, los reclutas inexpertos ni esos mercenarios cazacabelleras que los neocon implantaron en Irak, junto con otros disparates contrarios al derecho y al sentido común.
Los militares de los Estados democráticos se enfrentan hoy a una nueva realidad profesional y, mientras defienden la paz, necesitan dominar todas las técnicas del combate antiguas y modernas. Porque la aparición de las nuevas armas jamás erradica las antiguas y en la era espacial se sigue matando a garrotazos.
Una violencia contenida. Por mucha que sea la voluntad pacificadora, el ejército de un Estado democrático necesita conservar su capacidad violenta, porque, si la pierde, dejará de ser un ejército. Podrá ser un cuerpo de bomberos, una institución asistencial o cualquier otra organización, pero no un ejército. Los ejércitos se definen por un código concreto de valores y por un sistema de técnicas y medios, encarados potencialmente a la guerra.
La cuestión esencial frente a semejante capacidad guerrera es colocarla bajo el rotundo control del Estado democrático y hacer comprender a los militares que su mayor gloria en la subordinación al Gobierno legítimo. Manteniendo toda su capacidad de combate para defender la paz.
La humanidad tiene una larga experiencia en el desarrollo de la guerra y, a pesar de los teóricos del siglos xviii, sólo hace medio siglo que balbucea en el aprendizaje de la paz. Para mantenerla se precisan muchas herramientas: el derecho internacional, la justicia, la lucha contra la miseria, la educación, una nueva cultura y, también, la administración democrática de la violencia.
Del mismo modo que, para defender las libertades, los tribunales privan de la libertad; la paz también se defiende con las armas. Sin que ello valide el “si vis pacem para bellum”, un sofisma romano que ha justificado asesinatos masivos durante 25 siglos. La cierto es que “si vis pacem para pacen” y en eso estamos.
En el mundo desarrollado, el estallido de la guerra no depende de los militares. Ahora los necesitamos para la paz internacional, afirmación que no será aceptada por muchas personas. Quizá tienen razón, pero creo que la paz, la pacificación, el pacifismo o el antimilitarismo son cosas diferentes. Como también la convivencia, las relaciones políticas y la capacidad represiva del derecho son distintos aspectos de una misma realidad.

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