Escuchar historias, vivir otras vidas

José Martí Gómez
Quise ser periodista desde niño porque desde niño me gustó que me contasen historias. Por eso, cuando fui periodista, no me gustó nunca hacer mesa y nunca quise ser jefe. Mi interés estaba y está en la calle pero reconozco que es cierto lo que un día me dijo un policía veterano: “Nosotros, como vosotros los periodistas, cada vez gastamos menos suelas de zapatos pisando las calles y así nos va, a nosotros y a vosotros: que cada vez hablamos más de oídas”.
Hacer reportajes me ha permitido vivir otras vidas: la mía y la de las personas que me han contado sus vivencias. No ocurre igual con las entrevistas, un género tan agradecido como falso. Hoy prima la entrevista y está en crisis el reportaje.
La entrevista es barata y fácil porque hoy en día todo el personal quiere ser entrevistado. En mi vida como entrevistador he conseguido pocas veces sentir lo que denomino “el clic”: tener la sensación de que el entrevistado se te entrega, se olvida de que está ante un magnetófono y se abre a la confidencia íntima que no ha explicado nunca antes. ¿Qué ocurre cuando pasa la magia de ese instante y el entrevistado regresa a la entrevista tras su viaje por la memoria personal? Ocurre que te dice “no sé por qué he explicado eso”. Y luego pregunta “¿puede olvidarlo?” Tengo una docena de “clics” en mi vida profesional. Las confidencias que no escribí porque le dije al entrevistado “lo he olvidado ya”. Habrá quien dirá que eso no es periodismo. Creo que sí lo es pero según veo en los tiempos que corren quizás estoy equivocado.
El reportaje está en crisis porque es caro y puede entrar en conflicto con el medio en el que debe ser publicado si ese medio defiende intereses que el reportaje denuncia. Siempre he amado el reportaje, para mí el género rey del periodismo. Habrá quién disienta de mi opinión sobre la crisis del género –crisis que sobre todo se refleja en la prensa escrita y en la radio y menos en la televisión pública– y diga que pueden leerse buenos reportajes de investigación. Les digo que no es cierto, porque he hecho muchos reportajes de investigación y sé lo que son: soplos en la oreja. ¿Por qué llegan al periodista esos soplos que se venden como reportajes de investigación? Por muchos motivos. Por dinero o por venganza o por despecho, básicamente.
Empecé a trabajar como periodista en 1960. Hasta el 66 fui virgen. La dictadura me afectaba como persona pero no como profesional porque trabajaba en los talleres como confeccionador en platinas, una prehistoria del periodismo. Perdí la virginidad cuando subí a la redacción y me enviaron a hacer una crónica por diversos pueblos sobre el referéndum monárquico y volví al diario con la noticia de que un alcalde me había explicado que había permitido a una viuda depositar el voto de su marido “porque era muy de Franco y seguro que le hubiese gustado votar sí” y otro alcalde había recorrido la cola de votantes pidiendo que le enseñasen la papeleta para asegurarse de que todos votaban sí. El director me miró. Me dijo: “Pepín”. Siempre me llamaba Pepín. Se limpió las gafas. Luego añadió: “Eso no se puede publicar”. Creo que le dolió tenerme que decir eso.
Siempre dije que el periodismo es la profesión más hermosa del mundo. Lo sigo diciendo pero desde hace algún tiempo añado un matiz: creo que años atrás era una profesión más hermosa que ahora. Explicar por qué creo que el periodismo está inmerso en una crisis de credibilidad no es lo que El Ciervo me ha pedido.

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