Del profesional al «hooligan»

Oriol Llop
Soñé con ser periodista, me licencié en periodismo y soy periodista. Publiqué en periódicos, presenté programas de radio y dirigí espacios en televisión. Pero en un momento de mi carrera, decidí cruzar la barrera y dedicarme a la comunicación corporativa. ¿Es ejercer el periodismo trabajar en un gabinete de prensa? Pues claro que sí, ¡ni la más mínima duda!
Algunos periodistas que no han saltado la barrera nos tratan a los jefes de prensa con cierto desprecio. Como serviles suyos, nos imaginan sacando la lengua deseosos de que se publique en su medio cualquier información que les hemos facilitado. Claro está que tenemos un componente comercial y lo nuestro es vender noticias a los medios. Pero nuestro función es muchísimo más ámplia.
Citemos algunos ejemplos. Un buen jefe de comunicación debe de estar plenamente informado (todos los periódicos junto con los recortes de prensa clave en la mesa cada mañana), necesita interpretar la actualidad y saber el mejor momento para divulgar sus informaciones, está obligado a conocer con previsión los eventos y acciones públicas (y no públicas) de su institución, precisa de contacto reiterado con los periodistas (desayunos, comidas, cafés, cenas y vuelta a empezar) y disponer de un sexto sentido para transformar en periodístico el lenguaje administrativo, burocrático, académico y excesivamente técnico de los que le rodean.
Un buen jefe de prensa sabe comunicar con empatía, no se enfada nunca con un periodista (regla de oro), asume los sapos que se precise, está dotado de más moral que el alcoyano, es capaz de tomar decisiones en momentos de crisis (tiene un plan, no improvisa) y sabe dirimir entre aquello que puede interesar a los medios y lo que no (asumiendo que hay materias que pueden interesar a los periodistas pero que no son divulgables por interés de la institución en la que trabaja).
También es cierto que no todo el mundo es un buen jefe de prensa. Siempre hablo de colegas míos que actuan como verdaderos hooligans de las empresas, instituciones o partidos que les pagan. Lo suyo es la intoxicación informativa, los rumores, las medias verdades interesadas, la gestión del miedo, la coacción, la propaganda barata. Lo único bueno es lo que defienden orgullosos y engreídos sin permitir la mínima crítica de nadie. Todos los demás están equivocados, fuera de mercado por anticuados y vilipendiados sin compasión. Exigen a los periodistas escribir de rodillas y entienden los medios como un mero negocio sin el mínimo interés por su capacidad crítica (sólo la aplauden cuando es destructiva contra su rival).
Otros entienden los gabinetes de comunicación como un mero instrumento de marketing para vender su producto y gastan ingentes sumas de dinero para que aparezca su marca detrás del entrenador de fútbol en una rueda de prensa. Lo suyo es vender lo invendible a los medios, hasta que alguno pica por compasión, amistad o, sobre todo, por tozudez.
Y, por último, están las agencias de comunicación dispuestas a vender humo en forma de estrategia mediática presentada en Power point, con dudosos resultados demasiadas veces. Lo suyo es sacar partido de los que desconocen el mundo de la comunicación y alucinan ante el bla, bla, bla de grandes planes de comunicación corporativa diseñados en un despacho.

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