Un breve tampoco está tan mal

Eulàlia Tort
El periodista de gabinete nada entre dos mares. El jefe de prensa es una persona contratada por una empresa o institución con una misión muy clara: conseguir que los periódicos hablen (y positivamente) de esa institución. Esto supone que el periodista de gabinete acostumbra a trabajar codo con codo con la directiva e intenta encontrar aquellos aspectos noticiables, susceptibles de despertar el interés de los periodistas.
Importante añadir una aclaración: lo noticiable no siempre coincide con los intereses de una empresa. Pongamos un ejemplo: una empresa invierte mucho dinero en cambiar el sistema de almacenaje de un producto que fabrica. Para la empresa es motivo de orgullo, algo que marca un antes y un después en su sistema de trabajo. Preso de emoción e ilusión, el director de la empresa le pedirá al jefe de prensa que contacte con los periodistas para informarles de esa novedad. En su imaginación está una doble página con fotografías, ilustraciones, una entrevista en profundidad y un titular tipo “Líderes de mercado”. En este caso, el trabajo del periodista de gabinete consistirá en “frustrar” la ilusión de este directivo porque lo noticiable para un directivo no siempre coincidirá con lo noticiable para un periódico. Y además, un breve tampoco está tan mal.
El periodista de gabinete es creativo. El periodista de un suplemento literario recibe cada semana unos quinientos libros. Sin embargo, en la maqueta del periódico sólo hay espacio para reseñar quince títulos. Con este panorama (bastante desalentador) el periodista de gabinete que trabaje en una editorial se las tendrá que ingeniar para conseguir que entre los quince seleccionados figure uno de su fondo. Y, aquí, como en todo, hay diferentes estrategias: desde invitar al periodista a comer y hablar de las bondades del libro al llegar a los postres, hasta pagarle un viaje a Siria porque la novela transcurre en Damasco. Sea como sea, el periodista de gabinete tiene que ser creativo para conseguir diferenciarse de la competencia.
El periodista de gabinete habla por teléfono, escribe y vuelve a hablar por teléfono. Está todo el día colgado del teléfono, hablando con sus colegas e intentando “venderles” una noticia. Para conseguirlo escribe muchas notas de prensa, es decir, el documento que manda a los periodistas con la información básica de la noticia (qué, quien, dónde, cómo, por qué). Pero además de los datos básicos, la nota de prensa tendrá que destacar, despertar el interés del periodista porque cada día su correo electrónico queda colapsado con tanto aluvión de notas. Después de mandar la nota de prensa, empieza otra ronda de llamadas: “Hola Fulanito. ¿Cómo estás? Te acabo de mandar una nota con una información muy importante. Te explico”.
El periodista de gabinete hace, a veces, publicidad, marketing, memorias. Por la materia prima con la que trabaja –la información – , el periodista de gabinete muchas veces asiste a reuniones que depasan su ámbito de trabajo más estricto. Y es que todos los departamentos manejan información que habrá que canalizar a otros públicos. Por ejemplo, pensemos en una empresa que quiere lanzar un nuevo producto al mercado. Alguien tendrá que pensar en cómo será la publicidad, alguien tendrá que redactar un dossier a los proveedores, alguien tendrá que cambiar la página web, y así es como una vez más vuelve a sonar el móvil del periodista de gabinete.
El periodista de gabinete está contento con su trabajo. No son pocos los periodistas que han llegado a los gabinetes cansados de los horarios intempestivos, hartos de tantos contratos temporales y en busca de unas mejores condiciones económicas. Hecha esta constatación, somos muchos los que disfrutamos con este trabajo que te da la oportunidad de conocer cosas muy distintas –yo, por ejemplo, que me dedico al sector editorial descubro un mundo nuevo en cada libro– y en profundidad. Porque si una cada día debe escribir una noticia, acaba por sentir que sabe muy poco de muchas cosas. En los gabinetes consigues justo lo contrario: sabes bastante de pocas cosas. No está nada mal.

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