Un día en la factoría de noticias

Sebastián Tobarra
Cómo es la redacción de un periódico. Arrancaré con dos ideas. Me servirán para deslizarles hacia este oficio. Una, ¿qué es periodismo? Y otra ¿qué es un periodista?
A riesgo de simplificar, creo que periodismo es resumir cosas que pasan y contarlas con lenguaje periodístico y con unas reglas éticas y profesionales, que sirven como una garantía para el lector. El periodista es sólo el encargado de hacerlas llegar al televidente, al lector, o al oyente. Su responsabilidad por eso es alta, como en otras profesiones.
El informador debe hacer a veces una inmersión acelerada en un tema y dispone de un tiempo limitado para lanzar el mensaje. Resumir y correr, por tanto. Dos caras de la misma moneda, pero también dos desafíos a vencer que son intrínsecos al periodismo para llegar a tiempo y hacerlo con calidad. Hace años escuché aquello de que periodista es quien es capaz de hacer un buen obituario de alguien que apenas dos horas antes no sabía quien era. Exagerado, sin duda, pero orientador de la celeridad con la que hay que moverse, a veces, en esta profesión.
Las redacciones de los diarios son factorías de información y son de todo menos aburridas. Internet y los diarios digitales están cambiando la manera de trabajar. La tendencia es ir hacia redacciones multimedia: que trabajan para el diario de papel del día siguiente pero también, y a la vez, para el diario digital, e incluso para radio y televisión.
La jornada en una redacción (de las de papel) arranca sobre las 10 de la mañana (en las digitales es continua porque la tecnología permite colocarlas en la web de manera casi instantánea). En apenas 12 horas se produce el milagro de cada día: tener listo un periódico. Sesenta o más páginas que ahora están en blanco (sólo algunas con la publicidad colocada) deberán estar listas, cerradas. En una redacción hay que comunicarse continuamente. Son salas diáfanas donde hay que hablar de los temas casi cada momento y trabajar en equipo contándose las cosas. Creo que antes se hablaba más las cosas y ahora hay más silencios.
Entre las 11 y las 12 de la mañana se suele hacer la primera reunión para cantar los temas. Es pronto y todo puede cambiar en pocos minutos, pero la dirección queda enterada de qué hay y marca las líneas de trabajo. A esa hora cientos de personas ya están trabajando para hacer el periódico. Unos, en el Congreso de los Diputados; otros, en la calle; otros, tocando las fuentes para enterarse de qué pasa; otros en la redacción recopilando información y otros en otros mil lugares.
A estas reuniones se les llama aquelarre en unos diarios, consejo de redacción en otros, simplemente reunión, y también karaoke si se producen a través de una teleconferencia que conecta varias redacciones o delegaciones a través de pantallas con voz e imagen. Y, siempre, al menos una vez por semana, hay una reunión para tratar sobre los temas de opinión del diario, básicamente sobre editoriales y artículos.
Hay que ir a estas reuniones con la lección aprendida, conociendo los temas. Por supuesto, con la radio escuchada y las noticias de agencia y las web consultadas. A algunos novatos les entran sudores en estas reuniones. Te pueden freír a preguntas. Recuerdo alguna reunión en la que el director espetó a un compañero: “¿No lo sabes? Pues mejor sales a enterarte y cuando lo sepas me lo dices”. O aquella otra en la que otro director, después de una aburrida descripción de temas de agenda o de nevera (ya escritos), soltó: “Vale, muy bien, pero ¿alguien tiene una noticia?”
Aún así, la mayoría de estas reuniones no son tan tensas. Lo peor que le puede pasar a uno es entrar en una reunión con una noticia, un scoop, que ha recogido en portada otro diario y que uno no ha dado. Hay que ver cómo reacciona la dirección, pero los veteranos aconsejan calma en estos casos: “Las noticias de otros no se lloran, se devuelven con otras noticias”, dice un sabio aforismo del oficio.
A media tarde todo bulle a la vez: la declaración de ese ministro extranjero, la rueda de prensa de una empresa, el reportaje sobre delincuencia, la foto de la manifestación que no llega, el informe que se ha presentado apenas dos horas antes, el titular que no cuadra, el gráfico que no acaba de quedar claro. Hay un continuo trajinar de nuevas noticias que siguen llegando y obligan a cambiar las páginas desplazando otras a un faldón a pie de página, a columna o simplemente fuera del diario. Y eso sin contar el desfase horario con Estados Unidos, Argentina, Asia o cualquier otra parte del mundo.
Hacia media tarde se produce una segunda reunión entre los responsables de área y la dirección. Algún redactor puede ser invitado a ella o simplemente se autoinvita para profundizar en un tema que él conoce mejor que nadie. La reunión de la tarde apenas suele durar 20 minutos, a lo sumo media hora. De ahí sale la portada del diario. Hay, por tanto, pocos titubeos. Se habla de los temas y se elabora la portada. Hay centenares de noticias cada día pero sólo cuatro, cinco o seis irán a la portada. Y sólo otras tantas abrirán las secciones.
Son las ocho de la tarde. En poco más de dos horas todo deberá estar listo y cerrado. Y lo estará. En el periodismo digital en el que también ahora nos movemos la celeridad es aún mayor. Es el periodismo continuo. Hay que informar casi en tiempo real y, a veces, actualizar continuamente. Las decisiones, por tanto, se multiplican. Hay que decidir sobre varias noticias cada hora.
El diario está hecho. Se ha elaborado la información con el contraste debido y sin mezclarla con la opinión (ustedes ya saben que lo otro no es periodismo y sí lo es ese no es mi oficio). La actualidad sigue en el diario digital. Dicen que el diario de papel servirá mañana para envolver el bocadillo. No hay que ser pretenciosos, pero si nos quedáramos sólo con eso estaríamos tristes. El diario sirve para informar, opinar, contar lo que pasa y destapar asuntos. Y vuelta a empezar.

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