Las variantes europeas de laicidad

Norbert Bilbeny
La inmigración de los últimos años ha contribuido a visualizar la religión en toda Europa. De pronto redescubrimos en nuestro país que no hay una sola religión ni una sola iglesia. Que los cultos deben convivir y que a veces se producen conflictos que traspasan lo meramente religioso.
Extraña que en un país con tantos musulmanes como España apenas existan mezquitas. En Cataluña no hay ninguna, sólo oratorios. Y de aspecto muy mejorable, como es bien sabido. Conozco una chica musulmana que tuvo que dejar sus estudios de enfermería porque se dio cuenta de que en el hospital nunca le dejarían llevar el hiyab. Lo que son las cosas: dos años después de este abandono, ya no usa velo, y hasta le riñen en casa por sus costumbres liberales. Y docenas de situaciones y anécdotas que muchos podríamos reportar.
Continúa llamándome la atención que en España algunas familias de religión islámica prefieran llevar a sus hijos a escuelas católicas antes que confiarlos a la escuela pública. Parece ser que prefieren las primeras porque se enseñan los valores de la familia y la religión. “En casa –dicen– ya les educamos en el islam.” También una madre agnóstica preguntó a los jesuitas si su hija podría “hacer la comunión por lo civil”, para no ser menos. De la religión católica, por otra parte, es raro y chocante que esté en tantos espacios y acontecimientos de la vida pública, como el juramento de los ministros, aunque la vista se haya acostumbrado a eso. Pero ya digo que es un tema europeo donde los haya. En el Reino Unido los obispos son nombrados por el gobierno, cuyo primer ministro debe ser anglicano. En Alemania se enseña la religión cristiana en la escuela pública. Y tantos otros ejemplos de lo complejo de esa relación entre culto y esfera pública.
¿Quién tiene más razón? ¿Quién apoya en Europa la construcción de mezquitas, al efecto de facilitar la integración, o quién pide no hacerlo, para evitar la difusión del fundamentalismo? Puede que esté en ambas partes, pero en todo caso la respuesta depende de coordenadas que sobrepasan los intereses de cualquier parte. Es preciso aclarar, en las sociedades pluriculturales, qué se entiende y qué se permite o no acerca del lugar de la religión en el espacio público. Porque la coexistencia de religiones en un mismo país siempre ha sido conflictiva, no tanto por las religiones en sí mismas, como por los adversarios de cada una. Esos problemas se dan hoy en lugares tan distintos como Indonesia, India, Arabia, los Países Bajos o Canadá. Incluso cuando se habla de antiguos períodos de tolerancia, como la antigua Roma, el Al-​Andalus o la Norteamérica del xix, a poco que los estudiemos aparecerá la férula de la religión oficial o mayoritaria que complicará la existencia de las demás, a base de peajes, como ocurrió con lo cristianos entre los omeyas, y que, con mucho, serán toleradas. La historia humana es corta, a fin de cuentas, y nos queda mucho por pensar en estos asuntos de cultura religiosa.
Creo que no hemos dado aún con el modelo de convivencia ideal. Dicho con todo respeto, el concordato entre el Estado español y la Santa Sede es una piedra en el zapato. El laicismo en Francia, o China, otro. Y la oficialidad anglicana. O la constitución de Israel como estado judío. O la interpretación política de la sharia islámica o del hinduísmo. O la teodemocracia tibetana. Y un largo etcétera. En todas partes cuecen habas. Sin embargo, el fenómeno migratorio mundial y la difusión del conocimiento de la diversidad etnocultural, en el marco del Estado asistencial, hacen que se vaya extendiendo poco a poco entre las sociedades pluriculturales la sensibilidad por encontrar un acomodo de las creencias y prácticas religiosas en la vida pública. Ni la expulsión ni el genocidio, ni la pasiva tolerancia ni el mero laicismo, son la solución a la hora de dar con este acomodo. Pero debemos dar con él. La necesidad de una convivencia pacífica y próspera es lo que está en juego y lo que aprieta o debería hacerlo, a la hora de perfilar nuestro modelo eficaz de relación entre lo sagrado y lo público.
Hoy nos debatimos en Europa entre varios modelos de esa relación ideal. Pero antes de repasarlos, permítaseme una especie de aclaración conceptual. Y es que cada problema a resolver en lo tocante a diversidad etnocultural representa una comprensión y una toma de decisiones situadas “como un punto” dentro de una o más escalas de la opinión existente en una sociedad. Son escalas, por ejemplo: la de la relación libertad-​igualdad, o nacionalidad-​ciudadanía, o cohesión-​diversidad. Hay docenas de ellas. Por descontado, está también la de secular-​religioso. Como se ve, sigo una clasificación bipolar, a riesgo de ser tomado por maniqueísta. Cada escala, por lo demás, es una serie de “puntos” o grados entre dos puntos o ideas opuestas, pero que no son necesariamente antagónicos. A menudo, ciertos opuestos son complementarios o quizás integrables (por ejemplo, se puede ser católico y querer un estado laico).
Pero, en cualquier caso, cuanto menos extrema es nuestra posición en dicha escala, más susceptible será de contribuir a la resolución del problema planteado. Por ejemplo: ¿habría que ayudar en Europa con dinero público a las escuelas musulmanas? Se hace en el Reino Unido y en los Países Bajos, aunque hoy parece frenado. En otros países, es ahora improbable.
El primer macromodelo es el de la indistinción entre lo público y lo privado, la confesionalidad. Pero no nos vale en los países democráticos. El otro es distinguir y separar los dos ámbitos, la secularidad. Es lo aceptado y aceptable. Pero todo no se acaba aquí. Caben en este modelo macro otros tantos; por lo menos tres, que son, en esquema, los vigentes en Europa.
Primero, el modelo de la laicidad, cuyo referente es Francia, se basa en que la esfera pública excluye de su alcance las identidades religiosas. La escuela pública es laica. El mundo de la escuela y el del hogar familiar están separados. La filosofía de fondo es el monoculturalismo: una sociedad, una cultura (aunque se admite, en lo privado, la diversidad cultural). Y la política de inmigración que le acompaña es la de la asimilación de las minorías. Siempre, un valor clave: la igualdad republicana. Sin embargo, el gran riesgo de este modelo es la formación de guetos involuntarios y la dificultad del ascenso social.
Segundo, y en el polo opuesto, se encuentra el modelo de la libertad religiosa, originario del Reino Unido y de los Países Bajos. Sostiene que la esfera pública ha de incluir las identidades religiosas. Así, la escuela pública puede ser pluriconfesional. No se interrumpe la continuidad entre escuela y hogar familiar. La filosofía que subyace ahí es la del multiculturalismo: las culturas han de ser reconocidas y promovidas con políticas públicas. En paralelo con esto, el modelo de política inmigratoria es el de la agregación de las minorías (juntas, no revueltas). El valor clave es ahora el de la tolerancia liberal. Riesgo de todo ello: los guetos voluntarios y la dificultad de convivencia entre ellos.
Por último, en tercer lugar, hay una especie de modelo intermedio, el de la no confesionalidad, como es el caso de España. Su fundamento es que la esfera pública es independiente de las identidades religiosas. No despunta, pues, lo laico ni tampoco lo religioso, aunque eso no significa neutralidad, pues en este ejemplo, como en otros países, la religión mayoritaria impregna buena parte de la vida pública, de la escuela al ejército, y del folclore a las magistraturas del Estado. En este modelo, la escuela pública es no confesional, pero abierta al reconocimiento de las identidades religiosas. La relación escuela-​hogar goza, así, de cierta optatitividad; no se rompe (en España, para las familias católicas).
Se adivina que la filosofía de fondo de la no confesionalidad estatal es el compromiso del monoculturalismo con el moderno pluralismo cultural, sin que haya un valor ético-​político “fuerte” que anime este compromiso. Por lo demás, la política inmigratoria que corre en paralelo es la integración pluralista en un marco legal y sociocultural común. Finalmente, riesgos de este modelo: que cuando cambien las condiciones del realismo que lo alienta, ya no sirva de pretexto, o no nos guste. ¿Qué ocurriría con una realidad marcada por el laicismo, o por una religión diferente a la mayoritaria hoy? Es un modelo sabio, pero vulnerable.
Se admiten desviaciones y transacciones ente los tres modelos. Son aproximativos y presentados aquí de forma esquemática. Pero hágase la prueba de pensar a cuál de ellos se acercaría más el lector si tuviera que pronunciarse en cuanto a la presencia o no de lo religioso en asuntos de interés público como la justicia, la universidad, la sanidad, la escuela, el uso de la calle, los lugares de culto o la programación televisiva. ¡Y el voto, lo decisivo! Como decía, nos queda mucho por pensar.

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