E. B. White en China

Jordi Pérez Colomé
Decía Lorenzo Gomis, fundador de esta revista, que poner el nombre de un desconocido en el título de un artículo era una garantía para que el lector no lo leyera. Empiezo, pues, mal. E. B. White es claramente alguien desconocido. White vivió entre 1899 y 1985 y fue escritor sobre todo de la revista New Yorker. No tiene más obra que sus artículos y tres obras infantiles. Apenas está traducido al castellano.
Este verano estuve en China. Llevaba en la mochila un libro de White –me gusta su estilo preciso y seco. Era una antología de textos suyos del New Yorker entre 1927 y 1976. Empecé ese libro en el tren el día que salía de la estación de Zhengzhou, capital de la provincia de Henan. Zhengzhou tampoco es un nombre oído por aquí, pero allí está la estación de trenes más grande de China. El tren salía a las 7.55 de la mañana. Afuera llovía mucho, había charcos de un palmo y montones de gente en todas direcciones; costaba moverse. Pero el tren salió puntual y lleno.
El paisaje que se ve desde un tren al partir de una estación suele ser feo. Los alrededores de las estaciones no son las partes más bonitas de la ciudad. En Zhengzhou también es así. Además, el cielo estaba muy gris, no sólo por el mal tiempo, también por la contaminación. En las calles los coches estaban atascados, había edificios a medio construir, aceras con agujeros y llovía cada vez más. Por todas partes había gente arriba y abajo. Mientras afuera se mojaban, yo leía a resguardo.
El libro de E. B. White está dividido por secciones temáticas. La primera es “Naturaleza”. Son fragmentos dedicados a observaciones del clima, animales o plantas. En uno va el matrimonio White a su restaurante habitual. Antes de comer, leen los periódicos, se les acerca el camarero y les dice: “Es tan bonito”. ¿El qué? “Este día, este perfecto y suave día de primavera”. El camarero señala la luz dorada que entra por los porticones. “He estado escuchando la radio”, dice el camarero con voz triste, y sigue: “Mañana nieve, y luego lluvia”. White concluye: “Era un hombre que cargaba con las previsiones en el pecho y el dolor era casi insoportable”.
En otra nota, “La llegada de la primavera”, White describe cómo distintas personas han sentido llegar la primavera por primera vez ese año, 1953. Para White fue así: “Me encontré con la primavera hace un tiempo ya, al final de una tarde de febrero, mientras conducía hacia el sur por Central Park; en un instante en que la luz se había alargado y fortalecido y rebotó entre los edificios hasta mi cuerpo; fue como un traguito de tónica que llega al estómago y, ahí, eso era primavera”.

Yo leía cosas así y miraba por la ventana. Si hay dos cosas distintas en el mundo, parecía, ahí estaban. En el libro, el paraíso, la paz; por la ventana, el purgatorio, las penas. Hace más de diez años que voy a China a menudo. Si tuviera que describirla en pocas palabras, empezaría por estas: gente, caos, vitalidad. Esta vez estuve unos días con unos amigos que hacían su primer viaje a China. Paseábamos un día por Pekín, al atardecer, cuando la ciudad va cerrando y uno me dijo: “Aquí parece que todo se lo toman con más calma”. Mi amigo lo comparó con nuestros repetidos defectos occidentales: las prisas, el strés, las preocupaciones.
Sin embargo, si leía a White y miraba por la ventana hacia Zhengzhou, hacia China, la impresión era la contraria: una fábrica enviaba humo al cielo, un río de agua marrón, calles llenas de barro. ¿Quién iba a ver ahí la primavera en aquel desorden sucio y sin control? Si alguien podía tomarse algo con calma, no eran los chinos, sino nosotros, que vivimos en pequeños oasis en la tierra. Y sin embargo, es verdad, los chinos dan la impresión de vivir con una marcha menos. No puedo generalizar, es una sensación indemostrable. Pero siempre que estoy allí me parece que para la mayoría la vida que tienen ya les está bien: no ansían, no sufren, no se lamentan. Su porte es admirable y sus pasiones, minúsculas. Como si todo pasara sin aspavientos. Como ese joven de 26 años, recién casado, que vivía con su mujer en una habitación compartida y sabía que no podrá comprar un piso hasta dentro de al menos de cuatro o cinco años. Y sin parar de ahorrar. Y tan tranquilo, el gobierno no tiene la culpa.

¿Por qué cuento esto? Me sorprende. No sabría decir si todo esto hace más felices a los chinos. Lo dudo. Pero me gusta su aparente sensación de que nunca pasa nada, que todo está ya bien así. Nosotros en cambio no nos conformamos. Ser rebelde es un elogio aquí. De hecho, gracias al incorfomismo de occidente vivimos probablemente mejor. E. B. White se sorprendía con su camarero de lo bonito del día y la llegada de la primavera y vivía quizá en el país más incorformista de todos, Estados Unidos. Somos incorformistas no sólo en lo económico o en lo social, también en lo personal: queremos estar, por ejemplo, siempre enamorados. Nos exigimos ciertamente mucho.
Los chinos aspiran a menos. Su listón está más abajo. Saben hasta dónde les llevará su vida y sus límites les salvan de desengaños futuros. Si el sueño americano –que es un poco el nuestro– es que un negro hijo de madre soltera puede llegar a presidente, el sueño chino es que las cosas no vayan aún peor y me quede como estoy. No sé si se puede aprender más de White o de los chinos. La sabiduría en admirarse de cómo cae una hoja al llegar el otoño no tiene patria ni época. Es un mérito quizá individual y me admira la gente que vive de eso, de algo que casi ocurre dentro de ellos. Que no necesitan más que la luz de la primera primavera para estar satisfechos. No he llegado ahí, pero saber cuál es el destino, ya es algo.

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