De la sorpresa

David Jou
En un grado elemental, me siento de un lugar cuando tengo un domicilio acogedor, un trabajo interesante, un entorno más o menos agradable, una densidad suficiente de recuerdos positivos y de relaciones humanas, y una sintonía afectiva con mi entorno. Me he sentido, así, por motivos diversos, de Cartagena, de Berlín, de Montreal, de Palermo. Un grado superior de pertenencia lo marca la intensidad de los recuerdos y los afectos: el amor, las experiencias capitales, la amplitud de las promesas del futuro. Así, me siento básicamente de Sitges, el lugar hermoso y acogedor donde nací (y de Barcelona y de Campelles: la familia, el trabajo, las vacaciones de cada año) y me siento catalán (la lengua como ámbito cultural, emotivo, social, como legado, creatividad y compromiso personal). Más atenuadamente, me siento próximo a España, Francia e Italia: el Mediterráneo de matriz latina, una afinidad cultural y sensorial, unas lenguas bien conocidas, con amistades y recuerdos concretos tras ellas. Más sutilmente, menos localizadamente, me siento de bibliotecas y de templos, de ecuaciones y de versos: los ámbitos donde habito más intensamente. Y, más allá de todo ello, me siento de un no-​lugar: del amor, de Dios, de la sorpresa.

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