De la cadena de supermercados

Francisco Rico
‘¿Dónde vive usted?” es una pregunta que a menudo me disgusta porque supone un malsano deseo de atribuirme un arraigo determinante en una población o en una región. “Vivo –suelo responder– en mi casa y en mi estudio” que, si mantuvieran el mismo contenido, podrían estar casi en cualquier otro sitio: por ejemplo, donde voto, donde salgo por la noche, donde doy clases, donde publico una revista, donde veo a ciertas personas, etc., etc. El sentimiento de pertenencia a un lugar es un residuo de las condiciones de la edad feudal, cuando se vivía y moría atado a la tierra de un señor (o se era el señor de una tierra), y a corto plazo podrá darse por ventajosamente extinto en las sociedades, como los Estados Unidos, con la movilidad que pide el mundo moderno. Haber nacido en tal ciudad o vivir unos años en tal otra es menos importante que la cadena de supermercados en que uno compra. Sentirse más de este pueblo o de aquel barrio es tan trivial como preferir unos restaurantes a otros. Pero claro está que entiendo que la gente se complazca en el fantasma de la patria chica y en la ilusión de permanencia que proporciona: no sólo me encanta a lírica, sino que a veces yo mismo escribo algún soneto.

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