Lo improbable

Dolores Aleixandre
Pasado ya el tiempo de esperar de mí misma mejoras constatables, ahora espero cosas modestas: mantener el humor, hablar poco de enfermedades, cumplir la norma de salud de los dos litros de agua y caminar una hora; cuidar que no se me estropicie la poca voz que me queda, amigarme más con el silencio por si acaso. Pero en cambio espero mucho más que Dios me sorprenda con lo improbable y lo inverosímil, según esa costumbre suya de desbordar nuestras previsiones: Sara parió cuando estaba hecha un carcamal, los israelitas atravesaron el mar brincando como carneros, una mujer doblada en dos por la artrosis se enderezó, Zaqueo transfirió a una cooperativa de parados su cuenta secreta de Suiza, Jairo y familia celebraron en un burger que su niña había despertado de la muerte, en la mesa del banquete reservado a vips se sentaron los que hacían cola en el ropero de Cáritas, a doce tipos sin una triste diplomatura se les encomendó la evangelización del mundo mundial.
Con semejantes precedentes, inauditos todos ellos, espero no estorbar demasiado la irrupción en mí de lo imposible y lo inalcanzable, aunque sea invisible. “Abre toda tu boca y yo la llenaré”, dice el salmo 81 y el final del Te Deum va aún más lejos: “Fiat misericordia tua Domine super nos quem ad modum speravimus in Te”. Que en traducción libre y personalizada me sirve para decirle a Dios: “Espero que te decidas a portarte conmigo según la desmesura de mi confianza en ti”.

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