Los conciertos de mi vida

Jordi Maluquer
Estaba a punto de sumergirme en las contradicciones de un Fidelio, acabado de ver, cuando desde la redacción me sugirieron, para celebrar el número 700, entre otras ideas, que hiciera balance de los conciertos más destacados de los últimos cien números, o de los últimos siete años, o de… Subyugado por la magia del número 7, he pensado que podría ofrecer un plus que sólo se consigue con la edad: los conciertos que me han impactado a lo largo de los últimos 70 años, o sea de la parte de mi vida que puedo recordar.
A la hora de recordar, los cientos de impactos musicales recibidos se reducen a pocos. Un concierto que nos ha impactado no lo ha hecho únicamente debido a su calidad musical, sino a un momento o a una ocasión determinados, o a un especial estado de ánimo. No puedo eludir memorias borrosas de mis primeras relaciones con la música: mi padre, un tipo curioso, tocando sardanas al piano y valses con una guitarra. El niño, un servidor, que intuitivamente se aplica al teclado y al que le ponen un profesor para desorientarlo, va al circo Price y se encuentra, en un espectáculo de variedades, con el el primer concierto de un pianista. Se llamaba Azarola, exhibía su virtuosismo y luego tocaba de espaldas al piano. “¿Es bueno Azarola?”, pregunta. Y una respuesta vaga por parte del profesor. Luego un concierto de Andrés Segovia al que me lleva mi padre. En el mundo del disco de piedra el descubrimiento de la Navarra de Albéniz por Rubinstein, el coral Invoco vuestra proteccion de Bach, las Impresiones Intimas de Mompou por Gonzalo Soriano, el Concierto para piano n.1 de Chaikovski, con Horowitz o unos Preludios de Debussy por Paderewski.
Después de haberme pasado todo un invierno enfermo y convaleciente en cama, oyendo diariamente la emisión Les grands musiciens de Radio París, un programa que presentaba Jean Witold y que tenía como tema la integral de las sonatas de Beethoven por Arthur Schnabel. Un Beethoven que degustaba en la superficie pero cuya profundidad se me resistía, hasta que, llegada la alta fidelidad a Barcelona, pude acudir a un domicilio privado a oír el Concierto n. 2 para piano, y se me abrieron las puertas al contenido. Era con Wilhem Kempff y la Filarmónica de Berlín dirigida por Paul Van Kempe.
De la mano de mi hermana una Tosca con la Tebaldi, en los años cincuenta, y un recital de Victoria de los Ángeles en el Palau de la Música. Más tarde, en 1951, un Fidelio con la Grob-​Prandl y Max Lorenz. Luego la emoción de oír por primera vez a Kempf en el festival Pau Casals de Prada, en una iglesia inadecuada, resonante, pero en la que su formación de organista le permitió edificar la Sonata op. 5 de Brahms como si fuera una estructura gótica: columnas de sonido y arcos que las enlazaban y la Fantasia cromática y fuga de Bach como un volcán de delicias íntimas y sonoras. Más tarde, narré ya en El Ciervo de la época, mi fuga nocturna del Hospital Militar, saltando la tapia, para oír de nuevo al maestro en Barcelona. En la universidad, en unos conciertos que promovió Jaime Camino, pudimos descubrir a Esteban Sánchez, un pianista joven que nos deslumbró también en Beethoven. Y, facilitado por el catedrático Pericot, el ciclo Mikrokosmos de Bartok por una eficaz Margot Pinter.
Muchos conciertos y un recuerdo de radio: yendo hacia Andorra por carreteras altas, con un mar de nubes a los pies, primero la Sinfonia n.98 de Haydn y luego la música de Parsifal. Era Semana Santa. Ya casado, un cuarteto Vegh en forma, en el Festival de Granada, con la integral de los cuartetos de Bela Bartok. Mi esposa lloró desconsoladamente en el n. 4. De nuevo Kempf allí mismo.
Recuerdo mi primera crítica musical en un periódico. En 1972, en El Correo Catalan, sustituyendo de emergencia a Rossend Llates, que había fallecido unos días antes, me encomendaron una crítica de mi primer Carmina Burana.
En mi época de conciertos de verano, se abría paso la música: primero en un altillo de madera inclinado en Martinet de Cerdanya, oyendo a Montserrat Cervera al violín fluir Beethoven con una pianista que la secundaba. O la maravilla, en El Vendrell, de Miquel Farré dando la mejor versión para piano que he oído de dos de los conciertos de Bach para teclado con una modesta orquesta de cámara holandesa. O ver cómo la magia de la soprano Montserrat Alavedra me poseía. O la espeluznantemente bella aria “…Va Melisse” del Athys de Lully que cantó Guillemette Laurens en Montpellier.
Leipzig, que me hizo arrodillar sólo ver desde la plaza del Mercado la silueta de la iglesia de Santo Tomás en donde Bach tanto creó y que, en su Gewandhaus, me permitió oír el mejor Schumann, su Simfonia n. 4 dirigida por Herbert Blomstedt. Schumann había vivido en Leipzig y allí se enamoró de su Clara Wieck y, en aquel momento, le estaban construyendo un museo. Había verdad en la historia y en el ambiente. Pequeñas maravillas como cuando en el pueblo de Torroella Núria Rial maravilló con un Stabat Mater de Boccherini. O la mezzo Marisa Martins que en Megève, frente al Montblanc, con Pierre Hantaï al clave, hizo revivir el dolor de Ariadna en Naxos, en la cantata de Haydn. Después de sus Cuatro estaciones tan manoseadas, hallar un Vivaldi vivo en un Bajazet de impacto en Montpellier. El increíble Gerhard de La peste, no hace mucho en el Liceu, con Ros Marbà. La Quinta de Beethoven dirigida en su adiós a la Orquesta Nacional de Francia por uno de los grandes, Kurt Masur, en Peralada.
Otra fuente son los concursos: descubrir en Toulouse la maravillosa Pieczonka y donde el jurado le otorgó tan sólo el tercer premio. O sorprender la voz inocente y perfecta de Ofelia Sala en un concurso de Juventudes Musicales en Girona el año 92, que ganó. O ver en el Viñas visiones en la aria de las joyas del Fausto, con una soberbia y elegante Petra Maria Schnitzer tan sólo, también, con un tercer premio. Me he dedicado toda la vida a oír música y a escribir sobre ella. Mis recuerdos valen lo mismo que los de cualquiera con sensibilidad musical. Mis posibles lectores pueden saber empero la petite histoire de quien, invitado un día por Rosario Bofill, puede gozar de toda libertad escribiendo sobre música. Una cita apasionante a la que no falto desde hace muchos años.

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