No te quejes

Rosario Bofill
Hace bastantes años, cuando yo era mucho más joven descubrí en una revista francesa unos consejos acerca de “cómo envejecer bien”. La primera frase ya me interesó: “Para envejecer bien hay que prepararse muy pronto desde la juventud”. Hice caso del consejo y enmarqué las ocho “reglas de oro”. A veces echo mano de ellas y las vuelvo a leer para que no se me olviden. Hay una norma que particularmente me interesó porque encuentro muy acertada. Recomienda a las personas de edad que no lloriqueen, que no se quejen, que no refunfuñen porque escucharlos cansa, y puede llegar a ser desagradable, dégoûtant (qué bien suena en francés). A la larga nadie les hace caso. Mejor que andar quejándose es alguna vez enfadarse. Es más sano, dice el consejo. Y en el fondo se hace respetar más la persona mayor que un día se enfada que si anda lloriqueando. A veces ya es cosa de vicio. Y creo que tiene toda la razón.
Nada más desmoralizador que vivir con personas que se quejen. No es sólo algo que hacen los viejos sino que ahora en general la gente tiene una gran tendencia a quejarse. Escuche sino lo que se habla en una reunión de amigos: quejas de los impuestos, quejas por la programación de la televisión, quejas por lo cara que está la vida, quejas porque los alimentos no son como los de antes, quejas porque se pone límite a la velocidad, quejas por las obras que se hacen en la calle. Las quejas se pueden extender hasta el infinito y al menos a mí me aburren y me producen un gran cansancio. Me parece que me va mejor si trato de no quejarme, espero molestar menos y me daría horror volverme una anciana quejumbrosa. Envejecer bien no solo es bueno para una misma sino que sobre todo es bueno para los demás. ¡Nos han de ayudar en tantas cosas, sino es ahora en un futuro no muy lejano! Que al menos reciban por nuestra parte una buena cara. Y si hay algún enfado esporádico lo olvidarán antes que la queja que no cesa

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