A nada ni a nadie

Fernando Rey
Soy tan insensato que no le tengo miedo a nada ni a nadie. Hablo de un miedo de cierta intensidad, un miedo significativo, y no de esos temores, desconfianzas o inquietudes, hijos del instinto de conservación, que nos permiten evitar las situaciones de peligro. Temores de esos, tengo muchos (a la montaña rusa, a los perros que me miran mal, a la burocracia, a los iluminados), pero miedo severo no tengo. Y no es porque sea de León (aunque no me guste presumir tengo que decirlo), ya que seguro que hay leoneses timoratos (que yo, por cierto, no conozco). No es porque sea joven, dueño de una de esas edades en las que uno, en su confiada ignorancia, se siente indestructible. No es porque sea un creyente fervoroso, puesto que aunque he experimentado que Jesús es Dios, ello no me libra de saber que en la antesala del cielo me esperan enfermedad, vejez (si hay suerte) y muerte. No es porque no haya conocido decepciones y agresiones y no sepa de qué es capaz el ser humano (incluso, y quizá sobre todo, los más queridos) o porque ignore que es cierto que la vida a veces parece un cuento narrado con furor por un idiota. No, no es por ninguna de esas razones. No tengo miedo porque en lo más profundo de mi ser, siempre he creído que no tiene sentido empezar a bailar antes de que suene la música. En cierta manera, el miedoso es un impaciente de la catástrofe. Para un epicúreo como yo, el miedo es una concesión previa a un mal futuro que no puedo permitirme. Así pues, tal vez no sea tan insensato.

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