Me estimula

Francisco Martínez Hoyos
A nada debemos temer, salvo a nuestro propio miedo, proclamaba Franklin Delano Roosevelt. El presidente norteamericano vivió, como nosotros, una etapa de profunda crisis. Desde que empezaron las actuales turbulencias económicas, confieso que padezco un estado de permanente intranquilidad. Me atemoriza todo lo que suene a ruina, es decir, a quedarme sin ingresos cargado de enormes deudas, de trampas para cazar osos, como vulgarmente se dice. Tal vez preocuparse por el dinero suene materialista, pero sólo el que tiene garantizadas tres comidas al día puede ocuparse de leer, escribir, escuchar música o ir al cine. De todo lo que nos permite cultivar el espíritu, en suma.
Ocurre, además, que si intentas formar una familia necesitas fondos en cantidades industriales, porque los gastos se multiplican. Por eso, cada vez que alguien habla de las relaciones de pareja sólo desde la vertiente de los sentimientos, me considero estafado. Todavía no conozco a nadie que al ir a por pan de buena mañana, en vez de echar mano a la cartera, le diga a la dependienta: “Deme dos de medio, que amo a mi mujer”.
Hay quien se preocupa al verme con una inquietud tan parecida, en sus manifestaciones externas, a una obsesión. Lo entiendo. Es más, lo agradezco. Pero el miedo no tiene el aspecto de la cobardía, sino el de un recurso que nos da la naturaleza para reaccionar en circunstancias difíciles. El que no lo tiene cuando llega el peligro no es un valiente, es un insensato, cosa muy distinta. A mí, lejos de hundirme en la inacción y el derrotismo, el miedo me estimula. Me convoca a la lucha, a encontrar soluciones creativas. Porque a la realidad hay que mirarla a los ojos, aunque duela.

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