El trabajo

El talento se trabaja. Fue Picasso quien dijo algo así como que la inspiración te debe encontrar trabajando. Ahora dos libros y varios estudios lo confirman. Las grandes mentes de la historia no fueron genios sólo por inspiración divina, sino porque dedicaron muchas horas a su oficio. Desde Mozart a Einstein, la clave de su éxito fue sobre todo su particular obsesión con su trabajo. Esto pasa también hoy y en ámbitos distintos. En el deporte se ve muy bien: el golfista Tiger Woods o el tenista Rafa Nadal serían ejemplos de que, además de alguna cualidad genética, lo que cuenta en realidad son las horas que uno dedica a mejorar sus virtudes. En asuntos más intelectuales sucede lo mismo: importa menos el coeficiente intelectual que la práctica.
Incluso escribir esta nota mejor –o que esta página salga cada vez más pulidita– requiere de sus autores esfuerzo diario, no habilidades increíbles. Lo mismo sucede con el trabajo de cada uno de nosotros. Mejorar está en nuestras manos y conseguirlo puede incluso ser aburrido, repetitivo. La queja de que la naturaleza nos ha hecho así y no podemos salir adelante es de perezosos.
Otra investigación semejante demuestra que el trabajo cotidiano es también indispensable en la labor de los presidentes ejecutivos de las grandes corporaciones. Según un informe de tres profesores norteamericanos titulado “¿Qué características y capacidades importan en un presidente ejecutivo?”, la respuesta sería la siguiente: “atención a los detalles, persistencia, eficacia, claridad analítica y la capacidad de trabajar muchas horas”.
Probablemente este énfasis en el esfuerzo no sea una sorpresa para muchos. Pero va bien recordarlo. Al final el mundo no es de los mejores –sería un pelín injusto – , sino de los que trabajan más. Que no significa que sean los mejores. Queda más compensado.

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