Una voluntad interior muy difícil de conseguir

Francesc Romeu
La mejor definición sobre la libertad que recuerdo haber oído jamás es una que dice que “ser libre no es hacer lo que a uno le dé la gana sino no estar obligado a hacer aquello a lo que los demás te obliguen”. Según esta definición, la libertad no sería tanto un derecho puramente individual sino el primero de los derechos de una persona que vive dentro de un colectivo libre. Dicho de otra manera: me interesa ser libre de los demás y también dejar a los demás libres. ¿De qué me sirve a mi ser libre si a mi alrededor todo son cadenas? (En este sentido la libertad y la felicidad irían muy unidas.) Por eso siempre me ha gustado más la lucha por las libertades colectivas que la reivindicación de las propias libertades individuales.
A partir de esta definición existen unas libertades externas, políticas y sociales, que algunos aún recordamos haber recuperado muy recientemente en nuestro país y que echamos de menos en muchos otros; pero también existen unas libertades internas mucho más complejas y difíciles de defender. Me refiero, por ejemplo, a la libertad de conciencia, que hoy se utiliza para reivindicar la desobediencia externa a una obligación pública, pero que yo creo que se juega mucho más en el interior de la personas. No es nada fácil tener una conciencia libre de toda influencia externa y que nos ayude siempre a discernir nuestros actos.
En primer lugar, la libertad no excluye, sino incluye, tener una conciencia muy bien formada e informada. Esto nos pide más tiempo del que nos imaginamos y algunos sucumben en el intento y prefieren vivir con menos formación e información. Incluso bajo la excusa que así, con “menos”, se vive “más” feliz. ¿No sería esto pactar con una esclavitud de conveniencia?
En segundo lugar, la libertad implica la voluntad de correr el riesgo de tener que decidir. Esto nos da mucho miedo (cuánta razón tenía Erich Frömm en su famoso libro El miedo a la libertad). Por eso no es nada extraño encontrarnos con adultos, bien entrados ya en años, que aun viven una perenne adolescencia (hoy idolatrada), y procuran evitar toda decisión en la vida y delegan todas sus disposiciones importantes en los demás. Hacerse mayor, madurar, es tomar decisiones. Todo esto, como digo, se juega mucho más en el interior de las personas que en su exterior.
Por eso, finalmente, y en tercer lugar, hemos de defender ese “sagrario de la conciencia” interior desde el que se han de tomar libremente las decisiones exteriores. Si ese sagrario permanece inviolado no me importa recortar mis libertades externas por eso de que “mi libertad empieza donde termina la de los demás”. En mi interior me siento libre y en mi exterior condicionado por una vida pública. Lo contrario: libre exteriormente y condicionado interiormente, no es vida. Pero veo mucha gente que vive así.

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