La vocación política

Los ingleses son admirables. Su sistema político es de los mejores del mundo. Su prensa, también. Los choques entre ellos son un espectáculo. Este mes han sido noticia porque algunos diputados gastaban con picardía todo el dinero que podían de unas asignaciones que les tocaban por su labor. No era fraude ni probablemente ilegal, pero en algún caso se le parecía. La prensa lo ha destapado y ha puesto el grito en el cielo.
Son esas de esas cosas que con razón molestan mucho al contribuyente, y más en Gran Bretaña. Cada diputado inglés vive en su circunscripción –en cualquier zona del país– y luego asiste tres días por semana a las sesiones parlamentarias en Londres. El Estado prevé, además de su sueldo, una asignación de hasta 24.222 libras (27.737 euros) para cubrir gastos de hipoteca, alquiler o manutención de la casa que el político use menos. Debería ser la de Londres; en la otra viven con su familia. Pero nadie controla qué casa decide cada diputado que sea la segunda –en la que duerme menos noches al año, según la ley– y algunos aprovechan esta asignación para hacer obras y mejorar las dos.
Los diputados deben presentar recibos de todos los gastos por valor de más de 250 libras (lo que hace que muchos gastos de limpieza y manutención sean curiosamente de 249). Las acusaciones que han salido a la luz son incluso divertidas. El diputado Kevin Brennan se compró una tele de 600 euros para su casa en Gales y la coló como gasto de su hogar en Londres. Alan Duncan gastó miles de libras en jardinería, incluidas reparaciones a su cortacésped (las casas de Londres no suelen tener jardín). Cheryl Gillian compró comida de perro con su asignación, pero acordó devolverla cuando un periódico la contactó. Chris Grayling tiene un apartamento en Londres a pesar de que su primera casa está a 25 kilómetros de la Casa de los Comunes. Estas son dos de los mejores: Paul Murphy cambió las tuberías de su casa porque con el sistema antiguo el agua salía “demasiado caliente” y John Prescott –viceprimer ministro con Blair y muy gordo– pidió dinero para dos tapas del inodoro en dos años, de la variedad “supersuave”.
Nos admira este bendito puntillismo. El periódico conservador Daily Telegraph, que publicó el entuerto, dedicó un editorial al asunto. Nos quedamos con dos reflexiones. Dice el Telegraph que aquellos diputados que no puedan vivir cómodamente con su sueldo de 64.700 libras (74.138 euros) más un uso limpio y razonable de la asignación por la segunda casa, “que nos hagan un favor: no se presenten a diputados”. Y sigue con algo que a veces se olvida: “Los políticos no nos honran sentándonse en los escaños; nosotros les honramos cuando les investimos con el poder de tomar decisiones sobre nuestras vidas como nuestros representantes elegidos”.
Da el editorial también la razón por la que creen que esto ocurre: falta vocación. Antes un diputado llegaba a Londres tras una larga carrera profesional: “En las urnas cada vez más tenemos que escoger entre miembros de carrera del aparato del partido en lugar de entre hombres y mujeres que tienen ya ingresos sólidos”. Concluyen que “lo que se ha perdido es el sentido de la verdadera vocación: una llamada a la política oída por ciudadanos inteligentes, escrupulosos y de éxito para los que el asunto de los gastos es menor”. La política se ha convertido en un trabajo más, no en un servicio público.
Puede ser que sea así en algunos casos. Habrá que convivir con ellos y tratar de mitigar sus consecuencias con leyes mejor aplicadas y con estas admirables muestras de transparencia y vergüenza pública que da el sistema inglés. Sin embargo, sepultado en las páginas dedicadas a estas informaciones, incluso el severo Telegraph debe reconocer esto: “La inmensa mayoría de los diputados no rompe la letra de las leyes –aunque algunos sí”. Muchos han obrado deshonestamente, es cierto, incluso por razones ridículas como la tapa del váter, pero no hay que olvidar los que no han hecho nada malo, ni por acción ni por omisión.

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