Toda la semana

Leticia Campa
Bióloga
Yo fui bautizada en la religión católica y toda mi infancia se desarrolló en un entorno familiar de profundas creencias cristianas, sin ser nunca asfixiante. Íbamos a misa el domingo y las fiestas de guardar, cumplíamos con los ayunos los viernes de cuaresma (si bien mi madre nos decía que hasta cierta edad los niños no están obligados a tomar pescado). Asistíamos a los oficios de semana santa y celebrábamos la Pascua y la Navidad sin perder de vista el significado esencial de esas fiestas. En el colegio de monjas estudié a fondo el catecismo, y he de decir que algunas monjas me llegaban incluso a inspirar temor por la severidad con la que impartían la asignatura. Lanzaban a su paso por los pupitres amenazas de pecados mortales que mancharían nuestras almas de no cumplir con las obligaciones de misas y confesiones. Luego en la vida adulta creo que cada uno siente en cierto momento la necesidad de rediseñar a su manera, y según su propia experiencia, una práctica religiosa más personalizada, coherente, y fiel a su forma de ser. Hay gente que consigue vivir mejor su fe a través de grupos de oración y de reflexión, otros que asisten con asiduidad a reuniones, unos no faltan nunca a la misa de los domingos e incluso muchos acuden diariamente, otros prefieren plegarias como las de Taizé, algunos encuentran más satisfacción en trabajos de voluntariado y también hay gente que consigue hacer un poco de todo. Yo, para ser sincera, nunca he sabido sacar buen provecho de reflexiones en grupo, me aturden las misas solemnes con multitudes en la iglesia y muchos cantos, tampoco me siento en disposición de acudir a la iglesia los domingos por obligatoriedad. Me gusta hacerlo porque siento la necesidad de alejarme, a través de la oración, del arrebatamiento de afanosa actividad que nos impone el ritmo de vida. Me sustraigo a la inquietud y la prisa refugiándome en la paz de una iglesia semivacía. Para esto, siempre que puedo, acudo a las misas que se celebran en pequeñas iglesias campestres en pequeños pueblos. Allí entre la sencillez de los antiguos muros de piedra y unas pocas flores que un alma bondadosa ha dispuesto encima del altar sin adornos, encuentro la paz que busco. Más allá de la práctica entendida como cumplimiento de ciertos rituales litúrgicos, sin duda llenos de significado, está la práctica que yo entiendo que es la vida misma. Esa forma de hacer las cosas diarias que no vale sólo para los domingos. Uno crece como ser humano en la medida de lo que es capaz desarrollando sus habilidades de interacción con el mundo. Las personas que encontramos en nuestro ir y venir cotidiano, es a las que va dirigida nuestra atención. Si es verdad que hace falta nutrir el espíritu, también es verdad que ese espíritu bien alimentado no tendría razón de ser si no fuera a través del cuidado y la entrega que ofrece a los demás.

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