Ser peregrino

Anna Eva Jarabo
Profesora de religión
Un practicante es un pobre y humilde peregrino, un homo viator, que camina desde la promesa hacia el cumplimiento.
Peregrinar exige salir del tan peligroso yo-​conmigo-​mismo, sin instalarse en ningún lugar, ligero de equipaje y emprender un camino árido, no exento de obstáculos e impedimentos. El avanzar no dependerá tanto de la propia voluntad, como del dejarse llevar por el Espíritu, que traspase, que haga mella y vaya transformando. Es el camino el que configura al viajero.
El camino se realizará solo, pero jamás en solitario. Las dificultades congregan a los peregrinos, se crean lazos, se comparte. Los otros interpelan, rebaten, enriquecen. Una fe vivida en solitario tiende a extinguirse o a enquistarse.
Es necesario que durante el viaje haya momentos de profundo silencio. Lugares donde serenar las aguas turbulentas de deseos, desazones, preocupaciones y contemplar lo más hondo de uno mismo con mayor claridad. Entrar en una quietud que permita escuchar con más atención y percibir su presencia. Vislumbrar lo sabroso en lo insípido, lo grande en lo cotidiano.
Cuando el cumplimiento parezca imposible, solo será viable el abandono y la confianza en Dios.

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