Un tema complejo

Salvador Pániker
Filósofo
La pregunta está relacionada con el concepto de progreso, y yo he defendido la tesis de que el verdadero progreso es retroprogreso: avanzar simultáneamente hacia la racionalización y hacia el origen. Una filosofía de la ambivalencia retroprogresiva asume así la complejidad de cada época, su riesgo, su responsabilidad, y nos libra de la ingenuidad de pensar que a medida que la historia sube decrece el riesgo de vivir. No es así. Ciertamente hay mayores seguridades, la esperanza de vida aumenta, la mortalidad infantil disminuye, la penicilina cura enfermedades hasta hace poco mortales, y, en una parte del mundo, el crecimiento del PIB ha sido espectacular. Pero ésta es sólo una cara de la moneda.
La otra cara es el incremento del riesgo, proporcional a la distancia al origen. La medicina, a veces cura; a veces, tortura. La hipótesis de una desaparición de la especie humana –guerra nuclear, cambio climático, catástrofe biológica– entra ya dentro de lo verosímil. Casi todos los sociólogos coinciden hoy en señalar que la incertidumbre, la inseguridad y la vulnerabilidad son rasgos esenciales de la época que vivimos.
El caso es que toda ganancia tiene un coste y si no compensamos la secularización con la recuperación del origen “místico”, el progreso se derrumba. Absolutizamos ídolos, que es el caldo de cultivo para la barbarie. Ocurre que la distancia al origen genera un vértigo, y que la progresiva racionalización hace al ser humano mucho más vulnerable, irracional en potencia. El grado latente –y manifiesto– de barbarie crece. En el siglo xx más de cien millones de personas murieron en las guerras, siendo la mayoría de las víctimas civiles no combatientes.
La famosa Inquisición (dejando aparte el genocidio de los cátaros) condenó a lo sumo a cien mil personas en varios siglos; los nazis exterminaron a seis millones de judíos en cuatro años. El caso es que ya desde la llegada de la Primera Guerra Mundial quebró la ideología del progreso. Comenzó a comprenderse que las cosas no son cada vez más fáciles. Las cosas son cada vez más complejas e inciertas, y su tratamiento requiere cada vez más “arte”. Haber entrado en la era de la complejidad y de la incertidumbre requiere segregar un plus de creatividad y agilidad interior. Sin ese plus, el animal humano no va a adaptarse, y el sistema tenderá a generar nuevamente algún tipo de simplificación totalitaria. Es un error, por consiguiente, equiparar, sin más precisiones, evolución histórica y progreso. El dislate de una visión meramente “progresista” de la cultura se advierte muy bien en el ámbito de la música. Ya se ve que no tendría ningún sentido pensar que la música de Purcell es menos buena que la de Vivaldi, la cual sería inferior a la de Mozart, la cual sería inferior a la de Schumann, y así sucesivamente hasta llegar a algún autor contemporáneo que representaría el compendio de toda la belleza anterior. No, la música no “mejora”; sólo cambia.
Alguien ha propuesto relacionar el “progreso” con la independencia respecto a la incertidumbre de su entorno. Lo que ocurre es que a mayor independencia, mayor dependencia. La libertad humana crece en la misma medida en que el hombre se inscribe en ecosistemas (físicos y culturales) cada vez más complejos y, por tanto, más condicionantes. Paradoja autopoiética: cuanto más autónomo y complejo es un individuo, más dependiente es del medio ambiente. En resumen: el mundo sólo “mejora” si se incrementa el “margen” de libertad-​en-​el-​condicionamiento. Un tema complejo.

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