Mi biblioteca de libros de viajes

Eduardo Jordá
Al escribir esta lista he descubierto que algunos de mis libros de viajes favoritos están descatalogados. El viaje del Beagle, por ejemplo, de Charles Darwin –un modelo en el uso de la prosa descriptiva de un científico – , sólo se puede comprar en los catálogos de las librerías de viejo, igual que los diarios de las exploraciones africanas del doctor Livingstone (en los que se puede descubrir, por cierto, que Henry Morton Stanley nunca pronunció la famosa frase “El doctor Livingstone, supongo”, cuando en 1871 se encontró a Livingstone, que vagaba sin rumbo por África y que ya estaba a punto de morir de agotamiento y de fiebre). Y tampoco se encuentra disponible un libro que me parece magistral, El camino a Wigan Pier, de George Orwell (publicado por vez primera en 1937), en el que Orwell demuestra que se puede hacer literatura de primera clase explorando las condiciones de vida de los obreros en paro de una misérrima región industrial del norte de Inglaterra. En ese libro hay una crónica de un descenso a una mina que es un prodigio de concisión y capacidad descriptiva. Si aún quedan estudiantes de periodismo dispuestos a aprender algo, deberían leerlo.

Herman Melville,
Las Encantadas
Cuando era marino en un barco ballenero, a mediados del siglo xix, Melville visitó las islas Galápagos. Este libro, el relato de aquella visita, es tan elíptico y enigmático como todo lo que escribió Melville. Resulta tan sombrío como Bartleby el escribiente, pero al mismo tiempo está invadido por una fuerza tan oceánica como la que impulsa a Moby Dick.

Osip Mandelstam,
Viaje a Armenia
El ruso Osip Mandelstam es uno de los grandes poetas del siglo xx, y este libro es uno de los libros de viajes más raros que existen. No es ni un cuaderno de viaje, ni un diario, ni tampoco una evocación o siquiera una memoria. Armenia apenas es un decorado lejano –y a veces inexistente– que le permite a Mandelstam divagar sobre la biología, la pintura impresionista, la fisiología de la percepción visual, los idiomas caucasianos o las teorías evolutivas de Lamarck y de Darwin. Pero el paisaje y los habitantes de Armenia siempre están presentes en este libro, aunque el lector no sea del todo consciente de ello. Conviene tener en cuenta que Mandelstam realizó este viaje en 1930, cuando Stalin ya se había hecho con el poder en la Unión Soviética y el poeta había descubierto que el ambiente que se respiraba en las instituciones era el de una “fosa séptica” (así lo escribió en una carta). Antes de viajar a Armenia, Mandelstam llevaba cinco años sin escribir poesía. Este viaje –que sólo logró realizar gracias a la ayuda del dirigente soviético Bujarin– le permitió recuperar su fe en la poesía. Durante los cinco meses que Mandelstam y su esposa pasaron en Armenia, vivieron varias semanas en un monasterio abandonado en la isla lacustre de Sevan. En aquel monasterio, el judío agnóstico que era Mandelstam descubrió los restos la vieja civilización cristiana, y desde entonces todo cambió en su alma. Recuperó su libertad interior y volvió a escribir poesía. También descubrió en Armenia que su destino era vivir como un nómada. Su viaje termina así: “Es fácil dormir en los campamentos nómadas. El cuerpo, exhausto por el espacio, se calienta, se distiende y recuerda la longitud del viaje recorrido. El sueño te rodea como un muro. Y el último pensamiento es éste: debo cabalgar hasta atravesar una nueva cordillera”. El Viaje a Armenia fue publicado en una edición censurada en 1933 y le costó a Mandelstam un grave disgusto ante las autoridades soviéticas. Pero el viaje había hecho su efecto: Mandelstam sabía ya que la libertad interior tenía un precio, y por eso se atrevió a leer ante nueve amigos, tras su regreso a Moscú, en 1934, un poema satírico contra Stalin. Uno de esos nueve amigos corrió a delatarlo a la policía secreta (un tema, por cierto, que da para una novela: sabemos los nombres de las nueve personas que oyeron leer el poema, pero no se sabe quién lo delató). Poco después, Mandesltam fue detenido por la NKVD. Cuando el fiscal le preguntó por qué había escrito “este panfleto”, Mandelstam se limitó a contestar: “Porque soy antifascista”. A pesar de la gravedad de su “crimen”, Mandelstam sólo fue condenado a pasar cinco años de destierro en Voronezh, lo que en la época de las grandes purgas stalinistas era un condena insignificante (estoy convencido de que Stalin admiraba en secreto el coraje de aquel poeta díscolo y por eso no quiso ejecutarlo: en el expediente policial de Mandelstam hay un papel firmado por Stalin que dice: “Aislar, no eliminar”). Los poemas que Mandelstam escribió en el destierro, los Cuadernos de Voronezh, son uno de los cuatro o cinco libros de poesía que bastan para justificar una época. En 1938, otra delación provocó una nueva detención y el envío a un campo de concentración siberiano, donde Mandelstam moriría de tifus en un camastro helado, como un nómada exhausto al atravesar una nueva cordillera.

Nicolas Bouvier,
Los caminos del mundo
El caso del suizo Nicolas Bouvier (19291998) es un misterio. Siendo tal vez el mejor escritor de viajes europeo de la segunda mitad de siglo, es casi un desconocido para el gran público, mientras que Bruce Chatwin, por ejemplo, se ha convertido en un mito de la literatura de viajes. A Nicolas Bouvier le ha perjudicado el hecho de que no tuviera pinta de aventurero –en las fotos parece un apacible padre de familia-​, como también le ha perjudicado que no poseyera la habilidad de promocionarse que tuvo Bruce Chatwin. Pero este libro, Los caminos del mundo, es una maravilla difícil de superar. Cuenta el viaje desde Belgrado a Kabul, en 1953, que Bouvier hizo en un Fiat Topolino con un amigo pintor. Tardaron año y medio en llegar a su destino, y Bouvier cayó en una depresión que lo llevó a Ceilán. El viaje, parece ser, lo había destruido. Pero eso quizá era lo que buscaba. “El viaje no te enseña nada si no le das la oportunidad de que te destruya –escribió Bouvier– Es una regla tan vieja como el mundo. Lo demás es patinaje o es turismo”.

Bruce Chatwin,
En la Patagonia
Este libro de 1977 se ha convertido en un clásico y es sin duda el mejor de su autor. De Chatwin se decía que era capaz de seducir a todo el mundo, ya fuera hombre, mujer, ocelote o plancha, y la regla se ha cumplido con sus lectores. Durante los tres meses y medio que pasó en la Patagonia, Chatwin durmió sobre la hierba, en cuevas, en chozas de peones y a veces entre las sábanas de hilo de una anticuada estancia inglesa. En su prosa hay un cierto decorativismo superficial, pero este libro sigue siendo magnífico.

Paul Bowles,
Cabezas verdes, manos azules
Publicado en 1963, es una selección de las crónicas de viaje de Bowles (sobre Ceilán, el sur de la India, el desierto del Sáhara y la cordillera del Rif). En su casa de Tánger, Bowles me dedicó un ejemplar de la edición original de este libro, cosa que hace que para mí tenga un valor incalculable. Cualquier lector alcanzará la misma impresión sólo con leer la primera página.

Heinrich Böll,
Diario irlandés
Leí este libro antes de viajar por vez primera a Irlanda, en 1981, y descubrí que la Irlanda del libro –publicado en 1957– no había cambiado casi nada (ahora, por desgracia para el visitante y para alegría de los irlandeses, ya no es así). Böll pasaba medio año en Irlanda con su familia, en una casa de Achill Head, en la costa occidental, sin teléfono ni casi comunicación con el exterior. Cuando le dieron el Nobel, en 1972, Böll estaba en Irlanda. El secretario del jurado tuvo que localizar a un vecino de Böll, alfarero, que tenía teléfono, para que le diera la noticia. ¿Conoce alguien a un escritor así hoy en día?

James Salter,
There and then
Este libro de crónicas de viaje no está traducido al castellano, aunque espero que lo esté pronto. ¿Por qué me gusta Salter? No lo sé, aunque quizá me gusta porque es el menos literario de los escritores. Cuando habla de sus vuelos sobre el río Yolu en un caza de combate en Corea, o cuando describe los clubs nocturnos de Hawai, llenos de marinos y putas y viudas que han perdido a su marido en la guerra, o cuando describe los hoteles de Tokio que recorrió con su hijo, buscando lo poco que quedaba del Japón que él había conocido cuando era un piloto al final de la II Guerra Mundial, Salter no intenta hacerse el inteligente ni el “literario”, nada de eso. Describe una luz, un rótulo, un resplandor lejano en el ala de un avión, el ruido de un coche que pasa o la tapia bajo la cual dos niños juegan al fútbol, un domingo aburrido de verano. Y además, la prosa de Salter vibra. No salta ni grita ni te sacude ni te zarandea, nada de eso. Tiene una modulación, una vibración, que no he visto ni sentido en ningún otro escritor. Como si uno estuviera volando, muy por encima de las nubes.

Javier Reverte,
El río de la desolación
Esta lenta travesía del Amazonas es el libro de viajes que más me gusta de Javier Reverte. La malaria estuvo a punto de acabar con su vida en Belem do Parà, y quizá esto hace que este libro sea uno de los más intensos y bellos que ha escrito. Tiene además unos secundarios de primera, como el legendario cauchero Fitzcarraldo o el trágico, valiente y atormentado diplomático inglés Roger Casement, que denunció los abusos de los caucheros y acabó ahorcado por los ingleses en Londres, acusado de alta traición por haber participado en la insurrección irlandesa de Pascua de 1916.

Alfonso Armada,
El rumor de la frontera
Un viaje en coche por la frontera de Estados Unidos y México, desde el Golfo de México hasta Tijuana. Inmigrantes ilegales, tugurios, rancheras, peyoteros y cementerios con tumbas de “espaldas mojadas” sin nombre, en las que sólo se puede ver un cartel con la leyenda “No olvidado”. Y por encima de todo, el enigma de los crímenes de Ciudad Juárez.

José María Conget,
Pont de l’Alma
La prueba de cómo se puede retratar París contando la historia de un contestador automático poseído por el diablo; o de cómo todo Nueva York cabe en la esquina de la calle 53 con la Octava Avenida; o cómo se puede visitar el corazón de Londres sin salir la casa (ahora reconstruida) donde vivió el estrangulador de Rillington Place. Un gran libro de un gran autor.

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