Personas, no mascotas

Joaquim Gomis
Me había comprometido a no hablar en este “diario” de mis gatos. Hay cuestiones de mayor interés para el lector, se supone. Pero hoy, al llegar a casa, después de haber salido antes de la redacción, sin atreverme a decir que me iba por causa de Pepito, he decidido escribir sobre mis, nuestros, gatos. Que el lector me perdone y, si es posible, me comprenda. Y añado que este comentario explica también porque falló mi colaboración el mes pasado: más allá de razones de salud personal, había otra más profunda y fue que en el día en que debía escribir, nuestra gata Muski, después de ocho años de convivencia, compañía y estimación –pienso que mutua – , fue sacrificada, objeto de eutanasia por consejo veterinario. Afortunadamente, la eutanasia de los animales no presenta problemas ni legales, ni morales, y lleva a pensar que algo semejante debería suceder con los humanos. Pero su última mirada, a mi mujer, cuando la dormían antes de la inyección final, era como humana. Y en estas circunstancias, un servidor no fue capaz de escribir.
He llegado a casa y no había problema con el pequeño, tan travieso como buena persona, que he bautizado como Pepito. Pero antes de seguir adelante, quizá que sitúe al lector en el conjunto de mi situación gatuna. Ya sé que no es ningún tema apasionante, pero si esta página es mi diario, resulta que la población gatuna que me rodea es importante para mí. Importante y sorprendente, porque un servidor, como persona de ciudad que fue durante muchos años, sin tener en casa ningún animal doméstico, no podía imaginar que en su madurez entraría en una nueva etapa, la de convivir para bien y un poco para mal, con un amplio conjunto de gatos y gatas. Y, todo hay que decirlo, no por iniciativa personal sino porque han sido ellos quienes lo han decidido. Ellos, en su mayoría vulgares gatos callejeros, han sido quienes nos han adoptado –a mi mujer y a mí – , con diversos grados de convivencia: unos, pocos, son los que sucesivamente han entrado en casa y se han convertido en amables miembros de la familia; otros, la mayoría, actualmente media docena, son los que se han instalado como tranquilos okupas en el huerto que tenemos detrás de casa.

SAN FRANCISCO NOS LO ENSEÑÓ
Mi tentación ahora sería explicar alguna de las gracias de esta población gatuna. Como un abuelo hablando de sus nietos. Porque ciertamente hay gracias dignas de ser explicadas. Pienso, por ejemplo, en la historia de la gata Negrita, con quien conviví toda una noche después de ser operada para esterilizarla, y semanas después desapareció del huerto –“escogió la libertad”, comentó un vecino alemán también amigo de estos animales – , vivía en la calle pero sabía con precisión los horarios e itinerarios tanto de mi mujer como míos, nos esperaba, nos seguía discretamente por la mañana o de noche, y luego volvía a su libertad (“¿es tuyo este gato?” me preguntaron dos niñas distintas y a un servidor le salió responder “no, pero somos amigos”). Era como una historia franciscana.
Una historia franciscana. Entre historia y leyenda, Francisco de Asís, en eso como en otras cosas, fue un genio cristiano. Sin duda, porque siendo sencillo y de escasas letras, supo leer y vivir el Evangelio tal cual (sine glosa). Lamento que fácilmente le tengamos como un santo admirable y atrayente, pero que en la práctica sigamos tan poco su enseñanza. Por ejemplo, en esta cuestión de los animales. Él supo verlos como criaturas de Dios, hermanos nuestros, dignos de amor y toda consideración. En una palabra: él nunca habría hablado de ellos como mascotas.
Cuando recibo en casa una lujosa propaganda de unos grandes almacenes que pretenden conmover mi buen trato con estos animales para que compre sus productos, pero que hablan de ellos, una y otra vez, como de “mascotas”, su destino inmediato es la papelera. Estoy mucho más de acuerdo con lo que me escribía un viejo amigo, que quizá por vivir bastantes años solo, ha tenido seguida relación con perros y gatos: “Son personas, no humanas evidentemente, pero personas”. Cada uno con su personalidad, con su pedir y dar cariño, sabios en acompañar y –con excepciones– divertidos en su deseo de compartir el juego (si hallan complicidad en los humanos: dice mi mujer, más experta que yo en perros, que suelen parecerse a sus amos).
Termino pidiendo comprensión para quienes estos animales no son importantes. Com­pren­sión y nunca burla o rechazo. Todos conocemos a personas, especialmente de la tercera edad, que viven más o menos solas, para quienes un perro o un gato, o varios, son su mejor compañía. ¿No es ello un signo de que son también personas, don de Dios?

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