Olvidado Umbral

Luis Suñén
La literatura es como la vida y el tiempo trabaja en ella con usura a veces, con crueldad otras y siempre acaba por tener razón. Hace año y medio moría Francisco Umbral y hace poco más de un mes he leído el primer artículo –Travesía de FU, firmado por Asís Lazcano en el número 232 de Bilbao, el estupendo mensual editado por el Ayuntamiento de la capital vizcaína– en el que su autor se refiere al escritor como “relegado al olvido”. Así, pues, lo que tenía que pasar, pasó, lo que afirmábamos algunos acerca de Umbral, la inconsistencia de sus ideas, la liviandad de su prosa, lo contingente de su acción literaria, endosa la factura lógica y natural a una memoria que, a su muerte, se quiso ya convertir en poco menos que eterna. Se refiere Lazcano a “lo cutres que han sido con Umbral los periódicos” cuando su fallecimiento. Qué va. Los periódicos lo entronizaron como a un genio, como a un clásico, airearon sus presuntas grandezas a los cuatros vientos y con los dedos de una mano –exactamente con dos– podían contarse los artículos que ponían entre paréntesis su personalidad literaria o humana. Todo lo que sucedía alrededor del óbito estaba siendo el perfecto colofón a la estupenda biografía de Umbral que escribiera Anna Caballé (Espasa Calpe) y que pasó tan desapercibida porque nadie quiso ponerle el cascabel a un gato que tenía en esas páginas, simplemente, lo que se merecía. El libro de Caballé es la mejor biografía que se ha escrito en España de escritor alguno pero su error fue indagar la verdad que se escondía tras una fronda de falsedades y lo que revelaban los contenidos de una escritura sobrevalorada. Creía Umbral, y creían sus admiradores, que tanta vanidad y tanto mal estilo podían justificarse porque el genio tiene derecho –como dice mi amigo Blas Matamoro de Richard Wagner– a ser un vegetariano que come carne humana. No, nada hay en la obra de Umbral –salvo ese libro duro de veras que se llama Mortal y rosa– que justifique el sacrificio de quienes le rodearon en la vida y en las letras en aras de su culminación como obra de arte. Y quienes lo hicieron, por generosidad o por cálculo, hoy se encuentran con que aparecen los primeros síntomas de olvido. Un olvido que no llega de la mala entraña del personaje –aviada estaría la historia de la literatura si ese fuera el baremo– sino de la inconsistencia de su legado literario.
En efecto, buena parte de la literatura de Francisco Umbral está en los periódicos, medio contingente por naturaleza, cuya lectura dura –perdón, duraba– un día. A partir de las veinticuatro horas, el periódico es carne de papelera o de hemeroteca para quienes quieran entretenerse en saber qué pasó la fecha en que nacieron o de los que investigan con afán vaya usted a saber qué cosas. Con Umbral –heredero de Ruano, no de Dostoyevski, que eso pide otra clase de esfuerzos– empieza esa consideración de la columna periodística como modelo de estilo –“la mejor literatura española se hace hoy en los periódicos”, leeríamos en aquellos años de triunfo umbraliano– basado en la alusión nominal, la negrita, el juicio implacable sin razón alguna, la venganza mezquina, la alabanza pro domo sua. Sus novelas son prolongación reiterada de esa manera de hacer, ayunas de la imaginación que se le supone al narrador y de la hondura que se busca en el indagador del mundo. Y tal esfuerzo obtendría nada menos que un Premio Cervantes enmarcado en patéticas apelaciones a la justicia poética y al triunfo político de aquel a quien no le importó cambiar de ideas en función de las necesidades de su ego. La feria de los milagros en que se convirtió lo que rodeó a la concesión del premio no puede ser vista hoy, como entonces, sin una vergüenza ajena que se convierte en propia cuando se piensa en la oficialidad del galardón.
Quizá lo más trágico de todo sea que actitud y resultados corresponden a un origen noble: la vocación de escritor. Umbral fue seguramente un adicto a la escritura dotado de una difícil cualidad: la constancia en el trabajo. Ese punto de partida lleva al de llegada cuando hay poco más: la futilidad de buena parte de lo escrito. Umbral calculó muy bien las etapas de su crecimiento en el mundo de las letras pero ese cálculo no podía en modo alguno acompasarse a los valores reales de su prosa pues estos eran limitados, por cuanto es la cáscara la que crece mientras la médula permanece inmutable y, por ello, el procedimiento acaba repitiéndose hasta la saciedad. Quizá ahí, en la reiteración del modelo, en lo corto de su alcance, esté la razón de por qué Umbral fue escasamente traducido, del desconocimiento universal de una obra de estricto consumo interno.
Hay escritores que trabajan para la posteridad y que convierten su vida en un esfuerzo, a veces ridículo, por permanecer más allá de su muerte, como si eso fuera a servirles para algo. Los hay que viven un presente en el que la literatura es su vida y pasan por la humillación de un silencio que sobrellevan porque saben que no pueden vivir sin escribir y porque, todo hay que decirlo, están convencidos de su talento.
Seguramente Umbral quería gozar de la vanidad del presente mientras presentía la gloria futura. Hay que desconfiar del escritor falsamente modesto en la misma medida que de aquel otro que se encumbra por encima de sus posibilidades. La literatura es un camino duro hecho de momentos de felicidad intransmisible y el creador sabe que no hay dicha mayor que la que surge de la contemplación de un verso o de una línea de una novela bien escritos. Y ahí se acaba la historia. Todo lo demás pertenece a esa nómina maldita llena de víctimas de su propia época. El problema cuando se juega tan fuerte como lo hizo Umbral es que el riesgo de perder es todavía mayor.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad