Pobres monjas

Pilar del Río
No, definitivamente no puedo hablar sin soltar tacos porque ¿qué coño dices cuando tienes prisa y el coche que de delante de ti va a 20? Pues vas y dices: “La madre que parió al cabrón ése” y etcétera.
Y cuando te llama el jefe por teléfono en medio de una mañana de locos pidiéndote que le envíes algo para ya mismo no vas a decir “Uich, pues vaya, qué pena, con el trabajo que tengo”. No, no. Lo que dices es: “Me cago en to, ¿este gilipollas amariconao no se dará cuenta de que hoy estamos como putas por rastrojo y sin una jodida secretaria libre?”
Y cuando llaman por teléfono y es la cuarta vez que no encuentras el ina­lámbrico porque nunca está en su sitio ¿qué vas a decir más que “¡¿dónde cojones habéis puesto el teléfono?!”
Pues eso, sí, me resulta imposible hablar sin tacos; ya sé que queda mal, que soy una maleducada y que todo esto erizaría el pelo a las monjas de mi colegio que intentaron hace de mí “toda una mujer” pero creo que es una estupenda manera de liberar la tensión nerviosa y prevenirme una úlcera de estómago.

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