Una maestra zen. El ojo del corazón

Ana María Schlüter Rodés
El silencio es a la vida humana lo que los parques para las ciudades. Sin ellos sería imposible vivir en ellas. De un modo u otro, diferentes tradiciones han tenido en cuenta esta necesidad profunda del ser humano: cada día, al final de la jornada de trabajo, Feierabend, es decir tiempo de ocio; cada semana un día festivo, el sábado para los judíos, el domingo para los cristianos, el viernes para los musulmanes; un mes al año dedicado a vacare deo; año sabático cada diez años a fin de renovar la fuente de creatividad. Los monjes zen peregrinos, durante la temporada de lluvia del verano, se recogen tres meses en los monasterios. Este tiempo se llama an-​go y se escribe con dos ideogramas que significan respectivamente paz o silencio y morar; ango es pues: morar en paz y silencio. Son meses de práctica intensiva para recogerse en el centro y morar ahí. Dôgen Zenji (siglo xii), el gran puente del zen entre China y Japón, en un capítulo de su Shôbôgenzô titulado “Ango”, lo llama “fuente de vida” y también “ojo de buda”, es decir ojo de despierto, que ve más allá de lo tangible.
En sociedades exageradamente extravertidas como la nuestra es una necesidad vital, acusada por cada vez más personas, el aprender a centrarse y volver a las raíces, “volver a casa”, como dice Keizan Zenji (siglo xiii-​xiv) o “volver a la morada primera”, como le hace decir Cervantes a la pastora Marcela en el Quijote. Entrar en silencio y recogerse en el centro lleva a conocerse a sí mismo y dejar de identificarse con una profesión, procedencia, bienes, salud y todo tipo de cosas pasajeras. Siempre que se practica con buen acompañamiento, libera de esclavitudes inconscientes y lleva a descubrir reposo y seguridad en sí mismo, pues en lo más profundo hay una base sólida indestructible, que Santa Teresa comparaba con un “castillo todo de diamante”. Verdadera­mente el silencio es una “fuente de vida”. Regenera, como van verificando por experiencia viva muchos y muchas practicantes de zen. Si bien no dispensa de pasar por momentos de dolorosas purificaciones.
El silencio abre el ojo del corazón. Hace que se pueda “leer” en el libro de la naturaleza y en el libro de las Escrituras, yendo a la fuente, más allá de las formas y de las palabras. “Oyendo las palabras deberías entender la fuente”, dice el maestro zen Shih-t’ou Hsi-ch’ian (siglo viii) en su poema, que siguen recitando quienes practican zen. El silencio lleva a poder escuchar. Una amiga cuáquera solía decir a los párvulos sentados en corro: “Nos vamos a callar un rato para escuchar a nuestro Amigo Dios; porque si hablamos siempre nosotros, no lo podemos oír.” A los niños les encantaba.
En el silencio está todo. Pero no es cuestión de quedarse ahí dando la espalda a las circunstancias y sus interpelaciones concretas. Saberse valorado en lo hondo del corazón lleva a estar abierto a los demás, a maravillarse de las diferencias y valorarlas, en lugar de temer y rechazarlas o sentirse superior. Zazen “ilumina los sentidos”, en expresión del Sexto Patriarca zen de China. Lleva a ver, pensar y actuar mejor. Dôgen considera que sería una ofensa del Buda afirmar lo contrario. “Una persona transformada atraviesa el barro y el agua (de la vida cotidiana)… Nunca se escabulle de enseñar y liberar a los demás.” Las enseñanzas son “ramas, hojas, flores y frutos del ango”, surgen del silencio y apuntan a él. De este lugar de silencio “nacen obras, siempre obras”, dirá en su contexto Santa Teresa.

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