Aún me queda mucho

Francisco de la Torre
Que el tiempo es una densa y espesa corteza que hay que atravesar con paciencia y esperanza (los de las escuelas de negocios llaman a esto ahora “gestión del tiempo”, cuando toda la vida de Dios se ha dicho que hay que saber esperar) y que, además y pese al refranero, no lo cura todo; que hay que saber decir “no” y enrojecerse una vez y no amarillearse ciento; que no podemos juzgar las decisiones de los otros si no conocemos su vida y no se nos ha dado permiso para entrar en el santuario de su mundo interno; que, aunque creamos que el otro lo sabe y que cuenta con ello, decir “te quiero” o “perdona” no cuesta nada y alegra la vida (la tuya y la del otro); que, al final, ante las grandes decisiones vitales uno está solo, no existen grandes certidumbres ni clarividencias, y únicamente se necesita un mínimo de autenticidad y honestidad para tomarlas; que las risas y las lágrimas de tus hijos son un tesoro impagable que has de recibir como un verdadero regalo del cielo; que la vida humana es, al cabo, tan insignificante, frágil y huidiza, que más vale mirarnos a nosotros mismos con sentido del humor y capacidad de relativización.
Estas son algunas de las cosas que no me enseñaron de pequeño, y que tampoco creo haber aprendido de adulto. ¿Dónde se pasan los exámenes.

Revistas del grupo

Publicidad