Cómo conseguir que haya más trabajo y menos paro

Pere Escorsa
La economía española ha mostrado siempre una incapacidad endémica para combatir el desempleo. Ahora mismo, con el 11,3 por ciento de la población activa en paro, encabeza la clasificación europea. Todo parece indicar que a finales del presente año tendremos más de 3 millones de personas sin trabajo, con una tasa en torno al 13 por ciento. El desempleo juvenil, es decir, el que afecta a los menores de 25 años, asciende al escalofriante 24,8 por ciento: uno de cada cuatro jóvenes no tiene trabajo. Y las perspectivas para el 2009 son todavía más descorazonadoras: el FMI prevé llegar al 17 por ciento con cerca de 4 millones de parados (si sirve de consuelo, el Fondo no se caracteriza por acertar en sus previsiones).
Cabe destacar, sin embargo, que en los últimos años la economía española había mostrado una notable capacidad para crear puestos de trabajo, capaz de absorber el flujo inmigratorio. Entre los años 1993 y 2007 el número de personas ocupadas pasó de 12 a 20 millones. Pero siempre con tasas de desempleo superiores a las de nuestros vecinos europeos.
¿Cómo se explica esta persistencia de un elevado desempleo? Es evidente que el hundimiento de la construcción es responsable de la caída del empleo en los últimos meses. También lo es la estructura industrial, centrada en sectores maduros. Pero, además, hay causas estructurales más profundas. La rigidez laboral hace que el empresario español se resista a contratar nuevos trabajadores, ya que sabe que si la actividad disminuye, le resultará muy caro despedirlos. Las indemnizaciones por despido improcedente se elevan a 45 días por año trabajado, aunque a menudo, en la práctica, superan esta cifra. Suponen una dura carga para la economía de la empresa. Creo que la normativa laboral actual es todavía heredera de las leyes sociales del franquismo, cuando la imposición de un sindicato único y la prohibición de la huelga se compensaban con una fuerte protección de los empleos, haciendo difíciles y caros los despidos. Paradójicamente los países que intentan proteger los empleos son los que tienen niveles de paro más elevados.
Un modelo distinto es el de Estados Unidos, que consiste en una combinación de un despido prácticamente libre seguido de unas muy escasas prestaciones sociales. Es evidente que este sistema defiende más los intereses de la empresa y es casi inhumano, pero genera más empleo. Los empresarios no lo piensan mucho ni al despedir ni al contratar. El pasado noviembre, en plena recesión, el desempleo subió al 6,7 por ciento de la población activa –la mitad de la tasa española – , algo nunca visto desde 1993. Al conocerse la noticia, la bolsa neoyorquina cayó espectacularmente. Pero existe un tercer modelo: el de la “flexiguridad” –combinación de flexibilidad y seguridad– experimentado sobre todo en Dinamarca. En pocas palabras, la flexiguridad consiste en permitir el despido libre, sin coste para el empresario, pero asegurando al trabajador en paro el 90 por ciento de su salario, como máximo, durante un período de cuatro años. Estas medidas van acompañadas de un intenso, caro y prácticamente obligatorio plan de formación que capacita al parado para trabajar en las nuevas tareas que demandan las empresas, manteniéndole en el mercado laboral. Este esfuerzo exige que los impuestos sean muy elevados.
Realmente, en una época en que todo cambia –los gustos de los consumidores, la tecnología, la coyuntura económica, los nuevos competidores, que llegan de lejanos países – , se hace muy difícil mantener los puestos de trabajo. Claus Frederiksen, ministro de empleo danés, indica que “es imposible proteger un puesto de trabajo. En su lugar hemos decidido proteger los ingresos de la gente cuando va al paro. Protegemos a las personas, no los puestos de trabajo”. Y Leif Christian Hansen, portavoz del gobierno, añade que “el despido no debe ser un trauma ni para el empleador ni para el empleado, sino una simple transición en una carrera laboral. Para las empresas es mejor echar a unos pocos antes que tener que echar a todos después”.
Los resultados están siendo espectaculares. Casi un tercio de los daneses cambia de trabajo cada año y el 75 por ciento de los parados vuelve a trabajar en menos de un año. Los empresarios no dudan en contratar trabajadores porque saben que podrán prescindir de ellos en caso necesario. El desempleo se mueve en torno al 4 por ciento, y hace pocos meses era incluso inferior, alrededor del 3 por ciento. En 1993, cuando comenzó a aplicarse la flexiguridad, la tasa era del 12 por ciento. Por aquí se oyen ya algunas voces en contra: “La flexibilidad beneficia sólo al empresario”, “es un nuevo chantaje patronal por el que el trabajador que acepta un trabajo debe renunciar a sus derechos sociales” o “carga los sacrificios de la globalización a las espaldas del pueblo”. Los sindicatos están acostumbrados a exigir la defensa de puestos de trabajo inviables. Mientra tanto, España 13 — Dinamarca 4.

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