El mundo mejora y nosotros también

Jordi Pérez Colomé
El título es atrevido. Puede parecer indigno. Con todas las desgracias que hay en el mundo, cómo se puede insinuar que mejora. Yo sólo digo que mejora, no que va bien. Es distinto. Ya muchos dicen que “dónde iremos a parar” y nos recuerdan los desastres que los humanos provocamos. Tantas lamentaciones he oído de gente sabia que da reparo escribir que el mundo mejora. Quiero probarlo, a ver qué pasa. Aunque estamos sentados en la injusticia, es una injusticia que disminuye.
No he escogido el mejor momento para hablar de esto. Hay crisis económica. Hay atentados. Hay cólera. Siempre hay problemas. Por eso no quiero hablar sólo del año que ha acabado, ni del que empieza. Quiero hablar de adónde vamos. Este es un artículo que hace años que me ronda. La base es indudable y la he preguntado a muchos amigos: si tuvieras que escoger una época para vivir, ¿con cuál te quedarías? La respuesta es, claro, la nuestra. La razón más evidente es que nunca hemos vivido tantos años. Ni aquí ni en Pekín.
Pero en seguida llega la coletilla: ¿y África qué? En muchos países africanos la esperanza de vida sigue estancada y la vida es tan dura o más que hace cinco siglos. Pero nos parece que sus problemas crecen por dos motivos: porque son más y porque sabemos mejor qué ocurre. Las regiones del mundo que más han mejorado en las últimas décadas han visto su natalidad reducida a menos de la mitad. En el mundo, la fertilidad ha caído de 4,8 hijos por mujer a 2,6. La excepción a este panorama es la África subsahariana: todos los países con más de 5 hijos por mujer –menos Yemen– están allí y son los que más sufren. En las sociedades agrarias, los hijos son la seguridad en la jubilación; en sociedades más avanzadas hay otros recursos que aseguran el futuro. Este no es el único problema africano. Pero igual que coreanos, chinos y vietnamitas son hoy un ejemplo, quizá para la próxima generación lo sean botswanos, kenianos y sudafricanos. Confiemos.
Más allá de África, hay hoy menos guerras que en la época en que hubo más –en los años 70 del siglo xx – , muere también mucha menos gente en ellas –una media de veinte mil personas, diez veces menos que en 1980 – , hay menos golpes de estado –cinco hubo en 2007– y el 90 por ciento de los jóvenes entre 15 y 25 años están alfabetizados; la educación es el mejor camino a un futuro más digno. Estas son las tendencias. Dejo las estadísticas aquí. Quiero hablar sobre todo de percepciones.

A mediados de diciembre, en la reunión del comité de dirección de El Ciervo discutimos un rato acerca de esto. Yo decía que el mundo mejora. Otros me decían que no dijera absurdidades. La vehemencia del debate nos hizo pensar que podía ser un buen tema para un próximo número. De momento lo ponemos aquí. El problema, creo, es que se comparaba el mundo que tenemos –esta pelotita que flota en el espacio sideral– con un lugar ideal. “Si hubiera un gobierno mundial”, “si no hubiera fronteras”, me decían los miembros del comité. Todo eso será fantástico, cuando ocurra. Pero no será mañana. Hoy tenemos que trabajar con lo que hay encima de la mesa. Si levantamos la vista de la mesa, vemos que estamos más cerca de un gobierno mundial hoy que en el siglo xv. Pero no está a la vuelta de la esquina. A veces, lo mejor es enemigo de lo bueno.
Muchos leerán estas líneas y les hervirá la sangre. Pueden pasar, es cierto, cosas terribles. El cambio climático o el estallido de algunas bombas nucleares son posibilidades reales. No tenemos que olvidar que somos humanos. Si fuéramos perfectos, no habríamos salido del jardín del Edén. No jugamos con las cartas marcadas. Cada vez más sabemos qué aspectos no van bien y cómo podemos remediarlo. El remedio a veces tarda en llegar y solemos echarnos las culpas unos a otros, a menudo con razón. Pero echarse las culpas, poder quejarse y querer buscar alternativas, ya es algo.

La queja es un asunto interesente. Tengo la impresión de que si no te quejas pareces un palurdo. Una colega en el trabajo nos decía hace poco que, según las estadísticas, los españoles nos quejamos poco. Para mí es un mérito. No faltan, aparentemente, los temas para quejarse: la inseguridad, la iluminación del barrio, nuestros líderes, el tráfico, el ruido de los vecinos, el incivismo. Algunos periódicos viven de esto. A veces quejarse es necesario. Pero la mayoría de las ocasiones, está de más.
A mí me admira la gente que no se queja. Que no se queja nunca. Algunos de mis abuelos eran así y en la familia se habla de ellos con admiración. He visto a otra mucha gente así. No sé por qué parecemos programados para centrarnos en lo malo ni por qué ser profeta de desgracias tiene más pedigrí. El malhumor vende. En el mundo parece que queramos ver que las cosas van mal hasta que no se demuestre lo contrario.

No sólo mejora el mundo, nosotros también. Tenemos una percepción nuestra equivocada. Solemos valorar mucho a la gente cercana, a “los nuestros”, como se suele decir, y olvidamos cuando hablamos del resto que todos esos también son “los nuestros” para otra gente. Es evidente que somos a veces envidiosos, tontos, injustos, quejicas. Cada situación saca algo distinto de nosotros. Pero la mayoría somos así sólo un rato. El periodista norteamericano Ernie Pyle, que trabajó en la primera mitad del siglo xx, decía en la introducción a una recopilación de sus artículos: “Como reportero he aprendido que la gente es generalmente buena”. Pyle había hablado con miles de personas. Los periodistas no solemos ser eruditos ni reflexivos, pero una de nuestras ventajas es que mucha gente nos da permiso para meternos en sus vidas. Vemos cómo son y hay de todo. Aunque yo no haya conocido a tantos miles como Pyle, sí que he hablado con decenas y estoy de acuerdo. Somos básicamente buenos y mejoramos, y por eso el mundo mejora con nosotros.
Lo mejor de todo esto es que todos –la mayoría sin saberlo– contribuimos a que sea así. Los mayores viven más y saben más, y los jóvenes tenemos más tiempo para aprender de ellos. También tenemos más saber a nuestra disposición. No es que lo utilicemos todo, pero quien lo quiere, ahí lo tiene. No sé adónde nos llevará este aparente progreso. Místicos tiene el mundo para adivinarlo. Quizá un día lo preguntemos en esta revista. Hoy me conformo con saber que el mundo mejora. Lo hace despacio, casi sin querer y a veces a nuestro pesar. Por eso esto mañana no será noticia. Pero de vez en cuando merece la pena recordarlo.

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