La paciencia

Luis Alberto de Cuenca
Siempre se aprende algo. Cada día de la semana. Pero si tuviera que destacar, entre tanto aprendizaje cotidiano, una sola cosa aprendida en este año 2008 que acaba de terminarse, me decantaría por algo que tendría que haber aprendido mucho antes, pero que parecía resistírseme: la paciencia. No es que la haya aprendido in aeternum, pues estoy desgraciadamente seguro de que la voy a echar de menos muchas veces en el futuro. Pero ya sé cómo funciona, qué botón de la mente hay que pulsar para que mi cerebro se vea deliciosamente inundado por sus ondas tranquilizantes. ¡Qué razón tenía el bueno de Job para tomarse todas sus desgracias –que fueron innumerables– con aquella santa pachorra que le he envidiado tanto siempre!
Pues bien, ahora, a partir de 2009, ya sé cómo se hace eso de ser paciente. Tiene que ver también con la abstracción mental, que es un proceso que Hannibal Lecter dominaba a la perfección: uno está atado y amordazado, esperando el tiro de gracia, pero es capaz de distraerse de la atroz situación en que se encuentra pensando con intensidad, por ejemplo, en un cuadro de Ghirlandaio o de Piero della Francesca. En 2008 aprendí a conducirme con paciencia en casos desesperados. Ahora sólo me falta conquistar la ataraxia. Todo es cuestión de tiempo.

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