LOS MENORES
Saber no es sólo memorizar

Elisabet Sanz
De los años de parvulario recuerdo el olor de mis primeros cuadernos de lectura, sus dibujos, el color de sus cubiertas. Recuerdo las canciones y las poesías. Aprender era como entrar en un juego mágico, divertido y fácil. Todo estaba por hacer, por descubrir.
Los años del parvulario pasaron y mis padres me cambiaron de cole. Estudié la primaria en un colegio laico y catalanista. Es en la educación que recibí aquí en la que me centraré.
Me enseñaron a estudiar una lección pero no a ir más allá y buscar por mí misma más información sobre un tema. Me enseñaron a memorizar y a entender conceptos pero no a investigar.
Echo de menos haber tenido una buena base de geografía e historia. Aprendí las comarcas, los ríos y algo de historia de Cataluña pero creo que me hubiese sido útil aprender más sobre España, Europa, el mundo y las relaciones entre sus países.
La dinámica de las clases y los exámenes no favorecían la creatividad de los alumnos. No encontré ningún profesor o profesora que me enseñara que la poesía necesita tiempo para llegar a abrazar la belleza de su significado, que en un lienzo el artista plasma muchas veces el estado de su alma, que en una pieza de música se puede encontrar la voz de la humanidad o incluso entrever destellos de divinidad.
En cuanto a la divinidad, aprendí poco de religión. Ya no solo de los valores del cristianismo (altruismo, gratuidad, humildad) sino también de sus símbolos histórico-​culturales. Aquellos símbolos que aparecen luego en el arte, que forman parte del inconsciente colectivo de la cultura a la que pertenezco.
Echo de menos también haber disfrutado durante la infancia de un espacio de reflexión sobre mi condición de ser humano, limitado en el tiempo, de persona que se hace preguntas, que tiene miedos y esperanzas más allá de la propia dimensión individual. Creo que estos planteamientos más filosóficos pueden ya acercarse a los niños si se adaptan de una manera apropiada.
Y terminaré con lo que considero más importante, lo que en mis años de EGB me costó siempre más, lo que más me afectó y que nadie me enseñó: saber relacionarme, aceptar que me hacía mayor, coger seguridad en mí misma, comunicarme, gestionar mis emociones, ser flexible, adaptarme a los cambios, disfrutar de la soledad y de la compañía. Me hubiese ido muy bien que los profesores me enseñaran que la inteligencia era también todo lo que acabo de enumerar y no solamente la memoria, la resolución de problemas concretos o la capacidad de relacionar conceptos.

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