Que comer con los dedos da sabor

Javier Melloni
De pequeño no me enseñaron que ir descalzo permitía tener un contacto directo con la tierra, con la hierba o con la arena, privándome de energía sanadora; no me enseñaron que los dedos de los pies quedaban prisioneros en unas medidas estándar que vendían en las tiendas; ni que ir calzado o descalzo debería tener más que ver con la sacralidad de los lugares que con las etiquetas o con el instinto de protección.
No me enseñaron que comer con los dedos daba un sabor más directo a los alimentos; no me dijeron que los cubiertos, si bien evitaban ensuciarse las manos, la ropa o el mantel, se interponían como una mediación metálica ante los productos de la naturaleza; que las forcas de los tenedores y el tajo de los cuchillos permiten desgarrar la carne sin implicarse.
De pequeño no me enseñaron que sentarse en el suelo sin necesidad de sillas, taburetes o sillones permite estar a ras de tierra, junto con los demás, sin diferencias de alturas que nos separen. No me enseñaron que el mejor soporte es la posición del cuerpo y que el cuerpo es el asiento más cómodo y fácil de transportar.
De pequeño sí me enseñaron que la exquisitez de la educación consiste en tener en cuenta a los demás; sin embargo, había tantas normas para ello que con frecuencia uno se olvidaba de qué era lo esencial.
Tantas mediaciones alejaban de la inmediatez del contacto con la Vida; se descuidaron de enseñarme que se puede beber directamente de ella sin vasos ni copas, porque hay un Manantial que brota puro de las cosas y que se puede beber directamente de él.
Lo mismo me pasó con la religión: de pequeño me hablaron tanto del absoluto de nuestra mediación que me costó esfuerzo descubrir que otros, por medio de la suya, llegaban al mismo lugar. Sin embargo, otras muchas cosas me enseñaron de pequeño que me constituyen sin saberlo y que me hacen ser la persona que hoy soy.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad