Es una farsa

Joan Guasp
La cortesía no es ni ha sido nunca una necesidad. En todo caso, ¿una necesidad para qué? Pienso que la cortesía es y ha sido, y seguirá siendo, una especie de camuflaje, de exageración, de forma externa de comportamiento que difiere del comportamiento interior. Yo siempre sospecho ante las formas corteses. Lo que valoro es la sencillez, la naturalidad. La cortesía es el personaje femenino de una mala comedia humana que nos indica lo contrario de lo que aparenta. Es cierto que prefiero la cortesía a la sinceridad, pero aún así me disgusta. Puede que una conducta cortés no muerda tanto como una conducta sincera, pero empalaga. A mí, que la veo venir de lejos, me produce aversión y aburrimiento. Nada hay más vulgar que la reiteración de la cortesía. Si se usa, debe hacerse con cuentagotas, pues no deja de ser una pose, una mala imitación de la urbanidad y el decoro.
No estoy de acuerdo en que la cortesía sea elegante e ingeniosa. Todo lo contrario: es una farsa mal ejecutada. Sea como sea, siempre es un fingimiento, y para fingir sin que se note uno tiene que ser un ángel o un superdotado. Si finges, hazlo con sinceridad: ésa sería la receta aforística para un buen comportamiento cortés. Por la sencilla razón que no escondería su condición de comediante.
Personalmente, para divertirme un rato, me comporto cortésmente. O bien se ríen de mi en el acto, o bien me río yo más tarde al quedarme solo, algo que no es tan fácil como todo cortesano sabe. Joubert, el gran Joubert, decía que quien no es suficientemente cortés no es suficientemente humano. No deja de ser un pensamiento envuelto en ironía socrática. Estoy seguro.
Contemplad las pocas monarquías europeas que quedan aún: todas ellas son ridículamente corteses. ¿Por qué? Porque si los reyes y las reinas, los príncipes y las princesas, no se comportaran cortésmente con los demás, serían mucho más insoportables de lo que ya lo son. Se acabaría de una vez por todas con sus absurdos privilegios. En el fondo, actúan como actuaban antes sus bufones, y eso es lo que les da de comer: el espectáculo grotesco que ofrecen.
Bien, podríamos poner otros muchos ejemplos: en las jerarquías religiosas de cualquier raíz y color. Incluso –más que incluso – , en el propio Vaticano. Vanidad de vanidades y todo es vanidad. (De vanidad está construido este artículo).

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