La fidelidad al perdedor

Joaquim Gomis
Ya sé que la cuestión no apasionará a la mayoría de lectores. Como cuando lo anuncio tímidamente en la redacción de la revista, veo que no apasiona a quienes la dirigen. Pero es de algún modo una penitencia que me impongo después de confesar mi pecado: mi pecado ha sido a lo largo de mi vida esconder o por lo menos callar que soy un convencido seguidor del Espanyol. Es decir, del equipo de fútbol menor de esta ciudad de Barcelona, sin ninguna capacidad de competir en fama y éxitos con el rival, aquel que además de llevar el nombre de la ciudad es conocido en todo el mundo y además, aquí, parece casi obligatorio, de catalán bien nacido, ser barcelonista mientras ser españolista (“periquito” en el argot) merezca como máximo una sonrisa de perdón.
O de conmiseración. Porque somos un equipo habitualmente perdedor. Es verdad que hemos ganado un par de copas del rey y otro par de veces hemos llegado a la final de alguna competición europea. Pero no es lo normal: lo normal es padecer por no bajar a segunda división, cosa que este año parece inminente, este año en que precisamente inauguraremos un campo nuevo (“tendréis el mejor estadio de segunda división”, es la broma que uno debe tolerar una y otra vez estos días). Resumen: ser fiel al Espanyol es ser fiel a un perdedor. Por eso quería hablar aquí de ello. No es una página de mi diario dedicada al fútbol, sino a la fidelidad. Una fidelidad que vista ahora desde la perspectiva de los 78 años que cumplo uno de estos días –nací seis días después de la proclamación de la república, dicen que mi nacimiento se retrasó, pienso que fue porque quería nacer republicano– creo que tiene su mérito, su gracia.
Aunque no sea nada excepcional. Es frecuente en el mundo del fútbol la fidelidad al club del que uno es seguidor. Quizá sea de las pocas cosas con mérito y gracia de este mundo del balompié (si se me permite usar esta palabreja que después de la guerra civil se quiso instaurar sin ningún éxito para sustituir al anglicismo fútbol). Pero es un mérito y gracia mayor en quienes nos hemos apuntado a un club perdedor. Apuntarse y ser fiel al sufrimiento, no todos los futboleros pueden decirlo. Y lo hacemos con sencillez, con convicción, incluso muchos con bastante dosis de humor. Que uno no sabe de qué viene, qué motivos lo explican. Perder o que los directivos no siempre sean los mejores o que haya quien considere que ser del Espanyol significa ser un mal catalán, no nos afecta demasiado. Somos fieles por sentimiento y convicción, incluso con cierto orgullo por haber escogido una causa no exitosa.

EL MISTERIO INICIAL
Como decía, no sé qué motivos me llevaron a ser seguidor del Espanyol. Hará un par de años me sorprendió que una simpática y competente chica que trabajaba –y sigue colaborando– en las revistas de esta casa, Anna Roig, fuera también del Espanyol. Le pregunté porqué y me respondió sonriente: “Porque algo debe significar la opción por los pobres”. Ahora me apuntaría a la respuesta, pero no creo que pensara en ello en mi adolescencia. Una leyenda familiar decía que fue mi padre quien me inclinó hacia este equipo para fomentar la diversidad entre los hermanos, ya que Lorenzo y Juan eran del Barcelona. Creo que es una leyenda falsa ya que no recuerdo que ellos fueran especialmente barcelonistas; sí que habíamos ido los tres, primero con mi padre, luego solos, al campo del Barça, pero pronto abandonaron. En cambio yo seguí, pero acudiendo al campo del Espanyol. Quizá porque algunos de mis amigos de colegio jugaban en el infantil, o porque me resultaba más barata la entrada.
Lo que sí recuerdo y lo recuerdo como algo muy vivo aún ahora, es que ello significó sumergirme en un mundo distinto del que hasta entonces había vivido. Iba, solo, a lo que entonces se denominaba “general”, la entrada más barata y popular, y debía tener unos quince años. Y allí conviví con un público adulto que no pertenecía a mi clase social, con él me unía la apuesta por el Espanyol, el sufrir y el animar, que gustaban de ver un casi crío que ellos debían ver distinto, convertido al club sin saber porqué. Allí, entre aquellos hombres de la gradería de general, en pie, se sembró mi fidelidad al club. Incluso llegué a hacerme socio, hasta que entré en el seminario, pero sigo conservando –ya no sé donde– los arrugados carnets. Como conservo la honda fidelidad a mi club, a su gente.
Por eso, todos los martes, lo primero que hago al comprar La Vanguardia es leer el artículo del excelente periodista que es José Martí Gómez, a quien no conozco pero con quien comparto esta y otras convicciones, y por ello siento cercano. Es algo excepcional porque la prensa de Barcelona, la general y la deportiva, dedica páginas y páginas al Barcelona, y sólo luego una limosnita al Espanyol. Por eso hallar un excelente y sentido comentario, en el que no falta el humor, dedicado al Espanyol, se agradece y uno se siente como de la familia. Igual me sucede con un par de curas de Barcelona: nadie lo pensaría porque son de origen popular, catalanistas, progresistas, inteligentes, pero además sorprendentemente son del Espanyol. Por eso, para mí, además de otros motivos, con ellos me siento especialmente cercano. La fidelidad con el perdedor es como un hondo vínculo familiar. No sé, no suele saberse, cómo o por qué nació, pero luego no se pierde. El misterio inicial se convierte en misterio permanente.

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