Mi biblioteca de inteligencia emocional

Arturo Tendero
Arturo Tendero (Albacete, 1961) estudió periodismo y teatro en Barcelona y es profesor de educación física y escritor. Ha publicado obras en prácticamente todos los géneros aunque quizá sea más conocido como poeta. Sus últimos poemarios son Adelántate a toda despedida (Pre-​textos, 2005), La memoria del visionario (Visor, 2006) y Cosas que apenas pasan (Hiperión, 2008). Escribe una columna semanal en el diario La Verdad y mantiene el blog El mundanal ruido (artic​u​los​deartur​o​ten​dero​.blogspot​.com).

Cada cierto tiempo, alguien me pregunta qué hace un profesor de educación física escribiendo poesía, como si ambas fueran ocupaciones irreconciliables. A veces el propio interrogador se responde a sí mismo; se dice, claro: mens sana in corpore sano, dando por hecho que la poesía es en sí misma mens sana. Otra asociación curiosa, aunque no desencaminada. Cuando no tengo más remedio que contestar, suelo citar a Antonio Machado, que tuvo la perspicacia de situar a su heterónimo Juan de Mairena como profesor de gimnasia en un instituto en el que también impartía fuera de horarios clases de retórica. Eludo comentar que el bueno de Mairena abominaba de la gimnasia que le daba de comer. Yo no.
El caso es que, tal vez por un instinto de coherencia, me he pasado muchos años buscando un nexo convincente entre poesía y educación física. Primero lo intenté por el camino del teatro, donde se unen la acción y el texto. Me especialicé en expresión corporal, que es la frontera un tanto aséptica entre mi asignatura y el arte de Talía. Empujado por las supuestas novedades programadoras de logses, loes y sucesivas leyes educativas españolas, me afanaba por incorporar a la expresión corporal objetivos que les fueran útiles a mis alumnos de bachillerato, no para la escuela, sino para la vida, como propugnaba Séneca. Objetivos controlables, medibles.
No los hallé pero tampoco me rendí, hasta que empezó a sonar eso de la inteligencia emocional, un invento de Daniel Goleman, que bautizaba así un conjunto de intuiciones que superaban la psicología y que se nos escurrían de entre los dedos sin que fuéramos capaces de capturarlas del todo. Aún se siguen escabullendo. Dicen que el cambio consiste en que las emociones pueden ya medirse. Pero son pueriles los métodos de autodiagnóstico, tan imperfectos que ni sus propios autores se los creen. Y en cuanto a la observación de impulsos cerebrales a través del TAC, todavía no se ha inventado un TAC de bolsillo para utilizarlo en clase y además es contradictorio porque ya hay experimentos que demuestran que se iluminan zonas cerebrales que todavía no han entrado en acción y que tal vez se preparen para entrar.
De modo que no hemos avanzado mucho, pero al menos ya sabemos que la vida real, la de la calle, vincula la poesía y la expresión corporal a través de las emociones. La poesía intenta cifrar emociones en palabras dotadas de ritmo, que nos permitan recuperarlas con la lectura. La expresión corporal puede servir, entre otras cosas, para entrenarnos en la toma de conciencia, el control y la comunicación de nuestras emociones, de cara a reaccionar con más acierto en nuestras relaciones y de este modo acercarnos más a nuestra felicidad y a la de quienes nos rodean. Más bonito que fácil.
Así que, en fin, aquí seguimos, inmersos en el intento de conciliación. Goleman publicó su libro en 1995, dando nombre a la nueva disciplina. Diez, quince años es poco tiempo. Aún estamos todos buscando métodos de aplicación directa. La invitación de El Ciervo me ha servido para poner en orden los libros que he ido releyendo en este tiempo y seleccionar aquellos que, desde mi experiencia, parecen más centrados. Seguro que cualquier otro podría barajarlos de manera distinta. De lo único que estoy seguro es de que la mens sana, o sea el equilibro de las emociones (en la cita latina de Juvenal) puede ser el nexo perseguido entre poesía y educación física.

Daniel Goleman,
Inteligencia emocional
Un tío listo que supo aprovecharse de trabajos dispersos de investigadores como Gardner o Salovey, juntarlos y ponerles una etiqueta fácil de vender. Escrito a la manera del ensayo estadounidense, que mezcla anécdotas y ciencia, se lee con facilidad. Además es útil para situarnos, desde su entusiasta desorden, con afirmaciones como “todos los sentimientos son adecuados; todas las reacciones no”. Su segundo libro, en cambio, no me parece que aporte novedades.

José Antonio Marina,
El laberinto sentimental
Yo a Marina lo leí antes que a Goleman. Soy un forofo de Marina, que me parece un divulgador excepcional. Podría haber puesto aquí cualquier otro de sus libros, como El misterio de la voluntad perdida (1997). Además, me parece importante disponer de una panoplia de los sentimientos para poder llamarlos por su nombre, aunque no se den de manera aislada. Marina nos regaló con Marisa López Penas un Diccionario de los sentimientos (1999), que contiene una taxonomía afectiva que los agrupa por familias. En El laberinto sentimental y otros libros da detalles de cómo funcionan.

Elias, Tobias y Friedlander,
Educar con inteligencia emocional
Es el libro que más me convence hasta la fecha de cuantos aplican las dispersas teorías en la educación. Contiene, entre otras cosas, juegos para identificar sentimientos, una guía para resolver problemas y técnicas para fomentar la expresión de las emociones. Y además centra la atención en problemas familiares cotidianos, con ejemplos concretos, como las batallas con los deberes y las peleas con los hijos a la hora de acostarse. Yo he sacado algunas ideas también para el instituto, que me han dado mejores resultados que en casa, como suele ser habitual.

Sebastià Serrano,
Comprendre la comunicació
Otro autor al que le tengo cariño, tal vez porque me sirve para entrenarme en la lectura del catalán, idioma que aprendí durante la carrera y que me trae emocionantes recuerdos. Serrano aborda la cuestión desde una perspectiva etnológica, es decir, que intenta reconstruir los impulsos que dieron lugar a la aparición de los sentimientos y la utilidad que han tenido en la perpetuación de la especie. Explica que también ha habido un proceso de selección natural de las emociones, con el que se han ido depurando las reacciones útiles y eliminando las inservibles. Ignoro si puede encontrarse en castellano, pero merecería que así fuera.

Carmen Gentil y Victoria Laá,
La astucia social
Me enamoré del libro desde el título, que me parece magnífico. En realidad es una guía para mejorar las habilidades sociales, que son las reacciones apropiadas a cada una de nuestras emociones cuando entramos en contacto con los demás. Que parezca de Perogrullo no quita que haya que seguir entrenando los componentes no verbales (como la mirada), los paraverbales (como el volumen de voz) y los verbales (como saber escuchar), en situaciones como empezar una conversación o dar cumplidos o recibirlos. Saco muchas ideas para mis clases.

Gallego, Alonso, Cruz y Lizama,
Implicaciones educativas de la inteligencia emocional
Es un libro de texto en el que los autores intentan sintetizar las conclusiones que se han ido prodigando desde Goleman hasta nuestros días. Está dirigido a profesores. Ordena muchos de los hallazgos del propio Goleman y los agrupa en torno a cinco elementos: autoconciencia, autocontrol, motivación, empatía y habilidades sociales. Luego dedica dos capítulos a la inteligencia emocional en los niños y jóvenes y en el trabajo. El único problema es que a la hora de medir las emociones se empeñan en utilizar test de dudosa validez, en mi modesta opinión. Sin embargo, a mí me fue útil para ordenar las ideas dispersas.

David Servan-​Schreiber,
Curación emocional
Hace poco le leí una entrevista en la que lo trataban como a un gurú hippy. Me topé con su libro en uno de esos viajes en los que de pronto te encuentras sin nada que leer y lo devoré en el tren. Propone medidas para actuar sobre las emociones desde el cuerpo porque asegura que es más fácil hacerlo así que a través del lenguaje. Repasa métodos y describe ejercicios para metabolizar el dolor y recuperar lo que él llama la coherencia. Tiene algo de libro de autoayuda, pero es que todos los que giran sobre este tema están en el filo de serlo. No me extraña que algunos lo consideren un gurú.

Pedro Hernández ‘Guanir’,
Los moldes de la mente
Más allá de la inteligencia emocional, dice el subtítulo. Y verdaderamente, el primer empeño de este polifacético psicólogo canario es demostrar que las emociones no están solas, sino que intervienen mezcladas con conocimientos y conductas. Que reaccionamos siempre igual cuando las cosas pintan feas y que las posibles reacciones no son infinitas. Guanir las ha enumerado, descrito y agrupado en moldes y asegura que se pueden modificar. Me costó trabajo hincarle el diente porque la segunda parte propone un detallismo demasiado minucioso, pero dejando esa parte para los terapeutas, cada vez me gusta más.

Elsa punset,
Brújula para navegantes emocionales
Es una especie de resumen de lo que se ha desarrollado a partir del libro de Goleman, aplicándolo al proceso de la vida humana, con especial enfoque hacia la educación en las distintas edades. Las emociones tienen una lógica, asegura. Trabaja el manejo de la ira y las diferencias emocionales entre sexos, entre otras muchas cosas. Espero que en el libro que está preparando sepa rematar los temas que apunta en este primero. La base de su filosofía es que podemos cambiarnos a nosotros mismos en cualquier momento de nuestra vida, si nos lo proponemos y nos ejercitamos lo bastante.

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