La complejidad de lo humano

Margarita Benedicto
Pocos asuntos habrá que, requiriendo tanto de la sutileza y riqueza de matices, se vea tan groseramente sometido a los envites de las emociones no tamizadas por la reflexión y a la manipulación ideológica, como el del aborto. Ni el feto, ni mucho menos el embrión, es un niño que gatea, como parece que quiere hacernos creer la Conferencia Episcopal, ni es tampoco un “coágulo de sangre” como tuvo la osadía de escribir en un periódico nada menos que un catedrático de Derecho Penal, hace ya años. Ni tratándose de la vida concebida y no nacida parece que pueda hablarse sin más del “derecho al propio cuerpo”, ni tildarse de asesinato la interrupción voluntaria del embarazo. Sería exigible mucho más rigor y continencia verbal en aquellas personas e instituciones que tienen la responsabilidad de modelar la opinión pública cuando hablamos del valor de la vida incipiente, de los sufrimientos y aspiraciones de las mujeres más vulnerables, de la maternidad y sus contradicciones.
Empecemos por la biología. No parece que sea ésta la que pueda decir nunca la palabra definitiva sobre el aborto, porque la vida es un continuum desde la fecundación a la muerte y está en perpetua transformación, de modo que el cigoto no es igual al embrión, ni éste al feto. Pero tampoco el recién nacido tiene la misma consciencia, ni las mismas capacidades mentales de un adulto, ni éste las de un anciano con demencia, y sin embargo la vida de los tres está protegida de igual modo por las leyes. El nacimiento, desde el punto de vista biológico, es un cambio más, todo lo importante que se quiera, pero que no es lógico que condicione rígidamente a la ética, ni al Derecho. Todo intento de establecer un límite biológico indiscutible entre lo que es y lo que no es vida humana durante su desarrollo está condenado al fracaso.
¿Podrá entonces aclararlo la medicina? Existen una cierta credulidad y beatería en lo referente a las supuestas verdades médicas, pero los que nos dedicamos a esto sabemos con cuánta frecuencia las decisiones que se toman en un hospital son incongruentes e irracionales, basadas en creencias tan discutibles como otras, o lo que es peor, en intereses más o menos inconfesables. Y así, por lo que respecta a la viabilidad fetal, es decir, al momento de la gestación en que el niño puede sobrevivir fuera del vientre materno, se trata de un límite cambiante, que está al albur de la tecnología y los conocimientos de los médicos que asistan en cada caso al nacimiento. El niño sobrevive fuera de la madre, pero no fuera de un impresionante montaje tecnológico que lucha por su vida sin garantizarle la salud. ¿Qué decir entonces de la terrible paradoja de que se provoque el aborto por un pequeño riesgo de malformación fetal, como ocurría hace unos años en las mujeres que habían sufrido una toxoplasmosis en el embarazo y sin embargo se empleen costosísimas técnicas de reanimación para mantener con vida a un recién nacido extremadamente prematuro que tiene un riesgo muy superior de sufrir secuelas neurológicas graves? En ambos casos se habla de un éxito de la medicina. Para la medicina todo son éxitos. Pero ¿quién decide? ¿Cómo se informa a los padres? ¿Es todo transparente? ¿No existe la manipulación?
No, la medicina no ofrece respuestas, sino preguntas más y más perplejas. Es la sociedad en su conjunto, una sociedad madura e informada, que debate y se interpela, la que puede y debe tomar las decisiones más pertinentes. Decisiones que, como todo lo humano, serán discutibles y revisables y en ningún modo verdades incontrovertibles.
El aborto es un mal. Un mal moral. Un mal social. Lo primero que tendría que hacer una sociedad decente sería intentar reducir su número por todos los medios. Pero ¿lo estamos haciendo?
En España los métodos anticonceptivos son caros. La anticoncepción hormonal, uno de los avances sanitarios más revolucionarios del siglo xx, a diferencia de los demás medicamentos, incomprensiblemente no está financiada por el Sistema Nacional de Salud, como si evitar embarazos no deseados no fuera una prioridad. Además, tampoco se combate su desprestigio entre las clases populares, desprestigio cimentado en falsedades que fueron moneda corriente durante los años del oscurantismo clerical del franquismo. No existen campañas televisivas que expongan las ventajas de la anticoncepción hormonal. Tampoco gratuidad y fomento del uso de preservativos entre adolescentes.
Por lo que respecta a la educación, tampoco parece que la sociedad española pueda recibir un sobresaliente. El manido discurso que habla de la falta de información, o que nos dice que ninguna mujer aborta por gusto y a la ligera, ya no cuela. Tampoco el que conduce bebido atropella a nadie por gusto y sin embargo sabemos que ha actuado irresponsablemente. Y se lo echamos en cara ¡penalmente!
La sexualidad no es solo una diversión. Cuando se ejerce irresponsablemente tiene sus consecuencias negativas. Que no solo son embarazos indeseados, sino enfermedades de transmisión sexual, manipulación, abusos. Es tal la alergia que sentimos antes las ideas de culpa y pecado que hemos dejado a la intemperie, sin reflexión, una parte muy importante de la subjetividad humana, aquella que se pregunta por las consecuencias de sus actos y se pide cuentas por los daños causados. ¿Es que todas las relaciones sexuales son maravillosas? ¿Nadie nunca ha sido herido, humillado, usado? ¿No hay irresponsabilidad? ¿No hay violencia?
El aborto en algunas ocasiones es un mal menor. Es indiscutible que algo como la maternidad, que debe movilizar lo mejor de nosotros, no puede ejercerse bajo coacción. Y para mí, es también indiscutible que el aborto no puede ser castigado penalmente, sino legalizado dentro de unos límites. Si siempre habrá embarazos no deseados y mujeres que deciden interrumpirlos, la sociedad debe movilizarse para que sea acompañada, asesorada y para que finalmente sea ella la que decida sin coacciones. Los médicos no tenemos nada que decir. Es hipócrita e inmoral que extendamos certificados de grave riesgo para la salud psíquica, cuando no hay nada de eso. Mi opinión es que una vez informada de las posibilidades por instituciones sociales creadas a tal efecto, debe poder abortar en un plazo no superior a las 14 semanas, y no de forma gratuita. La sociedad no debe aceptar la irresponsabilidad aún mayor de un retraso en la decisión, ni debe fomentar el aborto, corriendo con todos los gastos, salvo en algunos casos muy concretos.
En cuanto a la eugenesia, los problemas se multiplican. La sola palabra, aunque la hipocresía al uso se resista a llamarla así, provoca sudores de evocación nazi. Por ejemplo, ¿qué es una malformación grave? ¿Quién decide qué vida no merece la pena ser vivida? ¿Quién informa y cómo? Me consta por mi profesión que se han cometido y se seguirán cometiendo abusos y arbitrariedades. Las asociaciones de discapacitados ya se han movilizado y han dejado oír su voz. ¿Quién le pone el cascabel al gato? Yo no tengo respuesta.

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