¡Cuidado con Portugal!

Joaquim Sala-​Sanahuja
Tiempo atrás fui al notario. Ir al notario no es un hecho banal: hacer testamento, comprar una casa, aceptar un legado, son actos importantes en la vida de una persona. Y la corbata, las formalidades, son signos que enmarcan, que designan esa importancia. Por eso me sorprendió ver en la sala de espera a un individuo vestido con camiseta coloreada, calzón corto y chancletas. Era visible que al personaje playero las formas le tenían sin cuidado. De hecho, observo una tendencia generalizada a descuidar las formas, y el hombre que esperaba su turno quizá para hacer testamento era sólo un indicio de esa desidia. La indistinción formal entre lo esencial y lo accesorio, el desprecio de cierta solemnidad, se han ido abriendo camino en nuestra sociedad. Cabe decir, sin embargo, que no en todas las culturas sucede lo mismo ni del mismo modo.
Lo poco que conozco de Madrid me confirma esa tendencia a la indistinción: el trato con desconocidos, casi siempre muy afable, está salpicado de fórmulas de cortesía: que a uno le traten de “caballero” o que le repartan abrazos y halagos una y otra vez liga mal con el tuteo que aparece también –según observé– con cierta facilidad, en una especie de eclecticismo casi posmoderno. A los catalanes, que somos secos –eixuts – , nos sorprende por lo menos esa mescolanza de lenguaje de corte –la “cortesía”– y de lenguaje plebeyo. Claro que Josep Pla, en su célebre entrevista con Joaquín Soler Serrano, ya nos calificaba de “groseros”: para nosotros sólo existía el “señor”, y aún. A mi abuelo, que era una persona respetable, siempre le llamaron “senyor Quimet”, un aumentativo seguido de un hipocorístico con diminutivo. Y yo siempre le besé la mano, un gesto cuyo sentido mis estudiantes hoy desconocen.
A esos mismos estudiantes, en vísperas de viajar al extranjero para uno de esos intercambios, les doy mis pequeños consejos: en Francia, nada de tutear a los profesores, como hacen aquí. Y que adquieran el hábito de estrechar la mano, de disculparse con frecuencia. Francia, que fue el primer pais igualitario –por lo menos sobre el papel – , democratizó la cortesía por lo alto. Lo mismo sucede en Italia o en Portugal. !Cuidado con Portugal! En círculos burgueses, si se me permite la terminologia dieciochesca, la etiqueta inglesa es de rigor. Lisboa es un dechado de seriedad y de cortesía, de cortesía seria, porque más que una corte fue la capital de un imperio, y la etiqueta tiene mucho de imperial. A los que van a Portugal les recomiendo siempre la lectura de L’home ben educat y La dona ben educada, dos manuales de urbanidad distinguida que escribió en los años treinta un tal Myself, seudónimo de Josep Maria Capdevila. Sólo así sabrán, per ejemplo, que esa tarjeta doblada por la punta que siempre dan los portugueses responde a una norma de alta educación. Y que llamar doutor a una persona es un simple halago: el doctor de verdad se escribirá abreviado: dr., o más bien excelentissimo senhor dr. A mí, que soy doctor, oír que así me llaman no me parece halago sino reconocimiento, pues esfuerzo me costó el título. Como comprenderán, a mí me gusta mucho Lisboa.
Dejé el Japón para el final. Por razones familiares, trato a diario con japoneses, e incluso viajo al Japón con relativa frecuencia. No me extenderé en mi admiración. Faltan palabras para designar los gestos, las sutilidades de la cortesía japonesa. A su lado, nosotros somos bárbaros, como decía Henri Michaux, y los americanos todavía más. Y a la vuelta, sólo bajar del avión, en el Prat, ya nos embarga la sensación bochornosa de encontrarnos entre Atila y los hunos.

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