El Papa Juan Pedro I sorprende al mundo

Pedro Miguel Lamet
El guardia suizo me miró sorprendido: “No, el Papa ya no vive aquí. Nada más elegido, decidió marcharse al Trastevere. Esto se ha convertido en un museo”. “¿Y los cardenales, las oficinas de la curia, el Estado Vaticano?” –pregunté. “¡Uy, eso lo ha disuelto todo!”
Me apresuré a comprar un periódico para salir de mi ignorancia, pues había estado un mes retirado en un monasterio. Decía: “El nuevo papa Juan Pedro I sorprende al mundo. En un gesto insólito ha declarado: ‘Comprendo que es muy duro para mis electores, el cuerpo diplomático, los nuncios y cuantos ostentaban el poder y la gloria de la vieja Iglesia. Para los dicasterios y sus trabajadores he dispuesto una salida laboral: una comisión que creará una gran ONG, que se volcará en remediar en lo posible el hambre en el mundo. En su beneficio se abrirán los palacios como un gran museo artístico e histórico. La Santa Iglesia arrastra mucho lastre a través del tiempo. He despedido a todos mis policías y guardaespaldas. Viajaré por el mundo predicando la Buena Noticia, nunca con honores de jefe de Estado. En adelante mi única fuerza será la Palabra del Señor. Invito a todos los pastores del mundo que se conviertan a Jesús de Nazaret y se unan a mí. Pedro vuelve a ser Pedro’”.
El periódico italiano añadía que la decisión del Pontífice había causado tal estupor que algunos sectores de la Iglesia amenazaban con un cisma, pues decían que no podría subsistir sin curias, códigos de derecho canónico, tribunales y nunciaturas. A los pocos días decidí visitar al osado Papa. Pregunté por él en el Trastevere. El dueño de una trattoria me dijo: “Vive en ese piso de la esquina. Pero él no está aquí, ¿sabe usted? La gente, los periodistas, no le dejaban en paz y se ha largado. Dicen que anda predicando el Evangelio en un suburbio de Belo Horizonte, en Brasil”.
Regresé a Madrid pensativo. ¿Qué iba a ser de la Iglesia de Dios sin la burocracia del Vaticano, sin la Doctrina de la Fe, el tribunal de la Rota, los guardianes de la ortodoxia? ¿A quién pedirían orientación los obispos? ¿Podrían ahora comulgar los divorciados? ¿Serian ordenadas las mujeres? ¿Qué iba a ser de la Iglesia sin un poderoso jefe que prohibiera puntualmente las relaciones prematrimoniales, el uso del preservativo y la píldora, sin nadie dedicado a excomulgar?
En los telediarios escuché voces discrepantes: “Esto es el caos, se ha cargado veinte siglos de historia. El pastor ha abandonado a sus ovejas. Los hombres de bien hemos de unirnos contra ese hereje que ha roto los diques del dogma, la tradición y la moral. Ahora tendremos que decidir por nosotros mismos”.
A los pocos días un atrevido equipo de informadores, adentrándose en lo más recóndito del Amazonas, logró dar con Juan Pedro I. “Santidad, ¿ignoráis lo que habéis provocado con vuestras decisiones?” El Papa, sentado en una barca predicaba a una tribu indígena. Sonrió y dijo: “Felices los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Si queréis poder, honores, cambiar las leyes de los Estados, amenazar con condenas de excomunión, no acudáis a mí. El Papa sólo os hablará de amor, de perdón, justicia y misericordia. ¿De qué nos ha servido convertir la Iglesia en un castillo a la defensiva y la palabra en piedra arrojadiza contra la frente de los incrédulos? Convenceos: increyentes, abortistas, homosexuales, miembros de otras religiones o agnósticos sólo encontrarán en mí a un hermano, pues el que esté libre de pecado que lance la primera condena”. Muchos se conmovieron con estas palabras, y no pocos fieles apartados, jóvenes y disidentes regresaron a la comunión eclesial.
A las pocas semanas un comando de sicarios lo ametralló a la salida de un café de San Salvador. Reunido el cónclave, eligió un nuevo papa, “como Dios manda”, que reabrió la curia y los dicasterios. Roma volvió a ser Roma. Pedro dejó de ser Pedro.

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