En vez de irme, quedarme

Joan Guasp
Hay quien se muere de ganas de viajar. Ya sé que es una manera de decir, pero esa es la verdad. Son muchos los que desean que sus vacaciones lleguen pronto para irse de viaje, para salir de viaje. Irse. Salir. Y no está mal. No seré yo quien critique tan natural manera de ser del hombre actual. Yo mismo a veces siento deseos de irme. Y no me muevo. Me quedo quieto donde estoy. Aguarda, espera, me digo, ¿adónde quieres ir? ¿Te lo has pensado bien? ¿Por qué quieres marchar a otros lugares, a un sitio lejano, a una ciudad desconocida? ¿Por qué? No lo sé. La verdad es que no lo sé. Para conocer otros paisajes, otros rostros, otro mundo.
Eso de irme me detiene. Eso de salir no me seduce del todo. Me pregunto si no es mucho mejor, en vez de irme, quedarme; y en vez de salir, entrar. Para contestar esta sencillísima pregunta no sé si ir a buscarla o si quedarme a esperarla. La vida misma, en la que todos andamos metidos, no nos da la respuesta en ninguno de sus viajes, porque la verdad más aproximada es la que nos dice, algo groseramente, que no sabemos adónde vamos, ni si vamos a alguna parte, ni si este viaje, por exterior o interior que sea, tiene final, o fin, o finalidad. Por mucho que viajemos no sabremos nunca –eso de nunca también es un decir– por qué lo hacemos, ni hasta cuando lo haremos. ¿Viajaremos hasta que la muerte nos separe del viaje o la muerte forma parte del propio viaje? Magnífico resulta no tener una respuesta adecuada a esta pregunta. Entonces: ¿Por qué viajar? ¿Para qué? ¿Y por qué no hacerlo? ¿Por qué no viajar al exterior? ¿Por qué hacerlo al interior?
Fernando Pessoa, en el Libro del Desasosiego, firmado por su heterónimo Bernardo Soares, se burlaba de los viajes que la gente realizaba. ¿Para qué ir a Estambul a ver una puesta de sol? Le parecía ridículo. Las puestas de sol son bonitas desde cualquier esquina de nuestra propia calle, o contemplándolas desde una pequeña ventana de nuestro humilde hogar. ¿Acaso la naturaleza se va al extranjero?, se preguntaba Robert Walser.
Yo, que viajo poco y no demasiado lejos de mí mismo, no noto la ausencia de estas salidas. Me encuentro muy cómodo así, y que nadie piense que no viajo por economizar, por no pagar un billete de avión o una suite de hotel. De ninguna manera. ¿Existe mejor suite que la que cada uno de nosotros tiene instalada en su interior? Y tampoco es que resulte gratis viajar al interior de uno mismo, porque a menudo uno se encuentra con desconocidos que le dirigen preguntas absurdas, que le desconciertan, que quieren saber quién eres. Pero, a base de viajar y viajar por las alcantarillas de tu espíritu, te adaptas al paisaje, a la luz y al desconcierto. Y se produce el milagro de convertirse todo cuanto ves y experimentas en admirable y prodigioso, como cuando Alicia viajó al País de las Maravillas. Es entonces cuando uno se alegra de haber entrado en lugar de haber salido, porque se encuentra con un luminoso estanque de paz y placer difícil de describir. Sólo le cabe exclamar: valía la pena. ¡Valía la pena!

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