Mi biblioteca de 1929

Francisco Alba
En 1929 acontecieron dos sucesos que desde mi punto de vista mantienen una secreta relación: el crack de Wall Street, primera catástrofe del capitalismo, por un lado, y por otro la confirmación empírica del modelo cosmológico que postula un universo en expansión. Nueva York fue el epicentro del seísmo económico; en California estaba emplazado el telescopio que utilizó Edwin Hubble. Interpreto estos acontecimientos, aparentemente inconexos, de la siguiente forma: el hombre actual ha perdido su lugar en la tierra (individuo anulado entre la masa, sometido a vastas fuerzas impersonales) y en el cielo (universo dinámico donde las galaxias son la metralla de una Gran Explosión).
Entramos en el puerto. Nos alumbra la Estatua de la Libertad. Largas colas de inmigrantes en la aduana. Vomitan los transatlánticos sus miles de familias. Los ojos como platos. Una babel de lenguas: italiano, polaco, alemán, yiddish, ruso, español. Broadway. La Quinta Avenida. Carteles luminosos (¿es la luna, o es un anuncio de la luna?). Wall Street. Agitación. Ruido. Desintegración.
Como si los cielos quisieran acomodarse a esta insomne y monstruosa ciudad descubrimos que las galaxias se alejan en todas direcciones con un movimiento acelerado. Ese hallazgo presupone teles­copios colosales, inmensos horizontes, vastas muchedumbres, mataderos industriales, factorías de automóviles, nubes de acero, ríos caudalosos detenidos en pantanos, un afán insaciable.
Las viejas certezas saltan en pedazos. El mundo se vuelve hermético. Nuestra economía familiar, y en última instancia nuestra vida, depende de las inescrutables leyes de los mercados financieros; el cosmos de Tolomeo es un mecano infantil al lado de este universo inhóspito que se reveló a la mente de Hubble. Estos son los libros que entiendo mejor representan la perplejidad, angustia y vértigo del año 1929. Hemos perdido el centro: la vida del hombre actual sigue un curso incierto, errático y vertiginoso.

T.S. Eliot,
La tierra baldía
Se ha comparado, justamente creo yo, este intrincado poema con la Divina Comedia del que sería su exacto reverso. Estamos en medio del estrépito callejero: ruido del tráfico, hormigueo de gente que sale de las oficinas y desaparece en la boca del metro. Hay una crisis de pareja, Eros se marchita. Voz neurótica que juega una partida de ajedrez. El dueño del pub nos invita a marcharnos. Viejos tópicos caen por tierra, suena un trueno seco y estéril que no trae lluvia. La tradición es un conjunto de citas inconexas, no un sistema coherente. “Unreal city /​under the brown fog of a winter dawn /​a crowd flowed over London Bridge, so many /​I had not thought death had undone so many.” Nunca creí que la muerte deshiciera a tantos: Eliot está copiando a Dante. Compara la ciudad con el infierno.

Federico García Lorca,
Poeta en Nueva York
El primer libro en que pensé para esta biblioteca. Lorca salió hacia Estados Unidos en junio de 1929 y lo que vio al llegar no le hizo demasiada gracia. Un rechazo similar al que sintieron Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas. Lo definió con dos certeras palabras: “geometría y angustia”. Poemas como “Ciudad sin sueño. Nocturno del Brooklyn Bridge” o “La aurora” no se olvidan fácilmente. De todos los poemas que hay en este libro desesperado, cargado de indignación el que prefiero para este propósito es “Nueva York (Oficina y Denuncia)”. “No es el infierno, es la calle. /​No es la muerte. Es la tienda de frutas. /​Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles /​en la patita de ese gato quebrada por un automóvil, /​y oigo el canto de la lombriz /​en el corazón de muchas niñas. /​Óxido, fermento, tierra estremecida. /​Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.” El torbellino nos anonada. El poeta está perdido en la ciudad de la destrucción. Asesinado por el cielo.

Blas Pascal,
Pensamientos
Permitirá el lector que me remonte a la Francia del siglo xvii. Hasta ahí pueden rastrearse los principios de esta sacudida bursátil-​cosmológica. El temple anímico del hombre de 1929 se expresa en las reflexiones del jansenista. Pascal es plenamente moderno. París era en su tiempo la mayor ciudad del mundo lo que significa que Pascal, que pasó allí unos años, estaba habituado a ver cientos de desconocidos cada día. Investigó el cálculo de probabilidades e hizo experimentos sobre el vacío. En Nueva York tendría ocasiones de sobra para conocer esas dos divinidades genuinamente americanas: el Azar y el Vacío. En cuanto al firmamento escribió que le aterraba el silencio eterno de los espacios infinitos. En el Monte Wilson, al lado del telescopio, debió haber, si no lo hubo, un ejemplar de los Pensamientos. Pero Hubble no parecía muy propenso a la angustia. Recogía datos, calculaba. Era, si no me engaño, un apacible fumador de pipa.

Charles Chaplin,
Tiempos modernos
Incluyo una película en esta biblio­teca. Recordamos la razonable locura de Chaplin, empleado de una fábrica, que adquiere el tic de ajustar tuercas en la cadena de montaje y su accidentado paseo por los engranajes de la máquina. Como en Metrópolis un solo hombre dirige la producción desde un despacho elevado y remoto. En esta cinta está perfectamente representado el lado oscuro del sueño americano. Son los años de la Gran Depresión. Alternativas entre la ruina y la prosperidad del vagabundo, obrero y presidiario al que un golpe de suerte puede condenar o redimir. Nuestro héroe se esfuerza, preparado para saltar sobre la ocasión. Es todo voluntad pero la poderosa corriente social le arrastra de un lado a otro. Si confundido levanta del suelo una bandera roja se erige sin querer en el líder de una revuelta sindical y da con sus huesos en la cárcel. Chaplin y Paulette Goddard desaparecen en la distancia al final de la película y con ellos su agonía y sus locas ansias de prosperidad.

Francis Scott Fitzgerald,
Cuentos
En Regreso a Babilonia Charlie vuelve a París después de haber perdido su fortuna en el hundimiento de la Bolsa. “Hombres que dejaban a sus mujeres en la calle, cerrándoles la puerta en la nieve, porque la nieve de 1929 no era real. Si no querías que fuera nieve, bastaba con pagar lo necesario”, dice el narrador de esta historia. Es el final del sueño. Ah, los dorados años de la época del jazz. Fitzgerald retrata a jóvenes brillantes y ambiciosos pero pobres, chicos de provincias como él, fascinados por los ricos, distantes y vacíos, herederos de fortunas, con yates en la Riviera y casas de campo en Long Island. Círculos tan tentadores como inaccesibles. Un diamante tan grande como el Ritz, se titula uno de sus cuentos. Cuando pienso en el destino del pobre Fitzgerald, tan bri­llante y tan desolador, recuerdo el encantador lamento del clarinete en Rhapsody in blue de Gershwin. Su autodestrucción fue una obra maestra.

John Dos Passos,
Manhattan Transfer
Este libro viene que ni pintado. El protagonista es aquel Nueva York. Multitud de personajes recorren sus páginas. Ninguno deja huella. Diversa suerte les acompaña: unos prosperan, otros (la mayoría) se hunden. Recuerdo que leí esta novela hace un par de años y me dejó un sabor de alquitrán, humo y óxido en la boca. Podría acompañarse con la lectura del poema de Hart Crane “El puente” que se publicó en 1930. Qué mejor tema para cantar la apoteosis del Hombre Colectivo que la construcción de una vasta obra de ingeniería. Al alcance de la vista tendría que estar la célebre foto de Charles C. Ebbets que tanto se reproduce en las hamburgueserías, tomada en lo alto de un rascacielos: Lunchtime atop a skyscraper. Ningún albañil subió tan alto para tomar su almuerzo. Siempre la misma dialéctica: éxito, fracaso; prosperar, arruinarse: subir, bajar. Más dura será la caída. La obsesión de aquella sociedad.

Ernst Nagel– James R. Newman,
El teorema de Gödel
Antes me referí a la desaparición de las viejas certezas. Aquí se trata de una nueva seguridad que no llegó a verificarse. Durante los siglos xviii y xix las matemáticas gozaron de un desarrollo magnífico. Pero a principios del siglo xx empezaron a preocuparse de sí mismas. Así comenzó a indagarse el fundamento de las matemáticas, ciencia exacta por excelencia. Russell, Frege, Brouwer y Hilbert investigaron sus cimientos. En 1930 Kurt Gödel demostró el teorema de Incompletitud. No sabemos qué hacemos cuando hacemos matemáticas. El intento de establecer un fundamento lógico de las matemáticas resultó un fracaso. Creemos pisar tierra firme y nos hundimos en arenas movedizas. Este libro explica a un público no especialista en qué consiste este endiablado teorema.

Jacob A. Riis,
Cómo vive la otra mitad
Completo esta biblioteca personal con un libro publicado en 1890. Acompañado de fotos es un estudio de teratología social, si se me permite el término. Jacob Riis vivió en los barrios marginales de Nueva York a donde llegaban oleadas de inmigrantes a finales del siglo xix huyendo de la imperial miseria. Saltaban de la sartén para caer en el fuego. Las condiciones de vida no eran muy dignas, ciertamente (a todo se acostumbra el invencible ser humano). De todas las nacionalidades estudiadas (checos, italianos, judíos, chinos, hispanos, rusos) eran los alemanes los más capaces de sacar la cabeza. Pero la inmensa mayoría estaba condenada a no abandonar jamás aquellos agujeros inmundos. En esas condiciones se había desarrollado un tipo humano característico: niños abandonados que dormían en sótanos, sobre conductos de calefacción, burlando la entonces incipiente ayuda de las instituciones; raterillos que se ganaban la vida compitiendo con las ratas

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