La música está en Leipzig

Jordi Maluquer
Profesionalmente dedicado a la gestión y al comentario musical es difícil escoger un solo viaje. Aunque me vienen en mente Buenos Aires, Cuenca, Montpellier, Milán, Wexford, Drottningholm, forzosamente debo referirme a Alemania o al mundo germánico. Mis padres musicales no fueron los compositores de aquí, posteriormente descubiertos, sino Bach, Haydn, Mozart, Schubert, Beethoven, Schumann, Bruckner, Brahms, Wagner y Richard Strauss (Monteverdi lo fue décadas después) y a alguno de esos peregrinajes al origen tengo que referirme. Costará soslayar mi primer Bayreuth, en especial por la emoción de penetrar en la casa donde vivió Wagner, la Wahnfried, en donde palpé su espíritu; pero al fin me decido por Leipzig, la primera ciudad de la Europa del Este que visité y que me cautivó. Repetí mis visitas y ya no sé si mi recuerdo es exacto o es la suma de todos.
Es una imagen que persiste cuando al entrar en la vieja plaza del mercado una voz amiga me dijo: “Mira es la iglesia de Santo Tomás” y caí de rodillas anonadado por la cantidad de literatura y de música que se me agolpaban, como cuando uno abre un armario lleno de libros y le caen encima. La iglesia en donde Bach creó como los ángeles y padeció, como hombre, estrecheces económicas e incomprensión de sus patronos. Allí oí la cantata que cada sábado los niños cantores, continuadores de los del tiempo de Bach, ofrecen. Luego en la ópera, un Hansel y Gretel de ensueño; la casa-​museo de Mendelssohn; el anuncio de un museo Schumann, que en aquella ciudad se enamoró de Clara Wieck; la casa natal de Wagner convertida entonces, en los bajos, en casa de comidas; el restaurante en donde se dice que Goethe escribió su Faust; la maravillosa orquesta de la Gewandhaus con la que oí la mejor prestación orquestal de mi vida: una Sinfonia n.4 de Schumann dirigida por Blomstedt. La estatua de Leibniz; el vino caliente en los fríos de San Nicolás; la cerveza viva; la humildad de las gentes deseosas de abrirse al mundo y que los visitaran. En fin.
Y encima, desde un cuarto piso de estudiante –yo ya no lo era– que abría su ventana a las narices de la Peterskirche, la tercera iglesia, después de Santo Tomás y San Nicolás, en la que Bach había interpretado música. Todo muy lejos de la experiencia habitual que es llegar a una ciudad, ver la ópera o asistir al concierto, y aprovechar las horas antes y tal vez la mañana después para vagar sin ningún propósito por las cercanías del hotel para respirar el aire del lugar antes de regresar a casa.
Otra cosa son los festivales en los que, durante unos días, uno se sumerge en un mundo irreal en el que la tarea principal es oír música y lo demás es preparación para lo que vas a ver o digestión de lo que has oído.

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